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La Pasion Turca en Mi Piel

7252 palabras

La Pasion Turca en Mi Piel

El calor de la noche en Polanco me envolvía como un abrazo pegajoso, pero adentro del depa de Diego, el aire fresco del acondicionado me erizaba la piel. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el olor a café y estrés pegado a la blusa. Diego, mi carnalito desde la uni, me esperaba con una chela fría en la mano y esa sonrisa pícara que siempre me ponía a mil.

Órale, wey, qué chido verte así de fresca, me dijo mientras me jalaba pa'l sofá. Tenía Netflix prendido en La Pasion Turca, esa serie turca que andaba en boca de todas mis morras en el trabajo. "Dicen que es pura pasión, neta, pa' encender el ánimo", murmuró, y su mano ya se colaba juguetona por mi muslo. Yo reí, sintiendo el cosquilleo subir por mis piernas. Hacía semanas que nuestra rutina se había vuelto sosa, besos rápidos antes de dormir, nada de esa química que nos hacía sudar como locos al principio.

Nos recostamos juntos, mi cabeza en su pecho, oliendo su colonia mezclado con el sudor leve de su piel morena. El primer episodio arrancó: música exótica, bailes sensuales, miradas que prometían fuego. La protagonista, con su falda ondeando, se movía como si el deseo le saliera por los poros.

¿Y si nosotros hiciéramos eso? ¿Dejamos que la pasión turca nos invada?
pensé, mientras mi mano rozaba accidentalmente el bulto en sus chinos.

Diego se removió, su respiración se aceleró. "Mira cómo la ven, Ana, como si se la fueran a comer viva", susurró al oído, su aliento caliente me rozó el lóbulo. Yo sentí un jalón en el estómago, el calor subiendo entre mis piernas. La serie seguía, escenas de besos robados en bazares antiguos, telas suaves cayendo al suelo. Nuestros cuerpos se pegaron más, mi blusa se arrugó bajo su palma ancha.

El segundo acto de la noche empezó sin que nos diéramos cuenta. Diego pausó la tele, giró mi cara hacia la suya y me besó con hambre, lengua profunda, saboreando la chela en mi boca. Puta madre, qué rico sabe, gemí bajito. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire frío. Pezones duros como piedras, él los lamió despacio, chupando con esa succión que me hace arquear la espalda. Olía a su excitación, ese aroma macho y almizclado que me moja al instante.

"Estás bien pinche rica, Ana, como la de la serie", gruñó, mientras yo le bajaba el cierre. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, venas marcadas bajo mi tacto. La apreté suave, sintiendo el pulso acelerado, caliente como hierro forjado.

La pasion turca nos está pegando duro, wey, no pares
, le dije en voz baja, mi voz ronca de deseo. Me puse de rodillas en la alfombra mullida, el olor de su piel me invadió la nariz mientras lo lamía desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo, "Chúpamela más profundo, morra, sí así".

Pero no quería acabar tan rápido. Lo empujé al sofá, me quité el jeans con prisa, quedando en tanguita empapada. El roce de la tela contra mi panocha hinchada me hizo gemir. Diego me jaló encima, sus dedos se colaron por el encaje, rozando mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, Ana, neta me tienes bien puesto", murmuró, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Yo cabalgaba su mano, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. El sonido húmedo de mis jugos llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y la música turca que aún sonaba de fondo.

Esto es lo que necesitaba, romper la rutina con esta pasion turca que nos quema, pensé mientras lo montaba. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Gruesa, dura, estirándome delicioso. Empecé a mover las caderas lento, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Diego agarraba mis nalgas, amasándolas fuerte, "Muévete así, pendeja rica, rómpeme la verga". Aceleré, el choque de piel contra piel retumbaba, slap-slap, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo.

La tensión crecía como tormenta. Cambiamos posiciones, él me puso en cuatro sobre el sofá, el cuero pegajoso bajo mis rodillas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi trasero. Olía a sexo puro, sudor, jugos, vainilla quemada de las velas. Yo empujaba hacia atrás,

Chíngame más duro, Diego, dame toda la pasion turca
, grité, mi voz quebrada. Él obedecía, embistiéndome como animal, una mano en mi pelo tirando suave, la otra pellizcando mi pezón. Sentía mi orgasmo venir, ese nudo apretado en el vientre deshaciéndose.

"Ven, Ana, córrete conmigo", rugió, acelerando. Mi cuerpo tembló, paredes contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes saliendo de mí mientras gritaba su nombre. Él se hundió una última vez, llenándome de su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía adentro. Colapsamos juntos, resbalosos de sudor, corazones latiendo al unísono.

En el afterglow, recostados enredados, la serie seguía pausada en la tele. Diego me besó la frente, su mano trazando círculos perezosos en mi espalda. "Esa la pasion turca nos revivió, ¿verdad, morra?", dijo riendo bajito. Yo asentí, saboreando el beso suave en mis labios hinchados. Neta, wey, esto fue lo mejor. Mañana vemos más episodios, pensé, mientras el sueño nos envolvía en esa calidez compartida.

Pero la noche no acabó ahí. Desperté con su boca entre mis piernas, lengua lamiendo perezosa mis labios todavía sensibles. "No he tenido suficiente de ti", murmuró contra mi piel. Yo abrí las piernas más, guiándolo con las manos. El placer renació lento, sus dedos abriendo mis pliegues, chupando mi botón con devoción. Olía a nosotros, a semen seco y jugos frescos. Gemí suave, caderas ondulando como la bailarina turca de la serie.

Esta vez fue tierno, él encima, entrando despacio, mirándome a los ojos. Cada embestida era una promesa, piel contra piel resbalosa, pechos aplastados contra su pecho velludo. "Te amo, Ana, eres mi pasión entera", susurró, y yo me derretí, piernas envueltas en su cintura. El clímax llegó suave, olas suaves que nos mecieron juntos, su semen uniéndose al de antes, goteando tibio por mis muslos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos duchamos juntos. Agua caliente cayendo, jabón espumoso en sus manos recorriendo mi cuerpo. Reímos como pendejos, salpicándonos, pero el deseo latió de nuevo. Contra la pared de azulejos fríos, me levantó, piernas alrededor de su cadera, y me penetró de pie. Rápido, urgente, el vapor empañando el espejo. "Otra vez la pasion turca, wey", jadeé riendo, y él gruñó afirmando, follándome hasta que ambos temblamos en un orgasmo final, exhaustos y felices.

Desde esa noche, la pasion turca se volvió nuestro ritual. No solo la serie, sino esa hambre salvaje que despertamos juntos. En la cama, en la cocina oliendo a tacos al pastor, en el coche con prisa antes de salir. Nuestra vida se encendió, llena de toques robados, gemidos nocturnos y esa conexión que solo el deseo verdadero forja. Neta, who knew que unos turcos nos iban a enseñar a querernos así de cabrón.

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