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La Isla de la Pasión Película de Deseos Ardientes

7014 palabras

La Isla de la Pasión Película de Deseos Ardientes

Llegamos a la playa de la isla al atardecer, con el sol pintando el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Caribe. Yo, Ana, y mi carnal Marco, habíamos planeado este viaje para desconectarnos del pinche estrés de la ciudad. La brisa salada me acariciaba la piel, oliendo a yodo y flores tropicales, mientras caminábamos tomados de la mano por la arena tibia. El resort era chido, cabañas de palapa con hamacas y vistas al océano. Qué padre estar aquí solos, pensé, sintiendo ya un cosquilleo en el estómago al ver cómo Marco me devoraba con la mirada, su camiseta pegada al torso musculoso por el sudor.

Nos instalamos en nuestra cabaña, una choza rústica pero lujosa con cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes y mosquitero vaporoso. Sacamos unas chelas frías de la hielera y nos echamos en la hamaca, riéndonos de tonterías. "Órale, güey, esto es el paraíso", dijo él, besándome el cuello con labios calientes que me erizaron la piel. Su aliento olía a menta y cerveza, y yo respondí apretándome contra su cuerpo duro, sintiendo su verga ya medio parada contra mi muslo. Pero queríamos alargar la noche, así que entramos, pusimos aire acondicionado suave y prendimos la tele plana.

Zapeando canales, dimos con La Isla de la Pasión película, una producción mexicana erótica que prometía pasión desbordada en un escenario caribeño igualito al nuestro. "¡Mira, carnala, esto va a estar bueno!", exclamó Marco con ojos brillantes. Yo asentí, acomodándome entre sus piernas en la cama, mi espalda contra su pecho. La pantalla se llenó de cuerpos bronceados en playas vírgenes, mujeres con tangas diminutas y hombres oliendo a coco y macho. La música sensual, con tambores y guitarras, llenaba la habitación, vibrando en mi pecho.

¿Por qué carajos me excita tanto ver esto con él? Su calor me quema, y ya siento mi panocha húmeda.

La trama era simple: una pareja naufraga en una isla, despierta sus instintos primarios. En la peli, la prota gemía bajito mientras su hombre le lamía los pezones duros bajo la luna. Marco me abrazó más fuerte, su mano bajando despacito por mi vientre, rozando el borde de mi short. "Estás caliente, ¿verdad, mi reina?", susurró en mi oreja, mordisqueándola suave. Yo tragué saliva, el pulso acelerado, oliendo su aroma masculino mezclado con el mío de crema solar vainillada. Asentí, girando la cabeza para besarlo, lenguas enredándose húmedas y urgentes.

La película avanzaba, ahora los amantes rodando en la arena, ella cabalgándolo con caderas ondulantes. Marco deslizó su mano dentro de mi blusa, pellizcando mis tetas hinchadas. ¡Ay, qué rico! gemí contra su boca, arqueándome. Sus dedos jugaban con mis pezones, tirando suave, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante. Yo metí la mano atrás, palpando su paquete tieso, masajeándolo por encima del pantalón. "Mmm, pendejito, ya estás listo pa' mí", le dije juguetona, sintiendo su verga saltar bajo mi palma.

Apagamos la tele a medias, porque ya no podíamos concentrarnos. La isla de la pasión película nos había encendido como yesca. Marco me quitó la blusa con prisa, exponiendo mis chichis al aire fresco. Se lanzó a mamarlos, chupando fuerte, lamiendo círculos con lengua áspera. Yo jadeaba, oliendo mi propia excitación dulce y salada subiendo desde entre mis piernas. Sus labios succionaban como vacío, tirando de mi piel sensible, y yo enredé mis dedos en su pelo negro revuelto, empujándolo más.

"Quítate todo, amor", ordené, voz ronca de deseo. Él obedeció rápido, su cuerpo atlético brillando de sudor bajo la luz tenue de la lámpara. Su verga erguida, venosa, goteando precum que olía almizclado. Me puse de rodillas en la cama, agarrándola con ambas manos, sintiendo su calor pulsante, venas latiendo contra mis palmas. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando sal y hombre, mientras él gruñía "¡Qué chingón, Ana, no pares!". La chupé profundo, garganta relajada, babas resbalando por mi barbilla, sus caderas empujando suave.

Me encanta cómo gime, cómo tiembla. Esto es poder, tenerlo así rendido a mi boca.

Él me levantó, volteándome boca arriba, y me arrancó el short y la tanga. Mi coño depilado brillaba mojado, labios hinchados rogando atención. Marco se hundió entre mis muslos, nariz rozando mi monte de Venus, inhalando hondo. "Hueles a miel caliente, mi vida", murmuró antes de lamer mi raja entera, lengua plana y lenta. ¡Madre mía! El placer me arqueó la espalda, pies crispados en las sábanas. Lamía mi clítoris en espirales, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que me volvía loca. Yo me retorcía, uñas clavándose en sus hombros, gritando "¡Sí, cabrón, así, no pares!". El sonido chupón de su boca, mis jugos goteando, llenaba la cabaña junto al romper de olas lejanas.

La tensión crecía como tormenta, mi vientre contrayéndose, orgasmos asomando. Pero quería más, lo necesitaba dentro. "Cógeme ya, Marco, métemela toda". Él se posicionó, cabeza de su verga frotando mi entrada resbalosa, teasing. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. Gemí largo, piernas envolviéndolo, talones clavados en su culo firme.

Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo y clavándola de nuevo, bolas golpeando mi nalga. El slap-slap de piel contra piel, su sudor goteando en mis tetas, olor a sexo crudo impregnando el aire. Aceleró, caderas girando, tocando ángulos profundos que me hacían ver estrellas. Yo lo arañaba, mordía su hombro, gritando "¡Más duro, pendejo, rómpeme!". Él obedecía, follándome como animal, gruñendo mi nombre. Mis paredes lo ordeñaban, apretándolo, persiguiendo el pico.

El clímax llegó como avalancha. Sentí el calor explotar en mi coño, ondas eléctricas subiendo por mi espina, cuerpo convulsionando. "¡Me vengo, Marco, ayúdi!". Él empujó profundo, corriéndose dentro, chorros calientes pintando mis entrañas, su cara contraída en éxtasis. Colapsamos juntos, jadeantes, corazones galopando al unísono. Su verga aún palpitaba suave dentro de mí, semen goteando fuera.

Nos quedamos así un rato, besándonos perezosos, lenguas saboreando sal de sudor. La brisa marina entraba por la ventana abierta, refrescando nuestras pieles pegajosas. "Eso fue mejor que cualquier película", susurró él, acariciándome el pelo. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho velludo.

En esta isla, despertamos nuestra propia pasión. Mañana repetimos, y pasado también. Esto es vida.

Nos envolvimos en las sábanas, escuchando el mar susurrar promesas de más noches ardientes. La Isla de la Pasión no era solo una película; era nuestro mundo ahora, lleno de deseo infinito y amor salvaje.

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