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Ardores Ocultos en Pasion Studio

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Ardores Ocultos en Pasion Studio

Entré al Pasion Studio con el corazón latiéndome como tambor de mariachi en fiesta. El aire olía a incienso de vainilla y algo más, un aroma terroso que me erizaba la piel. Era mi primera sesión de fotos sensuales, de esas que prometen liberar el fuego interior sin quemarte viva. México City bullía afuera, con su caos de cláxones y vendedores ambulantes, pero aquí dentro, en ese loft de Polanco con paredes de ladrillo visto y luces suaves como caricias, todo se sentía chido, íntimo.

Luis me esperaba junto a la cámara, alto, con barba recortada y ojos cafés que brillaban como obsidiana bajo el sol de mediodía. “¡Órale, qué buena onda que llegaste, Ana!” dijo con esa sonrisa pícara que me hizo sentir mariposas en el estómago. Vestía jeans ajustados y una camisa negra arremangada, dejando ver antebrazos fuertes, de los que levantan pesas en el gym. Yo traía un vestido rojo ceñido, sin bra, solo unas tanguitas de encaje que ya empezaban a molestarme de lo húmeda que me ponía solo con verlo.

“Vamos a capturar tu esencia, carnala. Nada de poses tiesas, aquí en Pasion Studio soltamos el desmadre sensual”, me guiñó el ojo mientras ajustaba las luces. Su voz grave resonaba en el espacio, mezclándose con el ronroneo suave de un ventilador que movía el aire caliente. Me quité los zapatos, sintiendo el piso de madera fresca bajo mis pies descalzos, y empecé a posar frente al fondo negro, arqueando la espalda como me indicó.

Al principio fue profesional: “Mira a la cámara como si me estuvieras comiendo con los ojos”. Click, click. Pero cada flash era como un roce eléctrico, y notaba cómo sus pupilas se dilataban viéndome girar, dejando que el vestido se subiera un poco, revelando la curva de mis muslos.

¿Y si esto se sale de control? Neta, su mirada me está calando hasta los huesos.
El sudor perlaba mi clavícula, y el olor de mi propia excitación empezaba a mezclarse con el incienso.

La tensión crecía con cada cambio de pose. “Quítate el vestido, despacito”, murmuró, y obedecí, sintiendo la tela resbalar como seda sobre mi piel ardiente. Quedé en encaje negro, pezones endurecidos rozando el aire. Él se acercó para ajustar mi cabello, sus dedos rozando mi nuca, enviando chispas directo a mi entrepierna. “Eres fuego puro, Ana. No mames, qué curvas”, soltó con voz ronca, y su aliento cálido olía a menta y café recién molido.

En el medio del shoot, me tumbé en el sofá de terciopelo rojo, piernas entreabiertas, y él se arrodilló para capturar el ángulo perfecto. Su mano rozó mi muslo accidentalmente –o no–, y el contacto fue como un relámpago. “¿Te late?” preguntó, ojos fijos en los míos. Asentí, mordiéndome el labio.

Ya valió, esto no es solo fotos. Quiero que me toque de verdad.
El estudio se sentía más pequeño, el aire denso, cargado de promesas.

Dejó la cámara. “Ven, déjame mostrarte cómo se siente de veras el Pasion Studio”. Me jaló suave hacia él, y nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Sabía a deseo puro, lengua explorando mi boca con urgencia, manos grandes amasando mis nalgas. Gemí contra su boca, sintiendo su verga dura presionando mi vientre a través de los jeans. “Estás mojada, ¿verdad, pinche diosa?” susurró, y yo reí bajito, “Neta que sí, no seas pendejo, haz algo”.

Me cargó al sofá como si no pesara nada, quitándome las tangas con dientes, su aliento caliente en mi monte de Venus. El olor de mi arousal lo invadió todo, almizclado y dulce. Lamía mis labios mayores despacio, lengua trazando círculos lentos alrededor del clítoris, haciendo que mis caderas se arquearan solas. “Sabes a miel de maguey”, gruñó, chupando más fuerte, dedos hundiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Mis uñas se clavaron en su cuero cabelludo, jadeos escapando como “¡Ay, cabrón, no pares!” El sonido de su boca devorándome era obsceno, húmedo, perfecto.

Lo empujé para montarlo, desabrochando sus jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precúm que lamí como helado derretido, salado y adictivo. “Qué chingona mamada”, jadeó él, caderas empujando. Lo monté despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El terciopelo raspaba mi espalda, luces calientes lamiendo nuestra piel sudada. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas rítmicas, olor a sexo impregnando el aire –sudor, fluidos, pasión cruda.

Esto es lo que necesitaba, neta. Su pija golpeando mi cervix, sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Me siento reina, poderosa, mojando todo.
Aceleré, rebotando duro, sus bolas golpeando mi culo. Él me volteó a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, una mano en mi clítoris frotando furioso. “Vente conmigo, Ana, córrete en mi verga”, ordenó, y el orgasmo me partió en dos –músculos contrayéndose, chorro caliente escapando, grito ahogado en el cojín. Él gruñó profundo, llenándome de leche espesa, pulsos calientes inundándome.

Colapsamos jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El ventilador nos refrescaba con brisa suave, trayendo olor a lluvia lejana de la ciudad. Me acurruqué en su pecho, oyendo su latido calmarse, su mano acariciando mi cabello. “Pinche sesión épica en Pasion Studio”, bromeó, y reí, besando su piel salada.

Minutos después, nos vestimos entre besos perezosos, el estudio ahora nuestro templo privado. “Vuelve cuando quieras, mi musa”, dijo con guiño. Salí a la calle con piernas temblorosas, el sol poniente tiñendo todo de oro, sintiendo su esencia aún goteando entre mis muslos.

El Pasion Studio no solo captura imágenes, despierta almas. Y la mía arde más que nunca.

Desde esa noche, cada recuerdo del estudio me enciende: el flash eterno en mi mente, su sabor en la lengua, el eco de nuestros gemidos. México City sigue su ritmo loco, pero yo llevo el fuego de Pasion Studio conmigo, lista para más.

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