Como Reavivar La Llama De Pasion Con Mi Pareja
Habían pasado años desde que Juan y yo nos mirábamos como si el mundo se acabara si no nos tocábamos. La rutina del trabajo en la oficina de la colonia Roma, las cenas rápidas y las noches de Netflix nos habían apagado la chispa. Yo, Ana, una morra de treinta y cinco con curvas que todavía volvían locos a los weyes en la calle, me cansé de eso. Neta, pensé una mañana mientras me arreglaba frente al espejo, ¿cómo reavivar la llama de pasión con mi pareja? Esa pregunta me rondaba como un corrido de José Alfredo Jiménez, pero en versión cachonda.
Decidí actuar esa misma noche. Fui al mercado de San Juan, compré chiles rellenos frescos, mole poblano casero y una botella de mezcal artesanal de Oaxaca que olía a humo y tierra fértil. Llegué a nuestro depa en Polanco, prendí velas de vainilla y canela que perfumaban el aire con dulzor cálido, y puse una playlist de baladas románticas con toques de cumbia sensual. Me puse un vestido rojo ceñido que abrazaba mis tetas y mi culo como una segunda piel, sin calzones debajo para sentir el roce constante de la tela contra mi panocha ya húmeda de anticipación.
Cuando Juan abrió la puerta, con su camisa de trabajo desabotonada mostrando ese pecho moreno y velludo que tanto me gustaba, se quedó parado como pendejo. Sus ojos cafés se clavaron en mí, recorriendo mis piernas hasta arriba. "Órale, mi reina, ¿qué onda con todo esto?" dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Lo jalé de la corbata, lo besé con hambre, saboreando el sudor salado del día en sus labios. "Hoy reavivamos la flama, carnal", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo mientras mi mano bajaba a apretar su paquete que ya se ponía duro como piedra.
"Dios, qué ganas tenía de sentirlo así de ansioso. Su verga latiendo bajo mis dedos me recordaba nuestras primeras folladas en el coche viejo, cuando nos corríamos sin control."
Nos sentamos a cenar, pero la comida era puro pretexto. Cada bocado de mole picante en su boca me hacía imaginar su lengua lamiéndome igual. El mezcal ardía en la garganta, calentándonos por dentro. Hablamos de tonterías, pero mis pies descalzos subían por sus pantorrillas, rozando su piel áspera. Él me miró con esa sonrisa pícara: "Eres una mamacita traviesa, Ana." Le contesté guiñando: "Y tú mi chulo favorito."
De repente, lo levanté de la silla y lo llevé al sillón de la sala. La luz de las velas bailaba en las paredes, proyectando sombras que parecían acariciar nuestros cuerpos. Puse música más caliente, un son jarocho con ritmo que invita a mover las caderas. Bailamos pegaditos, mi culo restregándose contra su entrepierna endurecida. Sentía su aliento caliente en mi cuello, oliendo a mezcal y hombre. Sus manos grandes me apretaban la cintura, bajando despacio hasta mis nalgas, amasándolas como masa de tamales. Pinche calor, pensé, mientras mi clítoris palpitaba pidiendo atención.
"Te extraño tanto, mi amor", murmuró él, volteándome para besarme profundo. Nuestras lenguas se enredaron en un baile húmedo y salvaje, saboreando el picor del chile y la dulzura de la fruta. Le quité la camisa, lamiendo sus pezones oscuros que se endurecieron al instante. Él gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas que olían a su sudor fresco. Bajé de rodillas, desabroché su pantalón y saqué su verga gruesa, venosa, ya goteando precum que lamí como néctar dulce y salado.
"Su sabor me volvía loca, ese gusto almendrado único de él. Chupé la cabeza despacio, sintiendo cómo latía en mi boca como un corazón acelerado."
Juan me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me tiró suave, arrancándome el vestido de un jalón. "Mira nada más esa panocha chiquita y mojada", gruñó, abriéndome las piernas. Su aliento caliente rozó mis labios vaginales, enviando chispas por mi espina. Lamidas lentas, desde el ano hasta el clítoris, sorbiendo mis jugos como si fueran el mejor pulque. Gemí alto, arqueando la espalda, mis tetas rebotando con cada lengüetazo. ¡Ay, wey, no pares! Su lengua giraba en círculos, metiéndose adentro, mientras dos dedos gruesos me follaban despacio, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas.
No aguanté más. Lo empujé boca arriba, montándome en su cara para restregarme contra su boca barbuda. El roce de su barba en mis muslos internos era fuego puro, áspero y delicioso. Él me chupaba con hambre, manos en mis caderas guiándome. Mi orgasmo llegó como ola del Pacífico, temblando entera, gritando su nombre mientras chorros calientes le mojaban la cara. "Sí, mi reina, córrete pa' mí", jadeó él, lamiendo todo.
Ahora era mi turno de dominar. Bajé por su cuerpo, besando cada abdominal marcado, oliendo su piel salada. Su verga apuntaba al techo, roja e hinchada. La tragué hasta la garganta, sintiendo cómo me llenaba la boca, las venas pulsando contra mi lengua. Él se retorcía, manos en mi pelo: "¡Pinche chupada maestra, Ana!" Lo mamé con ritmo, alternando succiones fuertes y lamidas suaves en los huevos pesados. Su precum fluía abundante, viscoso y adictivo.
Me subí encima, guiando su pinga a mi entrada empapada. Lentamente, centímetro a centímetro, me hundí en él. ¡Qué llenada tan rica! Sus 20 centímetros me estiraban delicioso, tocando lo más hondo. Empecé a cabalgar despacio, sintiendo cada roce en mis paredes internas, el slap slap de mi culo contra sus muslos. Él me amasaba las tetas, pellizcando pezones duros como balas. Aceleré, el sudor nos unía, goteando entre nosotros. El cuarto olía a sexo puro: almizcle, sudor, jugos mezclados.
"Lo miraba a los ojos, viendo el amor y la lujuria pura. Esto era reavivar la llama, neta, más fuerte que nunca."
Cambié de posición, él me puso en cuatro, embistiéndome fuerte desde atrás. Sus bolas chocaban mi clítoris con cada estocada profunda, pum pum pum, sonido obsceno y excitante. Me jalaba el pelo suave, azotando mi culo con palmadas que ardían placenteras. "¡Eres mi puta favorita, mi vida!" gritaba yo, empujando hacia atrás. Otro orgasmo me dobló, contrayéndome alrededor de su verga como vicio.
Se volteó, yo encima otra vez, pero ahora él empujando desde abajo, follándome brutal y tierno a la vez. Sentía su pulso acelerado bajo mi mano en su pecho. "Me vengo, mi amor", rugió, y su leche caliente me inundó, chorro tras chorro, mezclándose con mis jugos. Yo exploté con él, olas y olas de placer infinito.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su cabeza en mis tetas, besando suave. El aire olía a nosotros, satisfechos. "Gracias por esto, mi reina. La llama está viva, más que nunca", murmuró. Yo sonreí, acariciando su pelo revuelto. Sí, carnal, y la vamos a mantener ardiendo. Nos quedamos así, respirando sincronizados, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches locas.