Frases Sobre La Pasión De Cristo En Mi Piel Ardiente
Estaba sola en mi depa de la Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, pintando rayas doradas en las sábanas de algodón egipcio. Tenía veintiocho años, soltera por elección, pero con un carnal que me volvía loca: Alejandro, ese moreno alto de ojos café que trabajaba en una galería de arte en Polanco. Yo, María, maestra de literatura en una uni privada, siempre andaba entre libros viejos y frases que me erizaban la piel. Esa tarde, hojeaba un librito viejo que encontré en una tianguis de Coyoacán: Frases sobre la pasión de Cristo. No sé por qué lo compré, quizás por la Semana Santa que se acercaba, o porque "pasión" siempre me ha sonado a algo más carnal, más vivo.
Leí una: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Mi pulso se aceleró, imaginando el sudor en la frente de Cristo, las gotas resbalando como caricias prohibidas. Sentí un calor entre las piernas, húmedo y traicionero.
¿Qué carajos me pasa? Esto es sagrado, pero mi cuerpo lo lee como un puto poema erótico.Marqué el número de Alejandro sin pensarlo dos veces. "Ven, güey, necesito que me ayudes con algo... urgente", le dije con voz ronca, mordiéndome el labio.
Llegó en menos de media hora, con su playera ajustada marcando los pectorales y jeans que le quedaban como pintados. Olía a colonia fresca, a madera y cítricos, ese aroma que me hace debilucha. Cerré la puerta y lo jalé hacia mí, besándolo con hambre, mi lengua buscando la suya como si fuera el último sorbo de agua en el desierto. Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo por mi blusa suelta hasta encontrar mis chichis libres bajo el encaje. "Qué te traes, mami", murmuró contra mi boca, su aliento caliente oliendo a menta.
Lo llevé al sillón de terciopelo verde, donde el libro seguía abierto. "Mira esto", le dije, sentándome a horcajadas sobre él, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela delgada de mi short. Le leí la frase, mi voz temblando: "En tus manos encomiendo mi espíritu". Sus ojos se oscurecieron, y una sonrisa pícara le cruzó la cara. "¿Y si lo hacemos real, carnala? Tú encomendándome tu cuerpo". Me reí, pero el fuego ya ardía. Sus dedos se colaron bajo mi short, rozando mi clítoris hinchado, y gemí bajito, el sonido reverberando en la habitación llena del aroma a jazmín de mi vela encendida.
Nos fuimos desvistiendo lento, como en una danza sagrada pervertida. Él se quitó la playera, revelando ese torso tatuado con un águila minimalista que me encanta lamer. Yo me quité la blusa, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones duros como piedras preciosas. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de su piel contra la mía. Me recostó en el sillón, besándome el cuello, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda. "Lee otra", me pidió, su voz grave vibrando en mi pecho.
"Tenía sed", recité, y él bajó la boca a mi entrepierna, lamiendo mi humedad como si fuera vino bendito. Su lengua era fuego líquido, círculos lentos alrededor de mi clítoris, chupando mis labios hinchados. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor salado. Gemí fuerte, "¡Ay, cabrón, sí!", agarrando su cabello negro revuelto. Mis caderas se movían solas, frotándose contra su cara barbuda que raspaba delicioso.
Esto es pecado, pero qué chingón pecado. La pasión de Cristo en mi coño palpitante.
Lo jalé arriba, volteamos posiciones. Ahora yo mandaba. Le bajé los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado como un corazón herido. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal, su masculinidad pura. Él gruñó, "Chíngame, María, eres una diosa". La chupé profundo, garganta relajada, saliva resbalando por mis labios. El sonido húmedo de mi boca en él llenaba el aire, junto con sus jadeos roncos.
Pero quería más. Lo empujé al piso, alfombra persa suave bajo mis rodillas. Abrí las piernas sobre él, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. "Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz", susurré entre gemidos, mientras cabalgaba lento, mis tetas botando con cada movimiento. Él me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, sus dedos hundiéndose en la carne suave. El roce de su pubis contra mi clítoris era eléctrico, chispas subiendo por mi espina.
El ritmo subió, sudor perlando nuestras pieles, goteando entre mis chichis hasta su pecho. Olía a sexo crudo, a piel caliente, a nosotros fundidos. "Más rápido, pendejito", le ordené juguetona, y él embistió desde abajo, polla golpeando mi punto G con precisión. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, el placer acumulándose como una tormenta en el Golfo.
Frases sobre la pasión de Cristo, pero esta es mi pasión, la que me parte en dos de gusto.Sus manos subieron a mis pezones, pellizcándolos justo en el borde del dolor placentero, y grité su nombre, voz quebrada.
Cambié de posición, él atrás ahora, de rodillas en el sillón. Me penetró profundo, una mano en mi clítoris frotando furioso, la otra jalándome el pelo suave. Cada estocada era un latigazo de placer, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras, piel contra piel roja e hinchada. "¡Te amo, María, qué rico te sientes!", rugió, y yo respondí recitando entre jadeos: "Consumado es". El orgasmo me golpeó como un rayo, coño convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Grité, cuerpo temblando, visión borrosa de estrellas.
Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, llenándome con chorros pulsantes. Colapsamos juntos, su peso sobre mí protector, respiraciones entrecortadas sincronizadas. El cuarto olía a clímax, a paz carnal. Me besó la nuca, suave, mientras salía despacio, semen goteando tibio por mi pierna.
Nos quedamos así, enredados, piel pegajosa enfriándose. "Esas frases sobre la pasión de Cristo me prendieron fuego, carnal", le confesé riendo bajito, trazando círculos en su espalda con la uña. Él sonrió contra mi hombro: "Pues la próxima Semana Santa, leemos el libro entero en la cama". Me giré, besándolo lento, saboreando el afterglow.
La pasión no es solo sufrimiento; es esto, entrega total, éxtasis compartido. Y yo, bendita sea, lo vivo cada vez que él me toca.
El sol se ponía, tiñendo todo de rojo pasión. Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, pero no el recuerdo. Esa noche, durmiendo en sus brazos, soñé con cruces de placer, frases sagradas convertidas en himnos de deseo. México, con su mezcla de fe y fuego, me había enseñado que la verdadera pasión trasciende lo divino y lo mundano. Y yo, lista para más.