Pasion Prohibida Capitulo 49
La noche en la hacienda de mi familia estaba cargada de ese aire espeso del verano mexicano, con el olor a jazmín y tierra húmeda flotando por todos lados. Las luces de las guirnaldas parpadeaban sobre el patio, y el mariachi tocaba rancheras que hacían vibrar el pecho de todos. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo, no podía quitarle los ojos de encima a él. Javier. Ese wey que era el hijo del enemigo eterno de mi papá, el dueño de la finca vecina con la que llevábamos años peleando por el agua del río.
Desde el capítulo uno de esta pasión prohibida, cuando nos topamos en la feria del pueblo hace casi un año, su mirada me había atrapado como un lazo. Ahora, en este capítulo 49, el deseo ardía más fuerte que nunca. Él estaba al otro lado del patio, con su camisa blanca arremangada dejando ver esos antebrazos fuertes, bronceados por el sol de Jalisco. Nuestras familias se odiaban, pero nuestros cuerpos no sabían de rencores. Solo de hambre.
¿Cuánto más voy a aguantar sin tocarlo? Mi piel pica, mi chochito palpita solo de verlo. Neta, Ana, contrólate, o vas a armar un pedo aquí mismo.
Me acerqué a la mesa de los tequilas, fingiendo servirme un trago. El cristal frío en mi mano no calmaba el calor que subía por mi cuello. De repente, su voz ronca me erizó la nuca.
—Mamacita, ¿ya te vas a emborrachar sola? —dijo Javier, tan cerca que sentí su aliento con olor a tequila y menta.
Lo miré de reojo, mi pulso acelerado como tamborazo. —Pendejo, ¿qué haces aquí? Si mi papá te ve, te corre a patadas.
Él sonrió, esa sonrisa chueca que me deshacía. —Por ti me como el mundo, corazón. Ven, necesito hablar contigo. Ahora.
Acto uno: la chispa. Nos escabullimos por el jardín lateral, donde los buganvilles trepaban las paredes como testigos mudos. El crujido de la grava bajo nuestros pies era el único sonido, aparte de nuestras respiraciones agitadas. La luna llena iluminaba su rostro, haciendo que sus ojos cafés brillaran con promesas sucias.
—Han sido 48 capítulos de pura locura —murmuró, acorralándome contra un muro de adobe—. Robándonos besos en el mercado, follando en su camioneta detrás del cerro. Pero esta noche, mi reina, no aguanto más.
Sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando el vestido. Sentí el roce áspero de sus callos contra mi piel suave, enviando chispas directas a mi centro. Olía a hombre de campo: sudor limpio, tierra y ese aroma masculino que me volvía loca. Mi boca se secó, pero mi panocha se mojó al instante.
—Javier, neta que estamos locos —jadeé, pero mis caderas se arqueaban hacia él, pidiendo más—. Si nos cachan...
—Que nos cachen. Que se mueran de envidia viéndonos así de vivos.
Acto dos: la escalada. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, con sabor a tequila añejo y deseo crudo. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su espalda a través de la camisa. Él me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto. El muro raspaba mi espalda, pero el dolor se mezclaba con placer, haciendo todo más intenso.
Su verga presiona contra mí, dura como piedra. Dios, cómo la quiero dentro, llenándome hasta reventar. Soy suya, aunque el mundo se oponga.
Javier bajó la boca a mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi piel. —Estás tan rica, Ana. Tu olor me enloquece, a mujer en celo, a jazmín y miel.
Desabroché su pantalón con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, sintiendo su calor y el pulso frenético. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho. —Chúpamela, mi vida. Quiero tu boca.
Me arrodillé en la grava, sin importarme las rodillas. El suelo olía a tierra mojada por el rocío. Lamí la punta, saboreando la gota salada de su pre-semen. Luego lo engullí, chupando con hambre, mi lengua girando alrededor del glande. Javier enredó sus dedos en mi pelo, gimiendo bajito para no alertar a nadie.
—¡Qué chido te sale, pinche diosa! —jadeó, embistiéndome la boca con cuidado.
Pero no era suficiente. Lo puse de pie y me quité las calzones empapadas, tirándolas al suelo. —Fóllame ya, Javier. Hazme tuya en este capítulo 49 de nuestra pasión prohibida.
Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité ahogado contra su hombro, sintiendo cada centímetro estirándome, quemándome de placer. Sus caderas chocaban contra las mías con ritmo salvaje, el sonido húmedo de piel contra piel mezclándose con los grillos y el eco lejano del mariachi. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.
Él me mordía el lóbulo de la oreja, susurrando guarradas: —Tu concha me aprieta como guante, mija. Eres mi vicio, mi pecado favorito.
Mis tetas rebotaban con cada estocada, y él las amasó, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. El orgasmo crecía como ola, tensando mis músculos, mi clítoris frotándose contra su pubis. —¡Más duro, cabrón! ¡No pares!
La tensión psicológica nos azotaba tanto como el físico. Pensaba en mi papá a metros de distancia, en las familias odiándose, pero eso solo avivaba el fuego. Éramos fuego prohibido, y ardíamos sin control.
Acto tres: la liberación. Mi clímax explotó primero, un estallido de estrellas detrás de mis ojos cerrados. Mi chochito se convulsionó alrededor de su verga, ordeñándolo. Grité su nombre, mordiendo su hombro para no delatarme. Javier me siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándome con chorros calientes que se desbordaron por mis muslos.
Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón latiéndonos como tambores gemelos. Su peso sobre mí era delicioso, protector. Besó mi frente, mi nariz, mis labios hinchados.
—Eres lo mejor de mi vida, Ana. Aunque sea prohibida, esta pasión es nuestra eternidad.
Me bajó con gentileza, acomodándome el vestido. El aire fresco secaba nuestro sudor, trayendo de nuevo el olor a jazmín. Recogí mis calzones, guardándolos en su bolsillo como trofeo.
Capítulo 49 cerrado con broche de oro. ¿Qué vendrá en el 50? Más de él, siempre más.
Regresamos al patio por separado, sonrisas cómplices. Nadie notó nada, pero en mi piel quedaba su marca: el leve dolor placentero entre las piernas, el sabor de su beso en mi lengua, el eco de sus gemidos en mis oídos. Esta pasión prohibida no tenía fin; solo más capítulos de puro fuego mexicano.