El Señor de los Cielos Escenas de Pasion
Me llamo Valeria, y desde que pisé el aeropuerto de Cancún por primera vez como azafata de lujo, supe que mi vida iba a cambiar. El aire salado del mar Caribe se mezclaba con el aroma a jet fuel y pieles bronceadas, y yo, con mi uniforme ceñido que realzaba mis curvas, me sentía como una reina en su propio reino. Pero nada me preparó para él. El Señor de los Cielos, lo llamaban. Alejandro Vargas, el magnate de los vuelos privados, dueño de una flota de aviones que surcaban los cielos como dioses intocables. No era narco ni nada de eso, qué va; era un empresario chido que había construido un imperio con turismo aéreo de lujo, volando a la gente rica a paraísos exclusivos. Su apodo venía de cómo pilotaba sus jets, como si mandara en las nubes.
Lo vi por primera vez en la sala VIP. Estaba ahí, alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que te desnudaban con una sola mirada. Vestía una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho tatuado con un águila extendiendo alas, y pantalones que marcaban lo que traía debajo. El olor de su colonia, algo amaderado y picante, flotaba en el aire como una promesa. Me acerqué con una copa de champagne, sintiendo cómo mi corazón latía más fuerte, como un tambor en fiesta.
Órale, Valeria, no seas pendeja. Es tu jefe indirecto, no te lances como desesperada, me dije, pero mis pezones ya se endurecían bajo la blusa.
—Señor Vargas, le dije con voz suave, entregándole la copa. Él levantó la vista, y su sonrisa fue como un rayo de sol filtrándose por las nubes.
—Llámame Alejandro, mamacita. Y tú eres... ¿la nueva diosa de este aeropuerto?
Su voz grave me erizó la piel. Charlamos un rato, de trivialidades: el clima perfecto para volar, las playas de Tulum, cómo el cielo de México era el más azul del mundo. Pero debajo de las palabras, había fuego. Sus ojos recorrían mi cuerpo sin disimulo, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos. Cuando me invitó a un vuelo privado esa misma noche, "solo para ver las estrellas desde arriba", no pude decir que no. Era deseo puro, mutuo, como un imán jalándonos.
En el jet, el interior era puro lujo: asientos de cuero rojo que olían a nuevo, luces tenues que pintaban todo de dorado, y un champagne helado esperándonos. Despegamos suave, el rugido de los motores vibrando en mi cuerpo como una caricia profunda. Alejandro se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, y el aire se cargó de electricidad.
Acto uno cerrado, la tensión ya ardía. Ahora, el cielo era nuestro.
Arriba, a diez mil pies, el mundo se veía chiquito, insignificante. Él puso música, un corrido romántico con guitarra suave, y me sirvió otra copa. Sus dedos rozaron los míos al pasármela, y sentí un chispazo que me mojó entre las piernas. Qué rico huele, como tierra mojada después de la lluvia, pensé, inhalando su esencia mientras se acercaba.
—Valeria, desde que te vi, no dejo de imaginarte así, volando conmigo —murmuró, su aliento cálido en mi cuello.
Me giré, y nuestros labios se encontraron. Fue un beso lento al principio, explorando, saboreando el champagne en su lengua. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el uniforme con maestría. La blusa cayó, revelando mis senos libres, y él gimió bajito, un sonido ronco que me vibró en el pecho.
¡Ay, cabrón, qué boca la suya! Me lame el cuello como si fuera miel.
Lo empujé suave al sofá, montándome encima. Sentí su verga dura presionando contra mi falda, gruesa y lista. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, mordisqueando el tatuaje del águila. Él jadeaba, manos en mis nalgas, amasándolas con fuerza. —Estás rica, güey, como un tamal bien relleno, dijo riendo, y yo reí con él, empoderada, dueña del momento.
La tensión crecía con cada roce. Bajé su zipper, liberando esa pinga monumental, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado como el mío. Él me quitó la falda y las tangas, exponiendo mi panocha húmeda, hinchada de ganas. Sus dedos jugaron ahí, círculos lentos en mi clítoris, metiéndose despacio, probando mi jugo dulce. Gemí fuerte, el sonido perdido en el zumbido del avión. Olía a sexo, a sudor mezclado con perfume, y el sabor de su piel en mi boca era adictivo.
Pero no era solo físico; en su mirada había algo más. —Eres mi señor de los cielos esta noche, le susurré, y él sonrió, volteándome para ponerme de rodillas en el sofá. Su lengua en mi chochito fue fuego puro: lamidas largas, chupando mis labios, metiendo la punta adentro mientras sus dedos me abrían. Me corrí la primera vez ahí, temblando, gritando su nombre, el orgasmo como un rayo cruzando el cielo estrellado que veíamos por la ventanilla.
Él se levantó, posición de perrito natural. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente, estirándome toda! Empujaba rítmico, sus bolas golpeando mi clítoris, manos en mis caderas. Sudábamos, piel resbalosa, el cuero del sofá crujiendo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, senos rebotando, sus manos pellizcando mis pezones. Él gruñía, ¡Sí, mija, muévete así, qué rica verga te comes!. La intensidad subía, mis paredes apretándolo, su punta rozando ese punto que me volvía loca.
Acto dos en pico, el clímax acechaba.
Volamos más alto, metafórica y literal, cuando me puso contra la ventanilla. El vidrio frío en mis tetas, su cuerpo caliente atrás, embistiéndome fuerte. El cielo negro salpicado de estrellas testigo de nuestra pasión. Olía a nubes, a libertad, a escenas de pasion dignas de una novela. Sentía cada vena de su verga, cada contracción mía ordeñándolo. —¡Me vengo, Alejandro! —grité, y él aceleró, salpicando dentro de mí caliente, profundo, nuestro grito unido en éxtasis.
Colapsamos en el sofá, jadeantes, cuerpos entrelazados. Su semen chorreaba lento por mis muslos, cálido recordatorio. Me besó la frente, suave ahora, mientras el jet descendía suave hacia la pista iluminada. —Fue chido, ¿verdad? Como volar sin alas, dijo, y yo asentí, corazón lleno.
El Señor de los Cielos no solo manda en el aire; manda en mi alma ahora.
En la afterglow, tomamos el champagne restante, riendo de tonterías. No hubo promesas locas, solo esa conexión pura, empoderadora. Bajamos del avión al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa, mi cuerpo dolorido pero satisfecho. Caminamos juntos por la pista, su mano en mi cintura, sabiendo que el señor de los cielos escenas de pasion como estas se repetirían. Porque en México, el deseo vuela alto, y nosotros éramos prueba viva.