El Color de la Pasión Capítulo 108
La noche en Guadalajara se teñía de un rojo intenso, como el color de la pasión que ardía en el pecho de Ana. Hacía una semana que no veía a Marco, su amante secreto, ese hombre que la volvía loca con solo una mirada. Vivía en un departamento elegante en la colonia Providencia, con vistas a las luces de la ciudad que parpadeaban como estrellas coquetas. Esa noche, había preparado todo: velas aromáticas de vainilla y jazmín flotando en el aire, una botella de tequila reposado sobre la mesa de cristal, y un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas. ¿Y si esta vez le digo que lo amo? pensó, mientras se miraba en el espejo, pasando las manos por sus caderas.
El timbre sonó, y su corazón dio un brinco. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Llevaba una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. "¡Hola, mi reina!", dijo con voz grave, abrazándola fuerte. Olía a colonia fresca mezclada con el sudor leve del tráfico, un aroma que la hacía salivar. Sus labios se rozaron en un beso casto al principio, pero pronto se profundizó, lenguas danzando como en un tango prohibido.
Se separaron jadeantes.
Qué chingón se siente su boca, como si me comiera viva.Ana lo tomó de la mano y lo llevó a la sala. La música ranchera sonaba bajito desde los bocinas, un corrido sensual de José Alfredo Jiménez que hablaba de amores imposibles. Sirvió dos tequilas en caballitos, chocaron vasos. "Por el color de la pasión, capítulo 108 de nuestra historia", bromeó Marco, guiñándole el ojo. Ella rio, sintiendo un cosquilleo en el vientre. ¿Cuántas noches como esta habían tenido? Cada una más intensa que la anterior.
Se sentaron en el sofá de piel suave, sus muslos rozándose. Hablaron de la semana: él de su trabajo en la constructora, ella de las juntas eternas en la agencia de publicidad. Pero las palabras eran excusa; sus ojos se devoraban. La mano de Marco subió por su pierna, despacio, trazando círculos con los dedos. Ana contuvo un gemido, el calor entre sus piernas ya se hacía notar. "Te extrañé tanto, carnala. No sabes las noches que soñé con esto", murmuró él, su aliento cálido en su cuello.
El beso volvió, esta vez feroz. Ana se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza presionando contra ella a través de la tela. Sus caderas se movieron instintivas, frotándose en un ritmo lento que los hacía jadear. El vestido se subió, revelando encaje negro. Marco gruñó, manos amasando sus nalgas firmes. Su piel es como terciopelo caliente, pensó él, mientras lamía el lóbulo de su oreja, saboreando el salado de su sudor.
La llevó en brazos al dormitorio, sin dejar de besarla. La cama king size los recibió con sábanas de satén rojo, el mismo color de la pasión que ahora pintaba sus mejillas sonrojadas. La recostó con gentileza, pero sus ojos ardían de hambre. Se quitó la camisa, mostrando abdominales marcados por horas en el gym. Ana se lamió los labios, extendiendo las manos para tocarlo. "Ven, déjame probarte", susurró ella, voz ronca.
Él se arrodilló frente a ella, besando sus tobillos, subiendo por las pantorrillas, muslos. El aroma de su excitación lo envolvió, dulce y almizclado, como miel caliente. Levantó el vestido, apartó la tanga con los dientes.
Dios mío, su lengua va a volverme loca.La primera lamida fue eléctrica: plana y lenta sobre su clítoris hinchado. Ana arqueó la espalda, gimiendo alto, dedos enredados en su cabello negro. Él chupaba con devoción, introduciendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde ella lo necesitaba. El sonido húmedo de su boca contra su sexo llenaba la habitación, mezclado con sus "¡Ay, Marco, qué rico!" y los jadeos de él.
El placer subía en olas, pero Ana quería más. Lo empujó hacia atrás, desabrochando su cinturón con urgencia. "Ahora me toca a mí, pendejo", dijo juguetona, usando el apodo cariñoso que solo salía en la cama. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de deseo. La tomó en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Marco maldijo en voz baja, "¡Chingada madre, Ana, eres una diosa!" Ella lo engulló profundo, garganta relajada por práctica, cabeza subiendo y bajando mientras sus bolas se contraían.
Ya no aguantaban. Marco la volteó boca abajo, almohada bajo sus caderas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Está tan apretada, tan mojada para mí, pensó él, embistiendo hondo. Ana gritó de placer, uñas clavándose en las sábanas. El slap slap de carne contra carne resonaba, sudor goteando, mezclando sus olores en una fragancia embriagadora. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona, pechos rebotando, cabello cayendo en cascada. Él pellizcaba sus pezones duros, mordisqueando el cuello.
La tensión crecía, espiral ascendente. "Más fuerte, mi amor, dame todo", rogaba ella, caderas girando. Marco la levantó contra la pared, piernas de Ana alrededor de su cintura, follando con furia primal. El cuadro de la virgen de Guadalupe temblaba con cada embestida. Sus cuerpos chocaban, resbalosos, el aire cargado de gemidos y "¡Sí, así, cabrón!". El clímax la golpeó primero: un tsunami de éxtasis, paredes vaginales contrayéndose, chorro caliente escapando. Marco la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con su leche espesa.
Colapsaron en la cama, entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El olor a sexo impregnaba todo, pieles pegajosas brillando bajo la luz tenue. Ana trazaba círculos en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse.
Esto es el color de la pasión, capítulo 108 de un amor que no acaba.Marco la besó la frente. "Eres lo mejor que me ha pasado, mi vida. No te suelto nunca."
Se quedaron así, susurrando promesas en la quietud postcoital. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en esa habitación, el mundo era solo ellos dos, envueltos en rojo pasión eterno. Ana sonrió, sabiendo que vendrían más capítulos, más noches de fuego.