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Pasión de Gavilanes Capítulo 24 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 24 Fuego en la Sangre

Ana se recostó en el sofá de la sala, con las luces bajas y el aroma del café recién hecho flotando en el aire. Era una noche calurosa en su casa de Guadalajara, el ventilador zumbando perezosamente sobre sus cabezas. Luis, su novio de ojos oscuros y sonrisa pícara, se acomodó a su lado, pasando un brazo por sus hombros. Habían planeado esta velada romántica: pizza casera con extra de queso y una maratón de Pasión de Gavilanes. "Órale, mi reina, ya empieza el capítulo 24", murmuró él, con esa voz grave que siempre le erizaba la piel.

Ana sonrió, acurrucándose contra su pecho firme. El calor de su cuerpo la envolvía como una manta suave, y el olor a su loción de sándalo se mezclaba con el suyo propio, un perfume floral que él adoraba. En la pantalla, la tensión entre los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo explotaba en besos apasionados y miradas cargadas de deseo. "Mira nomás, neta que estos gavilanes saben lo que es la pasión", dijo Ana, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Sus dedos jugaban distraídamente con el borde de la playera de Luis, rozando la piel cálida de su abdomen.

Luis giró la cabeza, sus labios rozando su oreja. "¿Y tú, qué? ¿Sientes esa Pasión de Gavilanes capítulo 24 aquí adentro?", susurró, mientras su mano bajaba lentamente por su espalda, deteniéndose en la curva de su cadera. Ana contuvo la respiración. El sonido de la telenovela —gritos apasionados, música dramática— se fundía con el latido acelerado de su corazón. Ella volteó, sus ojos encontrándose en una mirada que prometía tormentas. "Tal vez, wey", respondió juguetona, mordiéndose el labio inferior.

El beso empezó suave, como un roce de alas de mariposa. Los labios de Luis eran cálidos, sabían a pizza picante y a cerveza fría. Ana suspiró contra su boca, abriéndose a él, sus lenguas danzando con lentitud deliberada. El mundo se redujo a ese sofá, al zumbido del ventilador y al calor que subía por sus venas. Sus manos exploraban: las de ella subiendo por su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo la tela; las de él deslizándose bajo su blusa, acariciando la piel suave de su vientre. "Qué chido se siente esto", pensó Ana, mientras un gemido escapaba de su garganta.

La escena en la tele se ponía intensa: Óscar besando a Jimena con furia contenida, sus cuerpos pegados en un baile de deseo prohibido. Ana sintió un eco en su propio cuerpo, un pulso ardiente entre sus piernas. Luis lo notó, porque su mano subió más, rozando el borde de su brasier. "Mi amor, estás ardiendo", gruñó él, separándose apenas para mirarla. Sus ojos brillaban con hambre, pupilas dilatadas como noches sin estrellas. Ana asintió, el aliento entrecortado. "Sí, pendejo, por tu culpa", bromeó, tirando de su playera para quitársela de un jalón.

La piel de Luis relucía bajo la luz parpadeante de la pantalla, pectorales definidos por horas en el gimnasio, vello oscuro que invitaba a ser tocado. Ana trazó con las uñas un camino desde su cuello hasta su ombligo, sintiendo cómo se le ponía la piel de gallina. Él respondió desabotonando su blusa con dedos temblorosos de anticipación, exponiendo sus senos plenos, coronados por pezones endurecidos. El aire fresco los rozó, enviando chispas de placer directo a su centro. Luis se inclinó, lamiendo uno con la lengua plana, succionando suavemente mientras ella arqueaba la espalda.

"¡Ay, cabrón! No pares..."
pensó Ana, enterrando las manos en su cabello negro y revuelto. El sabor salado de su piel, el roce áspero de su barba incipiente contra sus pechos sensibles, todo era un torbellino sensorial. Abajo, sus caderas se movían instintivamente, frotándose contra el bulto creciente en los jeans de él. Luis gimió, un sonido gutural que vibró en su pecho, y su mano descendió al botón de su short. Despacio, como saboreando cada segundo, lo abrió y metió los dedos dentro, encontrando la humedad que lo esperaba.

Ana jadeó, el placer la atravesó como un rayo. Sus dedos eran expertos, círculos lentos sobre su clítoris hinchado, luego deslizándose adentro con facilidad. "Estás empapada, reina", murmuró él contra su piel, inhalando su aroma almizclado de excitación. Ella lo empujó hacia atrás, queriendo más control. Se puso a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su erección presionando contra ella a través de la tela. La telenovela seguía de fondo, pero ya nadie prestaba atención; Pasión de Gavilanes capítulo 24 había encendido su propia llama.

Con manos ansiosas, Ana desabrochó sus jeans, liberando su miembro palpitante. Era grueso, venoso, la punta brillando con presemen. Lo tomó en la mano, sintiendo el calor y el pulso rápido bajo la piel aterciopelada. Luis siseó entre dientes, caderas alzándose. "Qué rico, Ana..." Ella sonrió maliciosa, bajando la cabeza para lamerlo desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce. Su lengua giró alrededor del glande, succionando con fuerza mientras él gruñía, manos apretando los cojines.

Pero el deseo era demasiado. Ana se levantó, quitándose el short y las panties de un movimiento fluido, exponiendo su sexo depilado, labios hinchados y relucientes. Se posicionó sobre él, rozando la entrada con su punta. "Te quiero dentro, ya", exigió, y descendió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido mezclándose con la música dramática de la tele. Ana empezó a moverse, subiendo y bajando, sus senos rebotando con cada embestida.

Luis la sujetó por las caderas, guiándola, profundizando el ritmo. El slap de piel contra piel, el squelch húmedo de sus uniones, el olor a sexo impregnando el aire —todo era abrumador. Ella clavó las uñas en su pecho, dejando marcas rojas, mientras él lamía el sudor de su cuello. "Neta que eres la mejor, mi vida", jadeó él, sentándose para capturar un pezón entre dientes. Ana aceleró, el placer acumulándose como una ola, su clítoris frotándose contra el vello púbico de él.

El clímax la golpeó primero, un estallido de estrellas detrás de sus párpados cerrados. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo, mientras gritaba su nombre. "¡Luis! ¡Sí, así!" El cuerpo le temblaba, jugos calientes resbalando por sus muslos. Él la siguió segundos después, embistiendo con furia, llenándola con chorros calientes que prolongaron su éxtasis. Se derrumbaron juntos, sudorosos y jadeantes, cuerpos entrelazados en el sofá revuelto.

Minutos después, con la tele ya en comerciales, Ana levantó la cabeza de su pecho, besando su mandíbula. El corazón de Luis latía fuerte bajo su oreja, un tambor de satisfacción. "Qué pedo con ese capítulo 24, ¿no?", rió ella bajito. Él la apretó más, inhalando su cabello. "Fue el mejor catalizador, mi amor. Pero tú eres mi pasión de gavilanes personal". Se quedaron así, en afterglow tibio, pieles pegajosas y almas en paz, sabiendo que noches como esta eran las que tejían sus vidas con hilos de fuego eterno.

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