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La Pasión Andina de Leydi

6953 palabras

La Pasión Andina de Leydi

El sol del mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de San Cristóbal de las Casas, tiñendo de oro las fachadas coloniales y el aire cargado de jazmín y copal. Yo, Alejandro, un fotógrafo chiapaneco que andaba por ahí capturando la esencia de la sierra, me detuve en la plaza principal. El bullicio de los vendedores ambulantes, gritando "¡Tamales oaxaqueños, bien calientitos!", se mezclaba con el rasgueo de una guitarra huapanguera. Fue entonces cuando la vi: Leydi, con su piel morena como el café de la región, ojos negros profundos como los abismos andinos de donde venía, y una falda floreada que ondeaba con el viento, revelando curvas que prometían fuego.

Ella estaba parada junto a una fuente, vendiendo artesanías peruanas traídas de su tierra natal en los Andes. Qué morra tan chingona, pensé, mientras mi pulso se aceleraba solo de mirarla. Su cabello negro azabache caía en cascada hasta la cintura, y un collar de semillas brillaba en su escote, invitando la vista a bajar. Me acerqué, fingiendo interés en un chal tejido a mano.

"¿De dónde son estos, preciosa?" le pregunté, con esa sonrisa pícara que siempre me saca del apuro.

Ella levantó la mirada, y sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa que me erizó la piel.

"De los Andes, carnal. De mi pueblo en Cusco. Llevan el calor de la tierra."
Su voz era ronca, con ese acento andino que rodaba como un río caudaloso, y olía a tierra húmeda y especias exóticas. Hablamos un rato; resultó que Leydi había llegado a México huyendo del frío serrano, buscando calor humano en estas tierras. Yo le conté de mis fotos, de cómo capturo la pasión andina en las montañas chiapanecas. Sus ojos se iluminaron, y sentí esa chispa inicial, ese tirón en el pecho que dice esta noche va a ser la buena.

La invité a un café en un local cercano, con mesas de madera bajo un techo de teja roja. El aroma del café de chiapas, fuerte y tostado, se mezclaba con el dulzor de sus chicles de hierbabuena. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque accidental que no lo fue tanto. Pinche Leydi, con esa pasión andina que se nota en cada mirada, me dije, mientras su mano rozaba la mía al pasar el azúcar. Hablamos de todo: de las fiestas en su aldea, donde bailan hasta el amanecer con chicha y música de quena; de mis aventuras por la selva lacandona. La tensión crecía como una tormenta en la sierra, el aire entre nosotros cargado de promesas.

Al atardecer, la invité a mi posada, un rincón acogedor con vista a las colinas verdes. "Ven, te muestro mis fotos de la pasión andina que capturé ayer", le dije, y ella aceptó con una risa juguetona.

"Solo si me dejas sentir ese calor, Alejandro."
Subimos las escaleras de piedra, el eco de nuestros pasos resonando como un tambor. Mi habitación olía a sándalo y a la brisa fresca que entraba por la ventana abierta.

Acto uno cerrado, el deseo latía en mis venas como pulque fermentado. Leydi se paró junto a la cama, su silueta recortada contra el sol poniente que pintaba su piel de tonos anaranjados. Me acerqué despacio, mi mano temblando un poco al tocar su cintura. Ella no se apartó; al contrario, se pegó a mí, su pecho subiendo y bajando contra el mío. Su piel es suave como el alpaca, cálida como el sol andino. La besé entonces, un beso lento que sabía a café y a miel, sus labios respondiendo con hambre contenida.

En el medio del fuego, las cosas escalaron. Sus manos expertas desabotonaron mi camisa, arañando levemente mi pecho con uñas pintadas de rojo. ¡Qué delicia, wey! gemí en mi mente mientras la tumbaba en la cama de algodón crudo. El colchón crujió bajo nuestro peso, y el sonido de su respiración agitada llenó la habitación. Le quité la blusa, revelando senos firmes coronados por pezones oscuros que se endurecían al aire. Los besé, chupé, mordisqueé suave, oyendo sus jadeos:

"¡Ay, Alejandro, no pares, cabrón!"
Su acento andino hacía que cada palabra sonara como una caricia prohibida.

Mi boca bajó por su vientre, lamiendo el sudor salado que perlaba su ombligo. Olía a ella, a mujer en celo, a musk andino mezclado con el jazmín de la plaza. Le arranqué la falda, y sus bragas de encaje negro estaban empapadas. Pinche Leydi, tu pasión andina me está volviendo loco. Metí la mano, sintiendo su calor húmedo, resbaladizo como un río de montaña después de la lluvia. Ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte, sus caderas moviéndose al ritmo de mis dedos.

"Más adentro, mi amor, dame todo."

La tensión subía, mis huevos apretados de pura necesidad. Me quité el pantalón, mi verga dura como encino saltando libre. Ella la miró con ojos hambrientos, lamiéndose los labios. Qué chula, la muy puta andina, pensé con cariño juguetón. Se arrodilló, su boca envolviéndome en calor húmedo, lengua danzando alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen salado. El sonido de su succión, chapoteante y obsceno, me volvía loco. La cogí del pelo suave, guiándola, pero siempre suave, siempre con su en los ojos.

La volteé, poniéndola a cuatro patas, su culo redondo y prieto invitándome. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme como un puño de terciopelo. ¡Chingado, qué rico! Ella gritó de placer, empujando hacia atrás. El slap-slap de carne contra carne llenaba el aire, mezclado con sus gemidos en quechua que no entendía pero que me encendían más. Sudábamos, el olor a sexo crudo invadiendo todo, sus jugos chorreando por mis bolas.

La volteamos, misionero para vernos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, boca entreabierta, esa pasión andina desatada. Aceleré, profundo, rápido, sus uñas clavándose en mi espalda.

"¡Me vengo, Alejandro, no pares!"
Su coño se contrajo, ordeñándome, y yo exploté dentro, chorros calientes llenándola mientras rugía como un jaguar en la selva.

En el afterglow, yacíamos enredados, el sol ya bajo tiñendo la habitación de púrpura. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Olía a nosotros, a semen y sudor dulce. Qué mujer, Leydi, con tu pasión andina que me ha marcado pa' siempre. Me besó el cuello, suave.

"Esto fue chido, carnal. La pasión andina de Leydi te conquistó, ¿verdad?"
Reí bajito, acariciando su cabello. Afuera, los grillos cantaban, y en mi mente, ya planeaba la próxima foto: ella, desnuda contra las colinas, eterna.

Nos quedamos así hasta la noche, hablando susurros, planeando escapadas a las cascadas cercanas. Esa conexión, carnal y profunda, dejó un eco en mi alma chiapaneca. Leydi no era solo una aventura; era el fuego andino que avivaba mi propia llama.

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