Donde Ver La Pasion De Cristo En Carne Viva
Estabas en tu depa de la Roma, con el calor de abril pegándote en la cara como una cachetada de Semana Santa. El ventilador zumbaba como loco, pero ni modo, el bochorno de la Ciudad de México no perdona. Agarras tu cel y tecleas donde ver la pasion de cristo, porque neta, querías algo que te moviera el alma en estos días santos. No el pedo religioso puro, sino esa intensidad cruda, el sudor, los gritos, la entrega total. Sales un link de la Pasión en Iztapalapa, el mero mero, con sus tablas vivientes y todo el desmadre.
Chido, piensas, te cambias rápido: falda ligera que roza tus muslos, blusa escotada que deja ver lo justo, sandalias que hacen clic-clac en el piso. Tomas el Metro, apretujado como siempre, oliendo a tacos de suadero y perfume barato. Bajas en Ermita y caminas hacia el cerro, el aire cargado de incienso y el eco de tambores lejanos. La multitud bulle, familias enteras, vendedores de elotes y aguas frescas. Tu piel se eriza con el sol que quema, y sientes un cosquilleo en el estómago, como si ya supieras que esto iba a ser más que una obra.
Ahí la ves: a ella, parada junto a la entrada, con un vestido rojo que grita pecado en medio de tanta morena devoción. Cabello negro suelto, ojos cafés que brillan como chocolate derretido, labios carnosos pintados de fuego. Se ve mexicana de pura cepa, con curvas que desafían la gravedad y una sonrisa pícara que te clava.
¿Qué wey hace una diosa así en este relajo?te preguntas en tu cabeza, mientras te acercas fingiendo leer un cartel.
—Oye, carnala, ¿sabes donde ver la pasion de cristo de la buena? —le sueltas, con voz casual, pero el corazón latiéndote como tamborazo.
Ella se ríe, un sonido ronco que te vibra en el pecho. —Aquí nomás, güey. Pero la neta, la pasión de verdad no está en las tablas, está en la sangre. Soy Laura, ¿y tú?
—Alex —dices, y ya están platicando como si se conocieran de toda la vida. Hablan de la obra, de cómo el Cristo cargando la cruz te pone la piel chinita, de ese amor que duele y excita a la vez. El olor a copal te envuelve, mezclado con su perfume de vainilla y algo más, femenino, que te hace tragar saliva. Sus manos rozan las tuyas accidentalmente, y sientes el calor de su piel, suave como tamal de elote.
La procesión arranca. Judas traiciona con un beso que parece de película, el látigo silba en el aire, ¡zas! contra la carne del actor. Tú y Laura están pegaditos, hombros tocándose, piernas rozando en la multitud. Sientes su aliento en tu oreja cuando se inclina:
—Mira cómo sangra, cómo sufre por amor. ¿No te dan ganas de algo así de intenso?
Tu pulso se acelera, el sudor baja por tu espalda, y entre las piernas un calor traicionero se enciende. Neta, esta morra me está prendiendo como mecha, piensas. La obra avanza: la flagelación, los clavos, los gemidos del Cristo que retumban en tu pecho. Ella aprieta tu mano, fuerte, y sus dedos se entrelazan. El tacto es eléctrico, piel contra piel, húmeda por el calor.
Al rato, no aguantan más. Se escabullen de la multitud, caminando por callejones polvorientos donde el eco de los cánticos se pierde. Llegan a un hotelito chiquito, de esos con fachada de colores chillones y ventiladores ruidosos. La recepcionista ni los mira raro; en Semana Santa, la pasión fluye como tequila.
En la habitación, el aire huele a sábanas frescas y a ella. Cierra la puerta, y boom, sus labios chocan contra los tuyos. Beso salvaje, lenguas danzando como en una danza prehispánica, sabor a chicle de tamarindo y sal de sudor. Sus manos te quitan la blusa, dedos frescos en tu piel ardiente, pezones endureciéndose al roce. ¡Qué chingón se siente esto! gime tu mente.
—Quítate todo, Alex. Quiero verte sufrir de placer —susurra ella, voz ronca, mientras se desveste. Su cuerpo es un templo: senos firmes, cintura de reloj de arena, caderas que invitan a pecar. Baja despacio, besos por tu cuello, mordiscos suaves que erizan tu vello. Sus uñas rasgan tu espalda ligera, enviando chispas directo a tu entrepierna.
Tú la tumbas en la cama, el colchón cruje bajo el peso. Besas su ombligo, bajas más, oliendo su excitación, ese aroma almizclado que te marea. Lame su piel salada, muslos temblorosos abriéndose para ti. Ella gime, ¡ay, wey, qué rico!, arqueando la espalda. Tu lengua encuentra su centro, húmedo y caliente, sabor dulce como atole de chocolate. La chupas despacio, círculos lentos, acelerando con sus jadeos. Sus manos en tu pelo, jalando, guiándote.
Pero ella no es pasiva. Te voltea, montándote como amazona. Su boca en tu verga, caliente y húmeda, succionando con maestría. ¡Madre santa, esto es la pasión viva! piensas, caderas moviéndose solas. Lengua girando en la cabeza, saliva chorreando, bolas apretadas listas para explotar. Pero paras, no quieres acabar tan pronto.
—Córrete adentro, carnal —te ruega, ojos vidriosos de deseo. Te pones encima, su conchita resbalosa te envuelve al entrar. ¡Pum! Sensación de fuego líquido, apretada como guante. Empiezas lento, embestidas profundas, piel chocando con plaf plaf, sudor goteando. Ella clava uñas en tus nalgas, más fuerte, pendejo, dame todo.
Aceleran, cama temblando, gemidos mezclándose con el zumbido del ventilador. Sus tetas rebotan al ritmo, pezones duros rozando tu pecho. Sientes su interior contraerse, palpitando, y ella grita: ¡Me vengo, Alex, no pares! Olas de placer la sacuden, jugos calientes mojando todo. Tú no aguantas, explotas dentro, chorros calientes llenándola, visión borrosa, cuerpo convulsionando.
Caen exhaustos, pegados, pieles sudadas fusionándose. El cuarto huele a sexo puro, pasión desatada. Respiran agitados, corazones galopando en unisono. Ella acaricia tu mejilla, beso suave en la frente.
—Neta, esto fue mejor que cualquier Pasión de Cristo. ¿Donde ver algo así otra vez?
Tú sonríes, abrazándola fuerte.
En ti, siempre en ti, piensas, mientras el sol se pone afuera, tiñendo la habitación de rojo sangre. La entrega total, el dolor placentero, el amor crudo. Semana Santa nunca fue tan santa.