Pasión Prohibida Novela Completa
La fiesta en la hacienda de mis suegros en las afueras de Guadalajara estaba en su apogeo. El sol del atardecer teñía de naranja los campos de agave, y el mariachi tocaba rancheras que hacían vibrar el aire cargado de humo de barbacoa y risas. Yo, Ana, vestida con un huipil ligero que se pegaba a mi piel sudada, servía micheladas a los invitados. Mi esposo, Carlos, charlaba con sus primos cerca de la alberca, ajeno a todo. Pero él estaba ahí, mi cuñado Alex, el hermano menor de Carlos, con esa mirada que me quemaba desde que llegué.
Desde el día de la boda, hace dos años, Alex me había mirado diferente. No como familia. Como si quisiera devorarme con los ojos. Y yo, pendeja, sentía lo mismo. Cada vez que nos cruzábamos en las reuniones, su roce accidental en la cocina o su aliento cerca de mi oreja al saludar me ponía la piel de gallina. Era nuestra pasión prohibida, un secreto que bullía bajo la superficie como el volcán que se veía a lo lejos.
¿Por qué carajos me pasa esto? Carlos es un buen hombre, pero Alex... ay, wey, Alex me hace sentir viva, como si mi cuerpo despertara de un letargo.
La noche avanzaba. El tequila fluía como río, y el calor húmedo nos envolvía a todos. Me escabullí a la cocina por más limones, y ahí estaba él, cortando más carne en el mostrador. Sus brazos fuertes, bronceados por el sol de las rancherías, se flexionaban con cada movimiento. Olía a jabón fresco mezclado con sudor masculino, un aroma que me mareaba.
—Órale, Ana, ¿ya te cansaste de tanto pendejo gritón? —dijo con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés clavados en los míos.
Me acerqué, fingiendo buscar algo en el cajón. Nuestros cuerpos rozaron. Su calor me traspasó el vestido. Sentí su aliento en mi cuello.
—Sí, carnal. Necesito un respiro —respondí, mi voz ronca sin querer.
Él dejó el cuchillo. Su mano grande tocó mi cintura, apenas un segundo, pero suficiente para que un escalofrío me recorriera la espina.
Acto primero de nuestra pasión prohibida novela completa: el roce inocente que enciende la mecha.
Salimos a la terraza trasera, lejos de las luces. La luna llena iluminaba los nopales y el aire traía el perfume dulce de las bugambilias. Nos sentamos en una banca de madera, hombro con hombro. Hablamos de tonterías: el negocio de tequila de la familia, las fiestas locas de juventud. Pero el silencio entre palabras era eléctrico. Su rodilla tocaba la mía. No me moví.
—Ana, no aguanto más verte así, tan cerca y tan lejos —confesó de repente, su voz grave como trueno lejano.
Mi corazón latió desbocado. Lo miré. Sus labios carnosos, entreabiertos, pedían beso. El deseo me apretaba el pecho, hacía que mis pezones se endurecieran bajo la tela.
—Alex, esto es una locura. Somos familia —susurré, pero mi mano ya estaba en su muslo, sintiendo el músculo tenso.
Él giró mi rostro con dedos firmes. Nuestros labios se unieron. Fue un beso hambriento, de lenguas que se enredaban con sabor a sal y tequila. Gemí bajito, mi cuerpo arqueándose hacia él. Sus manos bajaron a mis caderas, apretándome contra su dureza creciente. Olía a tierra mojada y hombre excitado. El mundo desapareció.
Nos separamos jadeantes. —Ven conmigo —dijo, tomándome la mano.
Acto segundo: la escalada. Corrimos al cuarto de huéspedes en el ala vieja de la hacienda, un lugar polvoriento con cama king y cortinas pesadas. Cerró la puerta con llave. La habitación olía a madera vieja y lavanda seca. Me empujó contra la pared, besándome el cuello mientras sus manos subían mi vestido. Sentí su erección presionando mi vientre, dura como piedra.
¡Qué rico! Su piel sabe a sal, a aventura prohibida. Quiero que me rompa, que me haga suya esta noche.
—Estás tan mojada ya, nena —gruñó, sus dedos colándose en mi tanga. Deslizó dos dentro de mí, lentos, curvándose para tocar ese punto que me hacía temblar. Gemí fuerte, mordiéndome el labio. El sonido de mis jugos chorreando llenaba el cuarto. Él se arrodilló, levantó mi falda y lamió mi clítoris con lengua experta. Saboreó mis pliegues, chupando como si fuera el mejor tequila del mundo. Mis piernas flaquearon; me sostuvo por las nalgas, firmes y redondas.
—¡Ay, Alex, no pares, wey! —supliqué, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto.
Me levantó como pluma y me tiró en la cama. Se quitó la camisa, revelando torso esculpido por el trabajo en el rancho: pectorales duros, abdomen marcado. Bajó los jeans, su verga saltando libre, gruesa, venosa, con gota de precum brillando a la luz de la luna que se colaba. Me abrí de piernas, invitándolo.
—Te voy a follar hasta que grites mi nombre —prometió, colocándose entre mis muslos.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro. Gemimos juntos. El olor de nuestros sexos mezclados era embriagador, almizcle puro. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. Sus embestidas se aceleraron, el plaf plaf de piel contra piel resonando. Me chupó los pechos, mordisqueando pezones duros como caramelos. Sudábamos, resbaladizos, el colchón crujiendo bajo nosotros.
Lo monté después. Sus manos en mi culo guiándome arriba y abajo. Rebotaba en su polla, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. Mis tetas saltaban; él las amasaba, pellizcando. El clímax se acercaba, un nudo apretado en mi vientre.
—¡Ven, mi reina, córrete conmigo! —ordenó, frotando mi clítoris con el pulgar.
Exploté. Olas de placer me sacudieron, contrayendo mi coño alrededor de él. Grité su nombre, arqueándome. Él rugió, llenándome de semen caliente, pulsos y pulsos que me desbordaban.
Acto tercero: el afterglow. Colapsamos enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su piel pegada a la mía, sudor enfriándose. Besos suaves en mi frente. Olía a sexo satisfecho, a nosotros.
—Esto no termina aquí, Ana. Nuestra pasión prohibida novela completa apenas empieza —murmuró, acariciando mi espalda.
Sí, lo sé. Carlos nunca lo sabrá. Pero con Alex, vivo de verdad. Este fuego prohibido me consume, y no quiero apagarlo.
Nos vestimos a hurtadillas, saliendo por separado. De vuelta en la fiesta, sus miradas se cruzaron: promesa de más noches robadas, más placeres ocultos bajo el manto de la familia. El mariachi seguía tocando, pero ahora la música latía en mi sangre, en mi sexo aún palpitante. La hacienda guardaría nuestro secreto, como las sombras de los agaves testigos mudos.