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Aléjate de las Pasiones Juveniles

6485 palabras

Aléjate de las Pasiones Juveniles

El sol de la Riviera Maya te abrasa la piel mientras caminas por la arena blanca de Playa del Carmen. El aire huele a sal y coco, mezclado con el aroma dulce de los cuerpos untados en bloqueador. Tienes treinta y ocho años, un divorcio fresco en la mochila y ganas de desconectar. Tus amigas, sentadas en las sillas de playa del resort, te miran con picardía cuando tus ojos se clavan en él. Un chamaco de unos veintiocho, moreno, con músculos tallados por el gym y el mar, sale del agua sacudiendo el cabello negro como olas revueltas.

Qué chulo, güey, piensas, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Tu amiga Lupita, con su margarita en la mano, te da un codazo. "Aléjate de las pasiones juveniles, carnala. Esos morros te traen el desmadre y te dejan con el corazón hecho mierda." Ríes, pero el consejo se te queda dando vueltas en la cabeza como el rumor de las olas rompiendo en la orilla.

Él se acerca, con una sonrisa que ilumina más que el atardecer. Se llama Diego, un tatuador de Cancún que vive por las noches y el arte en la piel. Charlan de todo: del picante de los tacos al pastor, de cómo el mar te hace sentir viva. Su voz grave, con ese acento yucateco juguetón, te eriza la nuca. Sientes el calor de su mirada recorriendo tu bikini rojo, deteniéndose en el valle de tus senos generosos, en las curvas de tus caderas que aún pelean contra los años.

Tú no eres de las que se rinden fácil, pero este güey... este güey te despierta algo dormido, algo salvaje que creías extinguido.

La tarde se deshace en noche. La fiesta en la playa enciende fogatas y ritmos de cumbia rebajada que retumban en tu pecho. Bailan pegados, su torso duro contra tu espalda suave. El sudor se mezcla, salado en tu lengua cuando lames tus labios resecos. Sus manos grandes se posan en tu cintura, bajando apenas hasta rozar el borde de tu short. Chispas, sientes el pulso acelerado, el calor subiendo desde tu vientre como tequila puro.

"¿Quieres caminar un rato?" te susurra al oído, su aliento cálido oliendo a ron y menta. Asientes, el corazón latiéndote en la garganta. La playa está casi desierta, solo el susurro del viento y el lejano eco de la música. Se detienen bajo las palmeras, y él te gira suave, pero firme. Sus labios capturan los tuyos en un beso que sabe a urgencia. Lenguas que danzan, húmedas y hambrientas, explorando sabores prohibidos. Tus manos suben por su pecho, sintiendo los latidos desbocados bajo la piel tersa.

El consejo de Lupita resuena en tu mente: aléjate de las pasiones juveniles. Pero ¿cómo, si su boca te devora el cuello, mordisqueando justo donde late tu pulso? Gimes bajito, un sonido gutural que te sorprende. Sus dedos se cuelan bajo tu blusa, rozando pezones que se endurecen al instante como piedras preciosas. "Estás rica, mami. Me tienes loco."

La tensión crece como marea alta. Caminan a tu suite en el resort, un nido de lujo con vista al mar Caribe. La puerta se cierra con un clic que suena a promesa. Adentro, el aire acondicionado besa tu piel caliente, contrastando con el fuego que Diego enciende. Se quita la camisa, revelando tatuajes que cuentan historias en tinta negra: olas, calaveras sonrientes, una sirena con ojos como los tuyos.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente ser joven otra vez, ser deseada así, sin filtros ni promesas rotas.

Te empuja suave contra la cama king size, sus rodillas separando las tuyas. Besos bajan por tu clavícula, lamiendo el sudor salado de tu escote. Tus tetas libres al fin, él las masajea con manos expertas, chupando un pezón mientras pellizca el otro. ¡Ay, cabrón! arqueas la espalda, el placer punzante viajando directo a tu chochita, que ya palpita empapada. Hueles tu propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su colonia varonil.

Sus dedos bajan juguetones, desatando el nudo de tu bikini inferior. "Mírate, toda mojada por mí." Introduce dos dedos en tu calor resbaladizo, curvándolos para rozar ese punto que te hace jadear. Ritmo lento al principio, luego rápido, como pistones. Tus caderas se mueven solas, buscando más, el sonido húmedo de tu panocha llenando la habitación junto a tus gemidos roncos. Tan profundo, tan lleno...

Quieres corresponder. Lo volteas, gateas sobre él, liberando su verga gruesa y venosa que salta dura como hierro. La tocas, sientes su calor pulsante en tu palma, el glande brillando con pre-semen. "Chúpamela, reina." Obedeces con ganas, lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando su gusto salado y masculino. Lo tragas profundo, garganta relajada por la lujuria, mientras él gime "¡Qué chida boca tienes, pinche diosa!" Tus jugos corren por muslos, el clítoris hinchado rogando atención.

La intensidad sube. Te subes encima, guiando su polla a tu entrada. Lentamente, centímetro a centímetro, te llena hasta el fondo. ¡Madre mía, qué estirada! Empiezas a cabalgar, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él te agarra el culazo, azotándolo suave, el sonido carnoso mezclándose con el chapoteo de vuestros sexos unidos. Sudor perla vuestros cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Aceleras, el placer cojeando en espiral, tu vientre contrayéndose.

"¡Córrete conmigo, nena!" grita, embistiéndote desde abajo con fuerza animal. El orgasmo te arrasa como tsunami: olas de éxtasis puro, paredes internas ordeñando su verga, gritos ahogados en su boca. Él explota segundos después, chorros calientes inundándote, marca de posesión mutua. Colapsan juntos, jadeos entrecortados, piel pegajosa y temblorosa.

En el afterglow, acurrucados bajo sábanas revueltas, escuchas las olas lejanas. Su mano acaricia tu cabello, un beso perezoso en la frente. Aléjate de las pasiones juveniles, recuerdas la advertencia, pero sonríes en la penumbra. ¿Para qué? Estas pasiones te han devuelto el fuego, el sabor a vida plena. Diego duerme, su respiración rítmica como el mar, y tú, satisfecha hasta los huesos, cierras los ojos sabiendo que mañana buscarás más.

El amanecer pinta el cielo de rosa, y en tu mente solo queda gratitud. Las pasiones juveniles no son para alejarlas; son para abrazarlas con todo el cuerpo, hasta que duelan de placer.

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