Juraré Que Es Amor Juraré Que Es Pasión
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de la CDMX que te envuelve como un abrazo caliente. Las luces de los restaurantes brillaban como estrellas caídas, y el olor a tacos al pastor se mezclaba con el perfume caro de las morras que pasaban. Yo, Ana, había salido con mis cuates a olvidar el pinche desmadre de la semana. Trabajo en una agencia de publicidad, siempre corriendo como pendeja de junta en junta, pero esa noche quería soltarme el pelo.
Ahí lo vi, a Javier, recargado en la barra del bar con esa sonrisa que me deshace las rodillas. Cabrón, con su camisa negra ajustada que marcaba los músculos del pecho, y esos ojos cafés que prometían problemas. Nos conocimos hace años en la uni, fuimos amigos con derechos un rato, pero la vida nos separó. Órale, pensé, neta que sigue igual de guapo. Me acerqué, fingiendo casualidad.
—¿Qué onda, güey? —le dije, con voz juguetona, mientras pedía un margarita bien cargado.
Él se giró, y su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis que asomaban por el escote del vestido rojo. —Ana, mi reina. ¿Qué pedo? Sigues cañona como siempre.
Charlamos de pendejadas, de la chamba, de los ex que nos jodieron. El tequila fluía, y con cada trago, el calor subía. Sentía su rodilla rozando la mía bajo la mesa, un toque inocente que mandaba chispas por mi espinazo. ¿Y si esta noche no paro?, me pregunté, mientras olía su colonia, esa mezcla de madera y cítricos que me ponía caliente.
Al rato, salimos a la terraza. La ciudad rugía abajo, autos pitando, risas lejanas. Javier me jaló de la mano hacia un rincón oscuro. —Ven, quiero decirte algo —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.
Su boca rozó la mía, suave al principio, como probando. Sabía a tequila y a deseo puro. Le respondí con hambre, mis manos enredándose en su pelo negro. El beso se volvió feroz, lenguas bailando, dientes mordisqueando labios. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y un jadeo se me escapó. Esto es lo que necesitaba, carajo.
Juraré que es amor, juraré que es pasión... ¿o nomás es el calor del momento? Neta no sé, pero ahorita no me importa.
Me llevó a su depa, un penthouse chido en Reforma con vista al Ángel. El elevador subía lento, y ya nos estábamos comiendo a besos. Sus manos grandes me amasaban el culo, apretando con fuerza que dolía rico. Entramos tambaleándonos, la puerta se cerró con un clic que sonó como promesa.
Acto uno del desmadre: Javier me quitó el vestido de un jalón, quedándome en tanga negra y bra de encaje. Me miró como si fuera un manjar. —Eres una chingona, Ana. Siempre lo has sido —dijo, voz ronca. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho sudoroso, saboreando la sal de su piel. Olía a hombre, a sexo inminente.
Nos tiramos al sillón de piel, suave contra mi espalda desnuda. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi cuello, bajando lento por el valle de mis senos. Mordió un pezón, tirando suave, y un gemido gutural me salió del fondo del alma. ¡Qué rico, pendejo! Mis uñas se clavaron en sus hombros, dejando marcas rojas.
Pero no era solo físico. En mi cabeza daban vueltas los recuerdos: noches de juventud, promesas rotas, el miedo a encariñarme de nuevo. ¿Esto va a ser como antes? ¿Me vas a partir el corazón, Javier? Él lo sintió, levantó la cara, ojos serios. —Tranquila, mi amor. Esta vez es diferente. Te lo juro.
El medio tiempo empezó con caricias expertas. Sus dedos se colaron en mi tanga, rozando mi clítoris hinchado. Estaba empapada, el olor a mi propia excitación llenaba el aire. —Estás chorreando, nena —gruñó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto que me hace ver estrellas. Me arqueé, caderas moviéndose solas, persiguiendo el placer. El sonido húmedo de su mano en mí era obsceno, delicioso.
Lo empujé al piso, montándome encima. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la dureza de acero envuelta en terciopelo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Javier jadeaba, manos en mi pelo. —¡Ay, cabrona, qué chido!
Lo chupé profundo, garganta relajada, hasta que tosió de gusto. Pero quería más. Me subí encima, frotando mi coño mojado contra su pija. —Dime que me quieres —le pedí, voz temblorosa.
—Te quiero, Ana. Neta, te quiero con todo.
Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome hasta el límite. ¡Madre mía, qué grande! Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce en mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis gemidos mezclados con sus gruñidos. Sudor nos pegaba, resbaloso, salado en la lengua cuando lo besé.
La tensión subía como volcán. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, sus embestidas fuertes, brutales. Me clavaba los ojos, como jurando con la mirada. Siento su pulso acelerado contra mi pecho, su aliento caliente en mi cara, el olor a sexo puro. Mis piernas lo envolvieron, talones en su espalda, urgiéndolo más adentro.
Inner struggle: ¿Es amor o pura pasión? ¿Me atrevo a creerle? Pero el cuerpo no miente. Mi clítoris rozaba su pubis con cada thrust, enviando ondas de placer. —Más rápido, Javier, ¡chingame duro! —grité, y él obedeció, como animal en celo.
El clímax se acercaba, mis músculos se contraían, un nudo en el vientre listo para explotar. Él lo sintió, aceleró, su verga hinchándose más. —Vente conmigo, mi reina.
Y explotamos. Mi orgasmo me partió en dos, olas y olas de éxtasis puro, coño apretándolo como vicio, jugos chorreando. Él rugió, llenándome con chorros calientes, profundo, marcándome. Nos quedamos temblando, unidos, pulsos latiendo al unísono.
El final fue puro afterglow. Nos acurrucamos en la cama king size, sábanas revueltas oliendo a nosotros. Javier me acariciaba el pelo, besos suaves en la frente. —Esto no fue un rato, Ana. Quiero más. Todos los días.
Yo sonreí, corazón latiendo fuerte pero en paz.
Juraré que es amor, juraré que es pasión. Y esta vez, lo creo de verdad.
La mañana llegó con sol filtrándose por las cortinas, café humeante y planes para el futuro. En la CDMX, donde todo es caótico, encontramos nuestro ritmo. Y neta, valió la pena cada segundo de esa noche loca.