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Pasión de Emprendedores Ardiente

6380 palabras

Pasión de Emprendedores Ardiente

Soy Alex, un emprendedor de veintiocho años que anda como loco por las calles de la Ciudad de México, persiguiendo ese sueño de armar mi propia startup de apps para delivery de comida gourmet. Ese día, en el evento de networking en el coworking de Polanco, el aire estaba cargado de ese olor a café recién molido y colonia cara, mezclado con el bullicio de voces emocionadas hablando de pitch decks y rondas de inversión. Ahí la vi por primera vez: Daniela, con su falda ajustada que marcaba sus curvas perfectas y una blusa blanca que dejaba entrever el encaje de su brasier. Tenía el cabello negro suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros, y unos ojos cafés que brillaban con esa pasión de emprendedores que tanto me prende.

¿Qué onda con esta morra? Pienso mientras me acerco. No es solo guapa, es como si su energía empresarial me jalara como imán.
Me platico con ella sobre su idea de una plataforma para conectar influencers con marcas locales. "Órale, carnala, eso está chingón", le digo, y ella se ríe, una risa ronca que me eriza la piel. Hablamos horas, ignorando el resto del mundo. Su voz es suave pero firme, como si cada palabra fuera un paso hacia el éxito. Siento el roce accidental de su mano en mi brazo al gesticular, y un calor sube por mi espinazo. Esa noche, salimos del evento con la promesa de juntarnos para brainstormear.

Al día siguiente, en su oficina temporal en la colonia Roma –un loft chido con ventanales enormes que dejan entrar la luz dorada del atardecer–, nos ponemos a trabajar. El aroma de tacos de suadero que pedimos por app llena el lugar, crujientes y jugosos, con cilantro fresco que pica en la lengua. Daniela se quita los zapatos, cruza las piernas en el sofá, y empieza a teclear en su laptop. Yo me siento a su lado, tan cerca que huelo su perfume: vainilla y algo picante, como chile en nogada. "Mira, Alex, esta pasión de emprendedores es lo que nos hace diferentes", dice ella, inclinándose hacia mí. Sus labios carnosos se mueven cerca de los míos, y juro que siento su aliento cálido, dulce como mezcal.

La tensión crece despacio. Primero son miradas que duran un segundo de más, luego toques "accidentales": mi rodilla contra la suya, su mano en mi muslo al pasar un papel.

No mames, güey, esto no es solo negocios. Quiero probarla, sentirla mía
, pienso mientras el pulso me late en las sienes. Ella se estira, arqueando la espalda, y su blusa se tensa sobre sus pechos firmes. "Hace calor aquí, ¿no?", murmura, desabotonando el primer botón. Veo el valle entre sus senos, suave y tentador, y mi verga se endurece al instante bajo los jeans.

Pasan las horas, la ciudad afuera ruge con cláxones y el golpeteo de la lluvia fina contra los cristales. Trabajamos en un plan de negocio que pinta para grande, pero el aire se carga de electricidad. Daniela se para, camina hacia la ventana, su culo redondo moviéndose hipnótico. Me acerco por detrás, mi pecho roza su espalda. "Daniela, esta pasión que traes... me está volviendo loco", le susurro al oído, mi aliento caliente en su cuello. Ella gira, sus ojos ardiendo. "Tú tampoco te quedas atrás, pendejo emprendedor", responde con una sonrisa pícara, y me besa.

Sus labios son suaves, húmedos, saben a tequila con limón de la botella que abrimos hace rato. El beso empieza lento, exploratorio, lenguas danzando con timidez, pero pronto se vuelve feroz. La empujo contra la mesa, mis manos recorren su cintura, suben a apretar sus tetas perfectas bajo la blusa. Ella gime bajito, un sonido ronco que vibra en mi pecho: "Ay, Alex, qué chido". Le quito la blusa de un jalón, revelando su brasier negro de encaje. Sus pezones duros se marcan, rosados y erectos. Los chupo con hambre, sintiendo su textura aterciopelada en la lengua, mientras ella me araña la espalda, sus uñas clavándose delicioso.

Esto es la puta pasión de emprendedores hecha carne
, me digo, mientras le bajo la falda. Sus panties están empapados, el olor a su excitación –musk dulce y salado– me invade las fosas nasales. La volteo, la pongo a cuatro patas sobre la mesa, papeles volando al suelo. Le bajo los panties, admirando su panocha rosada, hinchada y lista. "Métemela ya, cabrón", suplica ella, meneando las caderas. Me desabrocho, mi verga salta libre, gruesa y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La froto contra sus labios vaginales, sintiendo su calor húmedo, resbaloso.

Entro despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado me envuelve como terciopelo caliente. "¡Qué rico, Daniela! Estás cañona", gruño, embistiéndola fuerte. El slap-slap de piel contra piel llena la habitación, mezclado con sus gemidos agudos: "¡Más duro, emprendedor chingón!". Sudamos, el olor a sexo crudo –sudor, fluidos, deseo– impregna todo. Le agarro las caderas, mis dedos hundiéndose en su carne suave, mientras la penetro profundo, golpeando su punto G. Ella tiembla, sus paredes internas se contraen, ordeñándome.

Cambio de posición: la recuesto en el sofá, abro sus piernas anchas. Me hundo de nuevo, esta vez mirándola a los ojos. Sus pupilas dilatadas, mejillas sonrojadas, labios entreabiertos jadeando. Chupo su cuello, saboreo la sal de su piel, mientras mis caderas bombean rítmico. "Te quiero, Daniela, esta pasión nos une para siempre", le digo entre thrusts. Ella clava las uñas en mis hombros: "¡Sí, Alex, fóllame como si fuera nuestro primer pitch!". El clímax se acerca, su cuerpo se tensa, grita mi nombre mientras su orgasmo la sacude –ondas de placer que aprietan mi verga hasta el límite.

Me corro dentro de ella, chorros calientes llenándola, mi semen mezclándose con sus jugos. Colapso sobre su pecho, oyendo su corazón galopando al unísono con el mío. El afterglow es puro: respiraciones entrecortadas, caricias perezosas en la piel empapada. Afuera, la lluvia arrecia, pero adentro hay paz. Daniela me besa la frente: "Qué padre fue eso, mi emprendedor favorito".

Nos quedamos abrazados, planeando no solo el negocio, sino un futuro juntos. Esa pasión de emprendedores se transformó en algo más grande, un fuego que no se apaga. Mañana seguimos con el pitch, pero ahora sé que cada éxito vendrá con su sabor en la boca, su calor en la piel.

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