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La Pasión del Verdadero Amor Parte 2

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La Pasión del Verdadero Amor Parte 2

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje de la suite en Playa del Carmen, tiñendo la habitación de un naranja cálido que hacía brillar la piel morena de Ana. Estaba recostada en la cama king size, con una bata de seda negra apenas cubriéndole los muslos, el corazón latiéndole con fuerza mientras esperaba a Javier. Habían pasado dos semanas desde esa noche inolvidable en la playa de Tulum, donde la pasión del verdadero amor había estallado por primera vez entre ellos. Aquella parte 1 había sido como un fuego que no se apagaba, y ahora, esta segunda entrega la tenía temblando de anticipación.

El aroma del mar se mezclaba con el jazmín del difusor en la mesita de noche, y Ana inhaló profundo, sintiendo cómo su cuerpo respondía solo con el recuerdo. Sus pezones se endurecían bajo la tela fina, y un calor húmedo se acumulaba entre sus piernas.

¿Y si esta vez es aún más intenso? ¿Y si nos perdemos del todo en esto?
pensó, mordiéndose el labio inferior. Javier, ese hombre alto y fuerte con ojos color café que la miraban como si fuera lo único en el mundo, la había llamado esa mañana: "Neta, mi reina, no aguanto más. Llego en una hora. Prepárate pa' lo que te va a pasar". Su voz ronca por el teléfono había sido como una caricia directa a su clítoris.

De repente, el sonido de la llave electrónica en la puerta la sacó de su ensimismamiento. El clic fue como un disparo de salida. Javier entró, con una camisa guayabera blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Ana adoraba recorrer con la lengua. Llevaba una botella de tequila reposado en una mano y una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos.

—Órale, chula, mírate... pareces salida de un sueño mojado —dijo él, dejando la botella en la mesa y acercándose con pasos lentos, como un depredador saboreando la caza.

Ana se incorporó sobre los codos, dejando que la bata se abriera un poco más, mostrando el valle entre sus senos plenos.

—Ven pa'cá, carnal. Te extrañé tanto que me duele el cuerpo —susurró ella, su voz cargada de ese acento mexicano juguetón que lo volvía loco.

Él se arrodilló al borde de la cama, sus manos grandes y callosas —fruto de su trabajo como arquitecto en la Riviera Maya— subieron por sus pantorrillas, masajeando con firmeza. El toque era eléctrico, enviando chispas directas a su centro. Ana jadeó cuando los dedos llegaron a sus muslos internos, rozando el encaje de sus panties ya empapadas.

—Hueles a deseo puro, mi amor. Ese olor dulce que me enloquece —murmuró Javier, inclinándose para besar su ombligo expuesto. Su aliento caliente contra la piel la hizo arquear la espalda.

En el principio de esta segunda parte de su historia, la tensión era palpable, como el aire antes de una tormenta tropical. Se besaron con hambre, lenguas danzando en un tango húmedo y salado, saboreando el tequila que él había probado antes de llegar. Las manos de Ana se enredaron en su cabello negro ondulado, tirando suavemente mientras él lamía su cuello, dejando un rastro de besos que olían a su colonia cítrica mezclada con sudor masculino.

La bata cayó al suelo con un susurro de seda, y Javier la devoró con la mirada. Sus senos, firmes y con areolas oscuras, subían y bajaban con cada respiración agitada. Él succionó un pezón, tirando con los dientes lo justo para que doliera rico, mientras su mano se colaba entre sus piernas.

—Estás chorreando, pendeja mía. ¿Tanto me querías? —bromeó él, deslizando un dedo por su rendija resbaladiza.

—Sí, wey, neta que sí. Tócame más, no pares —gimió Ana, abriendo las piernas como una ofrenda.

El medio de su pasión se desplegó en una escalada lenta y tortuosa. Javier se quitó la camisa, mostrando su torso esculpido por horas en el gym y caminatas por la selva maya. Ana lo jaló hacia ella, arañando su espalda mientras él introducía dos dedos en su interior, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido obsceno de su humedad llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos y el lejano rumor de las olas.

Esto es la pasión del verdadero amor parte 2, pensé. No es solo sexo, es como si nuestras almas se fundieran en cada embestida de sus dedos.

Lo volteó boca arriba, montándose a horcajadas sobre su pecho. El peso de sus caderas lo presionaba, y ella bajó despacio hasta que su boca encontró el bulto en sus jeans. Lo desabrochó con dientes, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. El olor almizclado de su excitación la invadió, y Ana la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum.

Qué rico, mi vida. Chúpamela como solo tú sabes —gruñó Javier, sus caderas elevándose involuntariamente.

Ella lo hizo, succionando con avidez, sintiendo cómo latía en su garganta. Pero no lo dejó acabar; quería más. Se subió encima, frotando su coño empapado contra su longitud dura. El roce era exquisito, piel contra piel resbaladiza, chispas de placer recorriéndolos a ambos. Javier agarró sus nalgas, amasándolas con fuerza, dejando marcas rojas que mañana dolerían deliciosamente.

La intensidad crecía. Él la penetró de un solo empujón, llenándola por completo. Ana gritó, un sonido gutural que vibró en las paredes. Cabalgó sobre él, sus tetas rebotando al ritmo de sus caderas, el sudor perlando sus cuerpos y goteando como lluvia tropical. El slap-slap de carne contra carne era hipnótico, acompañado por el crujir de las sábanas y sus jadeos entrecortados.

—Más duro, mi rey. Fóllame como si fuera la última vez —rogó ella, clavando las uñas en su pecho.

Javier la volteó, poniéndola a cuatro patas. Desde atrás, embistió con furia controlada, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos, la otra tirando de su cabello. El ángulo era perfecto, golpeando su G-spot sin piedad. Ana sentía cada vena de su polla estirándola, el calor de sus bolas chocando contra su perineo. El olor de sus sexos unidos era embriagador, mezcla de almizcle, sudor y esencia femenina.

La tensión psicológica se rompía en oleadas. Recordaban sus primeras miradas en esa fiesta en Cancún, cómo él la había cortejado con serenatas de mariachi y tequilazos compartidos. Esto no era solo físico; era el verdadero amor manifestándose en cada thrust, en cada beso robado entre gemidos.

—Te amo, Ana. Eres mi todo —confesó él, su voz quebrada por el esfuerzo.

—Y yo a ti, Javier. No pares, órale, dame todo —respondió ella, al borde del abismo.

El final llegó como un tsunami. Ana explotó primero, su coño contrayéndose en espasmos alrededor de él, chorros de squirt empapando las sábanas. Gritó su nombre, el mundo reduciéndose a pulsos de éxtasis puro. Javier la siguió segundos después, gruñendo como un animal mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes pintando sus paredes internas.

Colapsaron juntos, un enredo de extremidades sudorosas y respiraciones entrecortadas. El afterglow era dulce, como el reposado que ahora compartían en vasos helados. Javier la besó en la frente, su mano trazando círculos perezosos en su vientre.

—Esta parte 2 fue épica, mi amor. ¿Lista pa' la tres? —preguntó con picardía.

Ana rio bajito, acurrucándose contra su pecho, inhalando su olor post-sexo que la reconfortaba como hogar.

La pasión del verdadero amor no tiene fin. Solo evoluciona, se hace más profunda, más nuestra.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de púrpura, y ellos se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, sabiendo que su historia apenas comenzaba.

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