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Noches de Pasion en el Jardin de Fiestas Lindavista

6905 palabras

Noches de Pasion en el Jardin de Fiestas Lindavista

Llegaste al Jardín de Fiestas Pasión Lindavista con el corazón latiendo a mil por hora. Era una de esas noches de verano en la Ciudad de México donde el aire huele a jazmín mezclado con el humo de las parrillas y el dulce aroma de las piñas coladas. Las luces de colores colgaban de los árboles como estrellas caídas, y la música de cumbia rebota rebota en tus oídos, haciendo que tus caderas se muevan solas. El lugar estaba lleno de gente vestida para la fiesta: vestidos ajustados, camisas guayaberas abiertas un poco más de lo debido, risas que se mezclan con el sonido de botellas chocando.

Te sientes viva, neta, como si el mundo entero conspirara para que esta noche sea tuya. Caminas entre la multitud, el vestido rojo ceñido a tu piel sudada por el calor, rozando tus muslos con cada paso. El olor a tierra mojada después de la lluvia de la tarde te envuelve, y de repente, lo ves. Alto, moreno, con una sonrisa que promete problemas del bueno. Está apoyado en una columna de madera, con una cerveza en la mano, sus ojos oscuros escaneando la fiesta como si buscara algo específico. Y ese algo eres tú.

¿Y si me acerco? ¿Y si esta noche dejo de ser la buena y me lanzo? Neta, se ve cañón, con esos brazos que parecen hechos para cargarte.

Te miran fijamente, y sientes un cosquilleo en el estómago que baja directo hasta tu entrepierna. Caminas hacia él, el taconeo de tus zapatos contra el piso de grava crujiendo como un secreto. "Qué onda, guapo", le dices con voz juguetona, y él se endereza, soltando una risa grave que vibra en tu pecho.

"Qué onda, preciosa. ¿Vienes a conquistar el jardín de fiestas Pasión Lindavista o qué?" responde, su voz ronca como el tequila reposado. Se llama Diego, te dice mientras te ofrece su cerveza. Sus dedos rozan los tuyos al pasártela, y ese toque eléctrico te hace apretar las piernas. Hablan de tonterías: de la banda que toca, de cómo Lindavista siempre tiene las mejores fiestas, de lo chido que es perderse en la noche. Pero debajo de las palabras, hay fuego. Sus ojos recorren tu escote, y tú no puedes evitar morderte el labio al notar el bulto creciente en sus jeans.

La música cambia a un son más lento, y él te toma de la mano. "Baila conmigo, mami". Sus manos en tu cintura son firmes pero suaves, guiándote al ritmo. Sientes su aliento caliente en tu cuello, oliendo a menta y cerveza. Tus pechos rozan su torso con cada giro, y el sudor de su piel se mezcla con el tuyo. Pinche calor, piensas, pero es el mejor calor del mundo. Sus caderas presionan contra las tuyas, y sientes su verga dura contra tu vientre, prometiendo lo que viene.

Esto es lo que necesitaba. Un hombre que sepa lo que quiere, que me mire como si fuera la única en este jardín lleno de gente.

La tensión crece con cada canción. Sus manos bajan un poco más, apretando tu culo con permiso implícito porque tú arqueas la espalda invitándolo. Le susurras al oído: "Diego, me estás poniendo caliente". Él gruñe, mordisqueándote el lóbulo de la oreja. "Vamos a un lado, donde nadie nos vea". Asientes, el pulso acelerado, el coño ya húmedo empapando tus panties.

Se escabullen por un camino lateral del jardín, entre arbustos altos perfumados con gardenias. El ruido de la fiesta se apaga, dejando solo el canto de los grillos y sus respiraciones jadeantes. Encuentran un banco escondido bajo un sauce, iluminado apenas por la luna. Te empuja suavemente contra el respaldo, sus labios capturando los tuyos en un beso feroz. Sabe a sal y deseo, su lengua explorando tu boca como si quisiera devorarte. Tus manos suben por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, y bajas hasta su cinturón.

"Qué rica estás", murmura contra tu piel mientras baja los tirantes de tu vestido. Tus chichis saltan libres, los pezones duros como piedras bajo el aire nocturno. Él los chupa con hambre, lamiendo y mordiendo suave, haciendo que gimas alto. El sonido de tu placer lo enloquece; sientes su verga palpitar contra tu muslo. Te arrodillas en la grava, el roce áspero en tus rodillas solo aumenta la excitación. Desabrochas sus jeans, y su polla sale dura, gruesa, venosa, oliendo a hombre puro.

¡Dios, qué verga tan chida! Quiero probarla toda.

La tomas en tu mano, sintiendo el calor pulsante, y la lames desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gime, enredando sus dedos en tu pelo: "Así, ricura, chúpamela toda". La engulles, sintiendo cómo llena tu boca, el glande golpeando tu garganta. Tus jugos corren por tus piernas mientras te tocas por encima del vestido, el clítoris hinchado pidiendo atención. Él te levanta, te quita las panties de un jalón, y te sienta a horcajadas sobre él.

Te bajas despacio sobre su verga, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. "Estás tan apretada, tan mojada para mí", dice, sus manos en tus caderas guiándote. Empiezas a cabalgar, el banco crujiendo bajo ustedes, el sudor goteando entre tus pechos. El olor a sexo inunda el aire: tu excitación almizclada, su sudor masculino. Cada embestida roza tu punto G, haciendo que veas estrellas. Él te chupa los pezones mientras te follas fuerte, tus uñas clavándose en sus hombros.

La intensidad sube. Cambian de posición: te pone de rodillas en el banco, el culo en pompa, y entra de nuevo, profundo, sus bolas golpeando tu clítoris. "¡Más duro, cabrón!", gritas, y él obedece, azotando tu piel suave. El placer se acumula como una ola, tus paredes contrayéndose alrededor de su verga. Sientes el orgasmo venir, un temblor que empieza en los pies y sube. "¡Me vengo!", aúllas, y explotas, chorros de placer mojando sus muslos.

Él no para, follándote a través del clímax hasta que gruñe: "Me vengo adentro, ¿sí?". "¡Sí, lléname!", respondes, y sientes su leche caliente inundándote, pulsación tras pulsación. Colapsan juntos, jadeando, su verga aún dentro, palpitando suave.

Se quedan así un rato, el jardín susurrando alrededor. Él te besa la nuca, suave ahora. "Eso fue de la chingada, preciosa". Te ríes, el cuerpo lánguido, satisfecho. Se arreglan entre besos perezosos, prometiendo verse de nuevo. Regresas a la fiesta, las luces ahora más brillantes, la música más alegre. Pero llevas su esencia en ti: el olor en tu piel, el calor en tu vientre.

El Jardín de Fiestas Pasión Lindavista no miente en su nombre. Esta noche, la pasión fue real, y yo, lista para más.

La fiesta sigue, pero tú caminas con una sonrisa secreta, el cuerpo recordando cada toque, cada gemido. Lindavista te dio una noche inolvidable, y sabes que volverás por más.

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