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Tierra de Pasiones las Novelas Sensuales de Gabriela Spanic

6329 palabras

Tierra de Pasiones las Novelas Sensuales de Gabriela Spanic

En el corazón de Polanco, donde las luces de la ciudad parpadean como estrellas coquetas, Ana se recargaba en el sofá de su departamento chido, con el control remoto en la mano. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el perfume dulce de las gardenias que adornaban la mesa. Las novelas de Gabriela Spanic, Tierra de Pasiones, siempre me prenden el fuego adentro, pensó mientras encendía la tele. Esa noche, su chamaquito Diego iba a llegar, y no podía esperar a compartir esa pasión con él.

La pantalla cobró vida con los ojos ardientes de Gabriela Spanic, esa mujer que parecía salida de un sueño húmedo. Ana suspiró, sintiendo un cosquilleo en el estómago. El sonido de la puerta la sacó de su trance. ¡Órale, ya está aquí!

—Neta, mi reina, hueles a tentación —dijo Diego al entrar, con su sonrisa pícara y los ojos clavados en el escote de su blusa ajustada. La abrazó por la cintura, su aliento cálido rozándole el cuello, oliendo a menta y a hombre fresco después de la regadera.

Ana se giró, presionando su cuerpo contra el de él. Su calor me derrite, wey. —Ven, siéntate. Vamos a ver un capítulo de las novelas de Gabriela Spanic, Tierra de Pasiones. Te va a poner como moto.

Diego rio bajito, ese sonido grave que le erizaba la piel. Se acomodaron juntos, sus muslos tocándose, el roce de sus jeans contra la falda corta de ella enviando chispas. En la tele, la protagonista gemía en un beso robado bajo la luna, las manos del galán explorando curvas con hambre. Ana sintió su pulso acelerarse, el calor subiendo por sus piernas.

—Mira cómo la toca, Ana. Igualito como yo quiero hacerte —murmuró Diego, su mano grande deslizándose por su muslo, dedos ásperos de tanto trabajo en la constructora, pero suaves en su piel suave.

Ella mordió su labio, el sabor salado de la anticipación en la boca.

¡Ay, Diosito, ya me mojo nomás de pensarlo!
—Hazlo, pendejo. No seas menso.

La escena en la novela escalaba: besos fieros, ropa cayendo al piso como promesas rotas. Diego apagó la tele con un clic, el silencio repentino roto solo por sus respiraciones jadeantes. La besó entonces, labios carnosos devorando los suyos, lengua danzando con sabor a tequila de la cantina de la esquina. Ana gimió contra su boca, manos enredándose en su cabello negro revuelto.

Se levantaron como imanes, tropezando hacia la recámara. El pasillo olía a velas de vainilla que Ana había encendido antes. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, Diego la tumbó con gentileza, ojos brillando de deseo puro.

—Estás bien rica, mi amor. Déjame probarte —susurró, besando su cuello, bajando por el valle de sus senos. Ana arqueó la espalda, el roce de sus dientes en la clavícula enviando ondas de placer. Se quitó la blusa, liberando pechos firmes que él lamió con devoción, el sonido húmedo de su lengua haciendo eco en la habitación.

Su boca es fuego, me quema delicioso. —Más, Diego, chúpame las tetas como si fueras el galán de la novela.

Él obedeció, succionando un pezón endurecido, la otra mano bajando la cremallera de su falda. El aire fresco besó su piel desnuda, pero el calor de Diego lo compensaba todo. Sus dedos encontraron su tanga empapada, rozando el calor húmedo de su panocha. Ana jadeó, caderas moviéndose solas.

—Estás chorreando, nena. ¿Tanto te prendió la novela? —preguntó con voz ronca, metiendo un dedo despacio, curvándolo justo donde dolía de gusto.

—Sí, wey, neta. Pero tú me vuelves loca de verdad —confesó ella, manos bajando sus bóxers, liberando su verga dura, palpitante, oliendo a macho listo. La tocó, piel sedosa sobre acero, el pulso latiendo en su palma.

Se pusieron de rodillas en la cama, besándose fieros mientras se exploraban. Diego la volteó, besando su espalda, bajando hasta sus nalgas redondas. Sus manos amasaron la carne, lengua trazando la curva de su espinazo. Ana temblaba, el olor de su propia excitación mezclándose con el sudor salado de él.

—Quiero comerte entera —gruñó, separando sus piernas. Su boca aterrizó en su clítoris, lamiendo con hambre, chupando el botón hinchado. Ana gritó, dedos clavándose en las sábanas, el placer como olas rompiendo en su vientre. ¡Qué chingón, su lengua es mágica! Saboreó su propia esencia en sus labios cuando la besó después, salada y dulce.

El deseo escalaba, tensión enredada como sábanas. Ana lo empujó a la cama, montándolo a horcajadas. Su verga rozó su entrada húmeda, untándola de jugos. —Te quiero dentro, ya, cabrón —exigió, bajando despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola viva.

Diego gimió, manos en sus caderas guiándola. —¡Ay, qué apretada, mi vida! Muévete, cabalga como en tus novelas.

Ella lo hizo, subiendo y bajando, pechos rebotando, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación. Sudor perlaba sus cuerpos, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Él se incorporó, mamando sus tetas mientras embestía desde abajo, profundo, tocando ese punto que la hacía ver estrellas.

La tensión crecía, coiling como resorte. Ana clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

Me vengo, se acerca, no aguanto
. —¡Más fuerte, Diego, chíngame duro!

Él volteó, poniéndola bocabajo, entrando por atrás con fuerza consentida. Sus bolas chocaban contra su clítoris, el ritmo frenético. El olor a sexo impregnaba todo, gemidos mezclándose con el zumbido del aire acondicionado.

—Me vengo, Ana, ¡juntos! —rugió él, y ella explotó, paredes apretando su verga, olas de éxtasis sacudiéndola. Él se derramó dentro, caliente, llenándola, gruñendo su nombre.

Colapsaron, enredados, respiraciones calmándose. Diego la besó la sien, suave ahora. —Eres mi tierra de pasiones, mejor que cualquier novela.

Ana sonrió, piel pegajosa de sudor compartido, corazón latiendo en paz. Esto es real, más ardiente que las novelas de Gabriela Spanic. Afuera, la ciudad susurraba, pero en su mundo, solo existía ese afterglow tibio, promesas de más noches así.

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