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Pasión Capítulo 84 Fuego en la Carne

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Pasión Capítulo 84 Fuego en la Carne

El sol se ponía sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar como un lienzo vivo. Ana caminaba descalza por la arena tibia, el vestido ligero ondeando con la brisa salada que olía a yodo y libertad. Hacía meses que no veía a Marco, su carnal de toda la vida, el wey que le aceleraba el pulso con solo una mirada. Habían planeado este fin de semana para reconectar, lejos del jale en la ciudad, solo ellos dos en esa casita rentada con vista al Pacífico.

Marco la esperaba en la terraza, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que la desarmaba. Qué chido verte, mi reina, le dijo mientras la abrazaba fuerte, su pecho ancho contra el de ella, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la camisa guayabera. Ana inhaló su aroma, mezcla de loción de sándalo y sudor fresco del día. Neta, te extrañé un chingo, murmuró ella, besándole el cuello donde latía su vena con fuerza.

Se sentaron a cenar mariscos frescos que él mismo había preparado: camarones al mojo de ajo que crujían al morderlos, jugosos y picantes, con limón que explotaba en la lengua. El tequila reposado bajaba suave, calentando el vientre y soltando las lenguas. Hablaron de todo y nada, de los chismes del barrio en Guadalajara, de los sueños que seguían compartiendo después de diez años juntos. Pero bajo las risas, la tensión crecía como la marea. Cada roce accidental de sus manos sobre la mesa enviaba chispas por la piel de Ana, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo el vestido.

Este wey me prende como nadie, ¿por qué carajos tardamos tanto en estar así de solos?

La noche cayó suave, con el rumor constante de las olas rompiendo en la orilla y el canto de las cigarras. Marco puso música ranchera suave en el Bluetooth, algo de Vicente Fernández que los transportaba a sus días de juventud. La invitó a bailar en la terraza, sus cuerpos pegándose al ritmo lento. Sus caderas se movían sincronizadas, el calor de su erección presionando contra el vientre de ella. Ana sintió su aliento caliente en la oreja: Estás cañona esta noche, mi amor. Ella rio bajito, Órale, no seas pendejo, siempre lo estoy para ti.

El beso empezó tímido, labios rozándose como en su primera vez, pero pronto se volvió hambriento. Lenguas danzando, saboreando el tequila y el salitre. Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con firmeza, levantándola un poco para que sintiera todo su deseo. Ana gimió suave, el sonido perdido en la boca de él. Se separaron jadeantes, ojos clavados, el aire entre ellos cargado de electricidad.

La llevó adentro, a la recámara con la cama king size cubierta de sábanas blancas y mosquitero vaporoso. La luz de la luna entraba por las ventanas abiertas, iluminando sus siluetas. Marco la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero el vestido cayó al piso con un susurro, revelando sus curvas bronceadas, pechos llenos con areolas oscuras endurecidas. Eres una diosa, Ana, susurró él, lamiendo el sudor salado de su clavícula. Ella temblaba, el toque de sus labios como fuego líquido.

Ana le quitó la camisa, arañando suave su pecho velludo, bajando hasta el pantalón. Lo liberó, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Qué chingona se ve, pensó ella, arrodillándose para saborearla. La lengua recorrió la base hasta la cabeza, salada y almizclada, mientras Marco gruñía profundo, enredando los dedos en su cabello negro. Chupó con hambre, sintiendo cómo se hinchaba en su boca, el pulso acelerado contra su lengua.

Pasión Capítulo 84 de nuestra historia, y cada vez es como la primera, más intensa, más nuestra.

Marco la levantó, tumbándola en la cama con gentileza bruta. Besó su camino por el cuerpo: pechos, succionando pezones hasta que dolían de placer, vientre tembloroso, muslos internos donde el aroma de su excitación lo volvía loco. Hueles a paraíso, mi vida. Separó sus piernas, admirando su concha hinchada, labios rosados relucientes de jugos. La lengua entró primero suave, lamiendo el clítoris hinchado, círculos lentos que la hicieron arquear la espalda. Ana jadeaba, ¡Ay, wey, no pares, qué rico! Sus caderas se movían solas, buscando más, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación junto al zumbido del ventilador.

La tensión subía como una ola imparable. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras chupaba fuerte. Ana gritó, el orgasmo rompiéndola en espasmos, jugos empapando las sábanas, el cuerpo convulsionando con placer que le nublaba la vista. Marco no paró hasta que ella lo empujó, sensible y temblorosa. Ven aquí, cabrón, te quiero adentro, exigió ella, voz ronca de deseo.

Se posicionó encima, guiando su verga a la entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el calor de su carne envolviéndolo como terciopelo húmedo. Se miraron a los ojos, conectados más allá de lo físico. Te amo, Ana, jadeó él, empezando a moverse. Ritmo lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas, el choque de pelvis húmedo y rítmico.

La intensidad creció. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él la embestía más fuerte, la cama crujiendo bajo ellos. Sudor perlando sus cuerpos, mezclándose, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Ella lo montó después, cabalgando con furia, pechos rebotando, cabello azotando su rostro. ¡Sí, así, fóllame duro! gritaba, el placer acumulándose otra vez. Marco la apretaba las caderas, subiendo para golpear profundo, su saco chocando contra su culo.

El clímax los alcanzó juntos. Ana se corrió primero, concha contrayéndose alrededor de él como un puño caliente, milking su leche. Marco rugió, llenándola con chorros calientes que desbordaban, goteando por sus muslos. Colapsaron entrelazados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, se quedaron así, piel pegajosa contra piel, escuchando el mar. Marco le besó la frente, Eres mi todo, mi pasión eterna. Ana sonrió, trazando círculos en su pecho.

Capítulo 84 de nuestra pasión, pero faltan infinitos más. Qué chido es amarte así, carnal.
El viento traía el aroma de jazmines del jardín, y durmieron abrazados, satisfechos y completos bajo las estrellas mexicanas.

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