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Cañaveral de Pasiones Final

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Cañaveral de Pasiones Final

El sol se ponía como una bola de fuego sobre el horizonte veracruzano, tiñendo de naranja y rojo las altas cañas que se mecían con la brisa cálida. Yo, Lupita, caminaba entre los surcos del cañaveral de pasiones final, ese pedazo olvidado del ingenio donde nadie se metía ya, pero que para mí era el paraíso prohibido. El aire olía a tierra húmeda, a savia dulce y a ese toque salado del sudor que ya empezaba a perlar mi piel morena. Llevaba mi huipil ligero, el que se pegaba al cuerpo con el calor, y debajo nada más, porque sabía que él estaría esperándome.

¿Por qué carajos vengo otra vez, Lupita? Mañana se va pa'l norte, el pendejo ese. Pero neta, mi cuerpo no me hace caso. Cada vez que pienso en sus manos callosas, se me eriza la piel.

Lo vi de lejos, recostado contra un tallo grueso, su camisa blanca abierta hasta el ombligo, mostrando ese pecho ancho y bronceado de tanto jalar machete. Javier, mi chulo secreto, el capataz que volvía locas a todas en el pueblo, pero que solo me buscaba a mí en este rincón del mundo. Sus ojos negros me clavaron cuando me acerqué, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara.

Órale, mamacita, ven pa'cá —me dijo con esa voz ronca que me hacía temblar las rodillas—. Pensé que no vendrías al cañaveral de pasiones final.

Me eché en sus brazos sin decir ni madres, sintiendo su calor envolviéndome como un cobertor vivo. Sus labios capturaron los míos, ásperos y urgentes, saboreando a tabaco y a caña masticada. El beso fue como un incendio: lenguas enredadas, dientes rozando, mi saliva mezclándose con la suya en un baile húmedo y caliente. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza, y yo gemí bajito contra su boca, oliendo su aroma macho, ese que me ponía la piel de gallina.

Nos separamos un segundo, jadeando. El viento susurraba entre las cañas, como si el cañaveral mismo aplaudiera nuestro reencuentro. Javier me miró fijo, sus dedos enredados en mi pelo negro.

—Esta es la última vez, ¿verdad? Mañana me voy a Estados Unidos, Lupita. No seas terca, vente conmigo.

—No seas menso, Javier. Aquí está mi vida, mi familia, el ingenio. Tú sabes que no puedo. Pero hagamos que este cañaveral de pasiones final sea inolvidable, ¿sale?

Él asintió, y sus ojos brillaron con esa mezcla de deseo y tristeza que me partía el alma. Me levantó el huipil de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco del atardecer. Sus labios bajaron a morder un pezón, chupándolo con hambre, mientras su lengua lo lamía en círculos lentos. Sentí un cosquilleo eléctrico bajando por mi vientre, hasta que mi chucha se mojó como río en temporada de lluvias. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de las cañas crujiendo a nuestro alrededor como un coro salvaje.

¡Ay, Diosito! Sus dientes me van a volver loca. Cada lamida es como fuego líquido en mis venas. No pares, wey, no pares nunca.

Lo empujé contra el suelo terroso, cubierto de hojas secas que crujían bajo su peso. Me subí encima, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura como machete afilado, gruesa y venosa, apuntando al cielo. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma sudorosa, y la apreté suave, oyendo su gruñido gutural que retumbó en mi pecho.

Qué rica estás, Lupita. Mírate, toda mojada por mí —murmuró, mientras sus dedos se colaban entre mis piernas, abriendo mis labios hinchados.

Sus dedos entraron en mí, dos de golpe, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El jugo chorreaba por sus nudillos, oliendo a mujer en celo, dulce y almizclado. Me moví contra su mano, cabalgando sus dedos mientras lamía la punta de su verga, saboreando el precum salado que brotaba como néctar. Él jadeaba, sus caderas subiendo para follar mi boca, pero yo controlaba el ritmo, chupando despacio, torturándolo con mi lengua plana contra el tronco.

El sol ya se había escondido, dejando el cañaveral en penumbras púrpuras, solo iluminado por la luna creciente que filtraba rayos plateados entre las cañas. El aire se enfrió un poco, pero nuestros cuerpos ardían. Javier me volteó de un movimiento fluido, poniéndome de rodillas en la tierra suave. Sentí su verga rozando mi entrada, caliente y resbalosa, y empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo.

¡Ay, cabrón! —grité, el placer doliendo rico, estirándome alrededor de su grosor—. Más fuerte, métemela toda.

Él obedeció, embistiéndome con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sonido era obsceno: carne contra carne, chapoteos húmedos, nuestros gemidos mezclándose con el susurro del viento. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con la dulzura de la caña. Sus manos agarraban mis caderas, dejando marcas rojas que dolían delicioso, mientras yo me empujaba hacia atrás, queriendo más, siempre más.

Esto es el cielo, neta. Su verga me parte en dos, pero qué chingón se siente. Cada empujón me acerca al borde. No quiero que acabe, pero ya siento la ola creciendo en mi barriga.

Cambié de posición, montándolo ahora yo, con las cañas testigos de nuestro frenesí. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras, mientras yo rebotaba sobre él, sintiendo cómo su verga tocaba mi cervix con cada bajada. El roce en mi clítoris contra su pubis era eléctrico, y pronto el orgasmo me golpeó como tormenta: mi cuerpo se convulsionó, chorreando jugos calientes sobre su vientre, gritando su nombre al viento. Él no se vino aún, aguantando como macho veracruzano, volteándome para follarme de lado, una pierna mía sobre su hombro.

—Te voy a llenar, Lupita. Esta es nuestra noche —jadeó, acelerando, su sudor goteando en mi piel.

Sentí sus embestidas volviéndose erráticas, su verga hinchándose dentro de mí. Con un rugido animal, se corrió, chorros calientes bañando mis paredes, mezclándose con mis jugos en un desastre delicioso. Colapsamos juntos, enredados en el suelo, respirando agitados mientras el cañaveral nos arrullaba con su melodía nocturna: grillos cantando, hojas rozando, el eco lejano de un coyote.

Nos quedamos así un rato, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo revuelto. El aire olía ahora a sexo satisfecho, a tierra removida y a promesas rotas.

—Te voy a extrañar, mi reina —susurró Javier, besando mi piel salada.

—Yo también, pero vive tu sueño, wey. Y recuerda este cañaveral de pasiones final. Siempre será nuestro.

Nos vestimos despacio, robándonos besos robados, caricias finales. Caminamos juntos hasta la orilla del campo, donde la luna iluminaba el camino de regreso al pueblo. Mi corazón dolía, pero mi cuerpo cantaba de placer pleno, empoderado por haber tomado lo que quería en esa última noche. Mañana él se iría, pero yo llevaría su esencia grabada en la piel, en el alma, lista para lo que viniera.

El cañaveral se quedó atrás, mecida por la brisa, guardando nuestros secretos en sus tallos eternos.

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