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Abismo de Pasión Capítulo 73 El Despertar de los Sentidos

7393 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 73 El Despertar de los Sentidos

Sofía entró al departamento en Polanco con el corazón latiéndole a mil por hora. El aroma del tequila reposado que Alejandro siempre dejaba en la barra de la cocina la envolvió como un abrazo cálido. Habían pasado dos semanas desde su último encuentro, un viaje de negocios a Guadalajara que la había dejado con un vacío en el pecho. Neta, carnal, lo extrañé tanto, pensó mientras dejaba caer su maleta junto a la puerta. La luz tenue de las velas que él había encendido parpadeaba en las paredes, proyectando sombras danzantes que invitaban a la intimidad.

Alejandro salió de la recámara, shirtless, con esos jeans ajustados que marcaban cada músculo de sus piernas. Sus ojos cafés brillaban con esa picardía mexicana que la volvía loca. "¡Órale, mi reina! Ya regresaste a tu rey", dijo con voz ronca, acercándose con pasos lentos, como un jaguar acechando. Sofía sintió un cosquilleo en la piel, el roce del aire acondicionado contra sus brazos desnudos bajo el vestido ligero de algodón. El sonido de la ciudad lejana, cláxones y risas nocturnas, se filtraba por la ventana entreabierta, recordándole que estaban en el corazón de México, donde la pasión nunca duerme.

Se fundieron en un abrazo. Sus pechos presionados contra el torso duro de él, inhalando el olor fresco de su jabón mezclado con ese sudor ligero de anticipación. "Te juro que soñé contigo todas las noches, pendejo", murmuró ella contra su cuello, mordisqueando suave la piel salada. Alejandro rio bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho y se transmitió directo a su entrepierna. Sus manos grandes bajaron por su espalda, deteniéndose en las nalgas, apretando con posesión juguetona. Esto es el principio del abismo, pensó Sofía, recordando cómo llamaban a sus noches de fuego.

¡Ay, Dios! Su toque me enciende como mecha de cohete en las fiestas patrias.

La besó entonces, un beso que empezó tierno, labios rozando labios, lenguas tanteando como en un baile de salón. Pero pronto se volvió voraz. Sofía saboreó el tequila en su boca, dulce y ardiente, mientras sus dedos se enredaban en el cabello revuelto de él. El vestido se deslizó por sus hombros con un susurro de tela, cayendo al piso como una promesa rota. Quedó en lencería negra, encaje que contrastaba con su piel morena. Alejandro gruñó de aprobación, sus ojos devorándola. "Estás más chula que nunca, mi amor. Mira cómo me pones la verga dura nomás de verte".

La llevó a la sala, donde el sofá de piel suave los recibió. Se sentaron, pero no por mucho. Sus manos exploraban, él masajeando sus senos por encima del brasier, pulgares rozando los pezones que se endurecían al instante. Sofía jadeó, el sonido escapando como un suspiro ahogado. Quiero más, neta, quiero que me haga suya ya. Pero sabían jugar el juego lento, construir el fuego hasta que ardiera incontrolable.

En la cocina cercana, Alejandro tomó una botella de mezcal y dos vasos. "Brindemos por nuestro abismo de pasión capítulo 73", dijo guiñando un ojo, refiriéndose a esa cuenta privada que llevaban de sus noches épicas. Sofía rio, el líquido ahumado bajando por su garganta, calentándola por dentro. Se pusieron a platicar, recordando anécdotas de sus primeros cogidos locos en la playa de Puerto Vallarta, cuando eran novios frescos. "Recuerdas cuando casi nos cachan los vendedores ambulantes", dijo él, su mano subiendo por su muslo interno, rozando el borde de las panties húmedas ya.

El deseo crecía como marea en Acapulco. Sofía sentía el pulso acelerado en su clítoris, un latido insistente que pedía atención. Lo empujó contra el sofá, montándose a horcajadas. Sus caderas se mecían lentas, frotándose contra la erección que tensaba los jeans. "Sácatela, cabrón, déjame sentirte", susurró con voz cargada de lujuria. Alejandro obedeció, bajándose el cierre con prisa. La verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. Sofía la tomó en mano, piel caliente y aterciopelada, masturbándolo despacio mientras lo besaba en el pecho, lamiendo el sudor salado.

El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, almizcle mezclado con perfume caro. Bajó la cabeza, lengua rodeando la punta, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce. Alejandro gimió fuerte, "¡Qué rico, mami! Chúpamela más profundo". Ella lo hizo, garganta relajada por práctica, succionando con ritmo que lo volvía loco. Sus bolas pesadas rozaban su barbilla, el vello púbico raspando suave su nariz. Él enredó dedos en su pelo, guiándola sin forzar, puro placer mutuo.

Pero no quería acabar así. La levantó, cargándola a la recámara como si fuera pluma. La cama king size los esperaba, sábanas de hilo egipcio frescas y suaves. La tendió boca arriba, quitándole el brasier y las panties con dientes juguetones. Sofía arqueó la espalda, exponiendo su panocha depilada, labios hinchados y jugosos. "Ven, métemela ya", rogó, pero él sonrió malicioso. "Primero te voy a comer hasta que grites mi nombre".

Se hundió entre sus piernas, nariz rozando el monte de Venus, inhalando su aroma femenino, dulce y embriagador. Lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, haciendo que ella se retorciera. ¡Puta madre, qué chingón es este hombre! El sonido húmedo de su boca devorándola llenaba la habitación, succiones y lamidas expertas. Dedos entraron, curvándose en el punto G, bombeando mientras chupaba el botón hinchado. Sofía clavó uñas en su espalda, caderas elevándose, jadeos convirtiéndose en gemidos altos. "¡Alejandro, no pares, me vengo! ¡Sí, sí, carajo!". El orgasmo la sacudió como terremoto, jugos inundando su boca, cuerpo temblando en olas de placer.

Esto es nuestro abismo, donde caemos juntos una y otra vez.

Aún jadeante, lo jaló arriba. "Ahora fóllame duro, mi rey". Él se posicionó, verga presionando la entrada resbalosa. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gruñeron al unísono, piel contra piel sudada. El ritmo empezó pausado, embestidas profundas que rozaban cada rincón sensible. Sofía envolvía piernas en su cintura, talones clavándose en sus nalgas para empujarlo más adentro. El slap slap de cuerpos chocando, sudor goteando, alientos entrecortados.

Aceleraron, animalesco. Él la volteó a cuatro patas, agarrando caderas, verga martillando desde atrás. Sus bolas golpeaban el clítoris con cada thrust, enviando chispas de éxtasis. "¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!", gritó ella, perdida en el fuego. Alejandro obedeció, una mano bajando a frotar el clítoris en círculos rápidos. El segundo orgasmo la golpeó brutal, paredes vaginales apretando su verga como puño. "¡Me vengo, Sofía, agárrate!", rugió él, chorros calientes llenándola, semen goteando por muslos.

Colapsaron exhaustos, enredados en sábanas revueltas. El aire olía a sexo crudo, pasión consumada. Alejandro la besó en la frente, suave ahora. "Capítulo 73 completado, mi amor. ¿Lista para el 74?". Sofía sonrió, dedo trazando su pecho. Neta, este hombre es mi todo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en su mundo, el abismo de pasión los había unido más. Durmieron así, cuerpos calientes, almas en paz, sabiendo que el fuego renacería pronto.

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