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Superando la Falta de Pasión

7434 palabras

Superando la Falta de Pasión

Habían pasado cinco años desde que Luis y yo nos casamos, y la falta de pasión se había colado en nuestra cama como una niebla espesa. Vivíamos en un departamento chido en la colonia Roma, con vistas a los árboles de la calle Álvaro Obregón, pero cada noche era lo mismo: cenas apresuradas, Netflix y un polvo rápido que dejaba un vacío más grande que el placer. Yo, Ana, de treinta y dos, con mi curvas que aún volvían cabezas en el metro, me sentía como una reina sin corona. Él, mi carnal, el ingeniero guapo con esa barba que me gustaba raspar, parecía perdido en su chamba.

Una mañana de domingo, mientras el sol se colaba por las cortinas y el olor a café recién molido llenaba la cocina, no aguanté más. Estábamos desayunando tamales de olla que había preparado con mi mamá, calientitos y jugosos.

«¿Cuál es tu pedo, Luis? Ya ni me miras como antes»
, le solté, con la voz temblorosa pero firme. Él levantó la vista, sus ojos café profundos clavándose en los míos. Neta, se veía tan sexy con el pelo revuelto.

«Es esta falta de pasión, mi amor. La rutina nos está matando», admitió él, tomando mi mano. Su piel era cálida, callosa de tanto jalar fierros en el gym. Ahí empezó todo. Decidimos romper el hielo esa misma noche. Nada de planes locos, sólo nosotros, una botella de mezcal de Oaxaca que teníamos guardada y la promesa de no apurarnos.

El día pasó lento, como si el tiempo conspirara a favor. Fui al mercado por fresas maduras, rojas y brillantes, que olían a verano en el DF. En casa, me di un baño largo, el vapor subiendo con aroma a lavanda y miel, mis dedos resbalando por mi piel suave, imaginando las manos de Luis. ¿Y si esta noche todo cambia? ¿Y si volvemos a ser esos chamacos calientes que se devoraban en el coche? Me puse un vestido negro ceñido, sin bra, sólo tanguita de encaje que me hacía sentir cañón.

Luis llegó temprano, con una sonrisa pícara que me mojó al instante. Cenamos en la terraza, el aire fresco de la noche trayendo ecos de mariachis lejanos y cláxones del periférico. El mezcal bajaba suave, quemando la garganta con su ahumado terroso, soltando nuestras lenguas.

«Recuerdas cuando te cogí en la playa de Puerto Vallarta? Estábamos empapados de lluvia y arena»
, me dijo, su voz ronca como gravel. Asentí, el recuerdo avivando un calor entre mis piernas.

Entramos al cuarto, la luz tenue de las velas parpadeando sobre las paredes blancas. Él me besó despacio, sus labios carnosos probando el mezcal en mi boca, lenguas danzando lentas al principio, luego fieras. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a hombre, a sudor limpio y deseo. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando el vestido, tocando la piel sensible de mis caderas. Por fin, esta falta de pasión se va al carajo.

Me quitó el vestido con calma, como si fuera un regalo que no quería rasgar. Quedé en tanguita, mis tetas firmes expuestas al aire fresco, pezones endurecidos como piedritas. «¡Órale, estás más rica que nunca!», gruñí él, lamiendo un pezón, su lengua hámeda y rápida haciendo chispas en mi espina. Gemí, un sonido gutural que me sorprendió a mí misma. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajito bajo nuestro peso.

Lo empujé a la cama, queriendo tomar el control. Me subí a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra mi concha a través de la tela. La froté despacio, el roce eléctrico enviando ondas de placer. Desabroché su camisa, besando su pecho velludo, saboreando la sal de su piel, inhalando ese olor masculino que me volvía loca.

«Te voy a mamar hasta que ruegues, pendejo»
, le susurré juguetona, bajando a su pantalón. Su pito saltó libre, grueso y venoso, la cabeza brillante de pre-semen.

Lo tomé en la boca, lento al inicio, saboreando su gusto salado y almizclado. Chupé la punta, lengua girando, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Él gimió fuerte, «¡Neta, Ana, me vas a matar de gusto!», sus caderas empujando suave. El sonido húmedo de mi boca en él, succión y saliva, llenaba el aire junto al zumbido del ventilador. Me mojé más, mi tanguita empapada, el clítoris palpitando por atención.

No aguanté y me quité la tanga, exponiendo mi coño depilado, labios hinchados y brillantes. Me posicioné sobre él, rozando su verga contra mi entrada, lubricada y ardiente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles. El choque de carne contra carne, plaf plaf, resonaba como tambores, mezclado con mis gritos: «¡Más duro, cabrón!».

Él me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, dedos hundiéndose en la carne suave. Cambiamos, él encima ahora, embistiéndome profundo, su peso delicioso, pelvis chocando la mía. Sentí su sudor goteando en mis tetas, el olor almizclado de nuestros sexos uniéndose. Lamí las fresas que había traído, untándolas en su pecho, mordiendo el jugo dulce mezclado con su sal.

«Te amo, mi reina, nunca más falta de pasión»
, jadeó él, acelerando.

La tensión crecía como una ola, mi vientre contrayéndose, nervios en llamas. Me corrí primero, un estallido cegador, coño apretando su verga en espasmos, grito ahogado en su hombro. Mordí su piel, gusto a sal y sangre liviana. Él siguió, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.

Quedamos jadeantes, enredados en sábanas húmedas, el aire pesado de sexo y mezcal. Su mano acariciaba mi pelo, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante calmarse. Esta noche habíamos quemado la rutina. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, el fuego había renacido. Mañana sería otro día, pero ahora sabíamos: la falta de pasión era sólo un recuerdo. Nos besamos lentos, saboreando la promesa de más noches así, eternas y ardientes.

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