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Conjunto Primavera Para Que Son Pasiones

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Conjunto Primavera Para Que Son Pasiones

El palenque estaba a reventar esa noche en Monterrey. Las luces giratorias pintaban el aire de rojo y azul, mientras el sonido del acordeón de Conjunto Primavera retumbaba en mi pecho como un corazón desbocado. Yo, Ana, había llegado con mis amigas para desquitarnos del estrés de la chamba, pero desde que pisé el lugar, algo en el ambiente me erizaba la piel. El olor a cerveza fría mezclada con el humo de los cigarros y el sudor fresco de la gente bailando me envolvía como una promesa caliente.

Estábamos en la barra cuando los vi subir al escenario. Conjunto Primavera, con sus trajes relucientes y esa energía norteña que te hace mover las caderas sin pensarlo. La multitud rugió, y yo sentí un cosquilleo en el estómago. Mis amigas chillaban, pero yo solo quería perderme en la música. Entonces, entre la marabunta, lo vi. Alto, moreno, con una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales y unos ojos que brillaban como faros en la penumbra. Me sonrió, y juro que el mundo se detuvo un segundo.

¿Quién es este güey? ¿Por qué me mira así, como si ya supiera todos mis secretos?

Se acercó bailando, con una chela en la mano, y me tendió la otra. "Órale, mija, ¿bailas o qué?", dijo con voz grave, ese acento regio que suena como miel caliente. No pude decir que no. Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, y cuando la tolvanera del bajo nos pegó, nuestros cuerpos se rozaron. Sentí el calor de su piel a través de la tela, el roce de su pierna contra la mía. El aroma de su loción, algo amaderado con un toque cítrico, me mareaba más que las tres chelas que me había echado.

La noche avanzaba, y Conjunto Primavera soltó uno de sus corridos románticos. "Para qué son pasiones", cantaba el vocalista con esa voz ronca que te calienta las entrañas. Para qué son pasiones si duelen tanto, pensé, pero en ese momento, con sus labios cerca de mi oreja, susurrándome al ritmo de la canción, no dolían para nada. Al contrario, ardían justo donde querían. "Me traes loco, chula", me dijo, y su aliento cálido me erizó los vellos de la nuca. Bailamos así, pegaditos, sus manos bajando un poquito más cada vuelta, hasta que sentí su dureza presionando contra mi vientre. Un jadeo se me escapó, y él lo notó. Sonrió pícaro.

Acto uno del deseo: la tensión inicial. Nos fuimos a una mesita apartada, lejos del bullicio. Hablamos de todo y nada: de la chamba en la oficina, de cómo el norteño te pone a volar, de que él era Marco, ingeniero en una refinería, soltero y con ganas de aventura. Yo le conté de mi vida en la ciudad, de cómo necesitaba soltarme. Sus ojos no se despegaban de mis labios, y cada vez que reía, su mano rozaba mi muslo por "accidente". El corazón me latía fuerte, como el tololoche del escenario. Olía a él por todos lados, y el sabor salado de sus dedos cuando me limpió una gota de cerveza de la boca me dejó temblando.

La música seguía, pero ya no importaba. "Vámonos de aquí", propuso, y yo asentí. Su troca estaba estacionada atrás, un pick-up chido con asientos de piel. Subimos, y antes de arrancar, me jaló para un beso. ¡Madre mía! Sus labios eran suaves pero exigentes, la lengua explorando mi boca con hambre contenida. Sabía a cerveza y a hombre, ese gusto amargo-dulce que te hace querer más. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. Sentí sus palmas callosas contra mi piel desnuda, ásperas del trabajo pero tiernas en el toque.

Esto es lo que necesitaba. No pensarlo, solo sentir. ¿Para qué son pasiones si no para esto?

Llegamos a su depa en las Lomas, un lugar moderno con vista a la ciudad iluminada. No perdimos tiempo. Me cargó hasta la recámara, riendo cuando tropezamos con la puerta. La cama era king size, sábanas frescas de algodón egipcio que olían a suavizante limpio. Me quitó la falda despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi ombligo, en mis muslos internos... el vello se me paró en punta. "Estás riquisima, Ana", murmuró, y yo solo pude gemir cuando su boca llegó a mi entrepierna.

El acto dos, la escalada. Se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. Su lengua era fuego líquido, lamiendo mi humedad con círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Escuchaba mis propios jadeos mezclados con su respiración agitada, el sonido húmedo de su boca devorándome. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que llena el aire, y el suyo, masculino y sudoroso. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. "Así, carnala, déjate llevar", gruñó, y yo me vine por primera vez, temblando como hoja, gritando su nombre.

Lo jalé arriba, queriendo devolvérselo. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi mano. La piel era aterciopelada, caliente como brasa. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, ese gusto único que te enloquece. Él gemía, enredando los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. "¡Qué chingona boca tienes!", exclamó, y eso me prendió más. Lo chupé profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta, el pulso acelerado bajo mi lengua.

Pero quería más. "Cógeme ya, Marco", le rogué, y él no se hizo de rogar. Se puso condón –siempre responsable, qué chido–, y se hundió en mí despacio. ¡Ay, Dios! Llenándome por completo, estirándome delicioso. Empezó lento, cada embestida un roce profundo que me hacía sentir cada vena, cada pulgada. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mi humedad, llenaba la habitación. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo impregnando todo. Aceleró, sus caderas chocando contra las mías, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Sentía su corazón galopando contra mi pecho, nuestros alientos entrecortados mezclándose.

Me volteó a cuatro patas, agarrándome las nalgas con fuerza. Entró de nuevo, más hondo, y yo empujé hacia atrás, encontrando su ritmo. "¡Más fuerte, pendejito!", le grité entre risas y gemidos, y él obedeció, dándome nalgadas suaves que ardían placenteras. El clímax se acercaba, una ola gigante. Sus manos bajaron a mi clítoris, frotando en círculos mientras me taladraba. Vine de nuevo, el mundo explotando en colores, mi concha apretándolo como vicio.

Él se vino segundos después, rugiendo mi nombre, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Nos derrumbamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. El acto tres, el afterglow. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón volver a la normalidad. El cuarto olía a nosotros, a pasión satisfecha. Fuera, la ciudad zumbaba lejana, pero aquí solo estábamos él y yo.

Conjunto Primavera tenía razón en esa rola. Para qué son pasiones si no para quemarse vivos y renacer en las cenizas.

Nos quedamos así un rato, hablando bajito de tonterías, riendo. No prometimos nada, pero sabíamos que esto no acababa ahí. Me besó la frente, y yo sonreí. La noche había sido perfecta, llena de música, baile y un hombre que me hizo sentir viva. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con otro beso largo, prometiendo vernos pronto. Salí de ahí con el cuerpo adolorido pero el alma plena, tarareando esa canción que lo empezó todo.

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