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Capítulo 43 Abismo de Pasión Desnuda

6854 palabras

Capítulo 43 Abismo de Pasión Desnuda

La noche en Guadalajara caía como un velo de terciopelo negro, con el aroma a jazmín flotando desde los jardines de la colonia Chapalita. Entré al departamento de Marco con el corazón latiéndome como tambor de mariachi, ese capítulo 43 de abismo de pasion que había estado escribiendo en mi mente durante semanas. Él me esperaba en el balcón, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Marco, mi carnal, mi tentación andante, con su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho moreno.

¿Por qué carajos vine? Neta que soy pendeja, pensé mientras cerraba la puerta con un clic suave. Pero el deseo me traía de regreso, como un imán chingón. Nos habíamos separado hace meses por pendejadas del trabajo, pero la química entre nosotros era pura dinamita mexicana. Él se acercó, oliendo a colonia fresca y a ese sudor varonil que me volvía loca.

—Órale, mamacita, qué bueno que llegaste —murmuró, su voz ronca rozándome la piel como caricia.

Lo miré a los ojos cafés, profundos como pozos de tequila. Mi mano tembló al tocar su brazo, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. El aire se cargó de electricidad, y el sonido lejano de un auto pasando en la avenida abajo solo acentuaba el silencio íntimo entre nosotros.

Este es el principio del fin, Ana. O el fin del principio. Déjate llevar, wey.

Nos besamos ahí mismo, en la entrada, con hambre de meses reprimidos. Sus labios sabían a limón y sal, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo se encendía, el calor subiendo desde mi entrepierna hasta las mejillas. Marco me levantó en brazos como si no pesara nada, sus manos fuertes agarrándome las nalgas por encima del vestido ajustado. Caminamos tropezando hacia el sillón de cuero negro, riendo entre besos.

Acto primero: la chispa. Me sentó en sus piernas, y yo sentí su verga dura presionando contra mí a través de los jeans. Chingado, qué grande se siente. Le desabroché la camisa con dedos torpes, lamiendo su cuello salado mientras él bajaba el tirante de mi vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. El pezón se endureció al instante con su aliento caliente.

—Te extrañé tanto, corazón —susurró, chupando uno mientras masajeaba el otro. El placer era un rayo, vibrando hasta mi clítoris hinchado.

Yo arqueé la espalda, oliendo su piel tostada por el sol de las mañanas en el gym. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba. El departamento olía a incienso de copal que él había encendido, mezclándose con nuestro aroma a deseo crudo.

Pero no era solo físico. En mi cabeza giraban recuerdos: las noches en la playa de Puerto Vallarta, su risa estruendosa en las fiestas de quince, el modo en que me hacía sentir la mera mera. La tensión crecía, no solo carnal, sino emocional. ¿Y si esta vez sí funciona? ¿Y si no lo cago todo?

Lo empujé suave hacia atrás, bajándome de sus piernas para arrodillarme. Desabroché su cinturón con dientes, oyendo el tintineo metálico que me excitaba más. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado como mi propio corazón. Lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado que era puro Marco.

¡Ay, wey, qué rico! —gruñó él, enredando los dedos en mi cabello negro largo.

Lo chupé profundo, garganta abajo, gimiendo con la vibración que lo volvía loco. Mis jugos corrían por mis muslos, empapando las panties de encaje. Él jadeaba, el pecho subiendo y bajando, el sudor perlando su frente. Pero paré antes de que explotara, queriendo más.

Acto segundo: la escalada. Me paré, quitándome el vestido de un tirón, quedando en tanga roja y nada más. Marco me miró como si fuera la Virgen de Guadalupe hecha carne pecadora. Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio suaves como nube. La luz de la luna entraba por las cortinas sheer, pintando nuestras sombras danzantes en la pared.

Caímos juntos, rodando. Él encima, besando mi vientre, bajando hasta mi monte de Venus depilado. Arrancó la tanga con un rrrip juguetón, exponiendo mi panocha rosada y húmeda. Su lengua lamió mis labios mayores, abriéndolos para chupar el clítoris con maestría. ¡Madre santísima! El placer era olas, crashing contra mí, mis caderas moviéndose solas contra su boca barbuda.

Esto es el abismo, el fondo donde me pierdo en él. No quiero salir nunca.

Metió dos dedos gruesos dentro, curvándolos contra mi punto G, mientras succionaba fuerte. Grité, el sonido rebotando en las paredes, mis jugos salpicando su barbilla. Él reía, esa risa grave que vibraba en mi interior. Yo lo volteé, montándome a horcajadas, frotando mi concha resbalosa contra su polla dura como fierro.

—Métemela ya, carnal. No aguanto —supliqué, voz ronca de necesidad.

Él obedeció, guiando la cabeza hacia mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el útero. ¡Qué chingón se siente! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, uñas en su pecho. El slap slap de piel contra piel, nuestros gemidos mezclados con el zumbido del aire acondicionado.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él detrás, doggy style, agarrándome las caderas con fuerza amorosa. Cada embestida profunda tocaba mi alma, el sudor goteando de su frente a mi espalda. Olía a sexo puro, a pino de su aftershave mezclado con mi esencia dulce. Mis paredes se contraían, el orgasmo building como tormenta en el Pacífico.

—Ven conmigo, mi amor —jadeé, volteando para mirarlo.

Él aceleró, gruñendo como tigre, hasta que explotamos juntos. Mi concha se apretó en espasmos, chorros calientes mojando las sábanas, mientras su leche caliente me inundaba, pulso tras pulso. Grité su nombre, el mundo blanco y estrellado.

Acto tercero: el afterglow. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. Acaricié su cabello revuelto, sintiendo la paz post-orgásmica, músculos laxos y piel pegajosa.

—Esto fue el mejor capítulo 43 de abismo de pasion de todos —murmuró él, besando mi ombligo.

Reí suave, lágrimas de emoción en los ojos. Neta que sí, wey. Y hay más capítulos por venir. Fuera, la ciudad dormía, pero nosotros, en nuestro abismo privado, acabábamos de renacer. El aroma a sexo y jazmín nos envolvía, promesa de pasiones futuras en esta vida loca y chida que compartíamos.

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