La Pasión de Cristo TV Abierta Desata el Fuego
Era Viernes Santo en la casa de la colonia Roma, el aire cargado con ese olor a incienso que se colaba por la ventana abierta desde la iglesia de la esquina. Tú y yo, sentados en el sillón de cuero viejo que crujía con cada movimiento, teníamos la tele prendida en TV abierta. La Pasión de Cristo justo empezaba, esa película que pasa todos los años en canal cinco, con Mel Gibson sufriendo como condenado. La pantalla parpadeaba con luces rojizas, el sonido de latigazos y gemidos de dolor llenaba la sala dimly iluminada.
"Órale, wey, qué fuerte está esto", murmuraste tú, tu voz ronca rozando mi oreja mientras te recargabas en mi hombro. Yo asentí, pero por dentro ya sentía un cosquilleo traicionero en el vientre. No era solo el drama de la película; era cómo tu mano descansaba casual en mi muslo, el calor de tu palma traspasando el short de algodón. El aroma de tu colonia mezclada con el sudor del día caliente nos envolvía, y el popcorn que habíamos hecho antes se enfriaba en el bowl olvidado sobre la mesa.
En la tele, Cristo cargaba la cruz, la sangre corría por su espalda en riachuelos rojos. Tú apretaste un poco más mi pierna, y yo contuve el aliento.
¿Por qué carajos esta película siempre me pone así? La pasión, el sacrificio, el cuerpo retorcido en éxtasis de dolor... neta que me enciende, pensé, mientras mi piel se erizaba bajo tus dedos. Miré de reojo tu pantalón de chándal, notando el bulto que empezaba a formarse. "Estás viendo lo mismo que yo, ¿verdad?", te dije bajito, mi voz juguetona con ese acento chilango que tanto te gusta.
Acto primero de nuestra propia pasión: el roce inocente. Tus dedos subieron despacito por mi muslo interno, trazando círculos perezosos. El sonido de la multitud en la película gritando "¡Crucifícalo!" se mezclaba con mi respiración acelerada. Olía a ti, a hombre, a deseo crudo que se filtraba como el humo de un cigarro encendido. Te giraste hacia mí, tus ojos oscuros brillando con picardía. "Esta La Pasión de Cristo en TV abierta me tiene pensando en otras cruces que cargar", susurraste, y reíste bajito, ese laugh que me hace derretir.
Te besé primero, suave, probando el salado de tus labios con sabor a chela de la tarde. Tus manos ya estaban en mi blusa, desabotonándola con prisa contenida, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. El pezón se endureció al instante, y gemí cuando lo pellizcaste suave. "Mamacita, estás lista pa'l desmadre", dijiste, tu aliento caliente en mi cuello. Yo metí la mano en tu pantalón, sintiendo la verga tiesa, palpitante, como un animal enjaulado queriendo salir. La piel suave, las venas hinchadas bajo mis dedos... qué rico.
La película seguía, ahora los clavos en las manos, el grito desgarrador. Nosotros nos movíamos al ritmo de esa agonía santa. Te quité el pantalón de un jalón, y tú me bajaste el short, dejando mi panocha al descubierto, ya empapada, el olor almizclado de mi excitación flotando en el aire. Tus dedos exploraron, separando los labios húmedos, encontrando el clítoris hinchado. "Estás chorreando, pinche caliente", gruñiste, y yo arqueé la espalda, el sillón crujiendo fuerte.
En el medio del acto, la tensión subía como la marea en Acapulco. Te puse de rodillas frente a mí, tu boca devorando mi concha con hambre. La lengua plana lamiendo despacio, chupando el jugo que manaba, el sonido obsceno de succión compitiendo con los lamentos de la tele.
Neta, wey, si esto es pecado, que me condenen eternamente, pensé mientras te jalaba del pelo, empujándote más adentro. Tus manos amasaban mis nalgas, los dedos hundiéndose en la carne suave, dejando marcas rojas que dolían rico.
Me levanté, temblando, y te empujé al sillón. Monté sobre ti, sintiendo la punta de tu verga rozar mi entrada. La película llegaba al clímax, el cuerpo en la cruz temblando. Yo bajé despacio, centímetro a centímetro, tu grosor estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón!", grité, el placer punzante como un latigazo. Empecé a moverme, arriba abajo, el sudor resbalando por mi espalda, goteando en tu pecho. Tus caderas subían a mi encuentro, el slap slap de piel contra piel ahogando el audio de la TV.
Tus manos en mi cintura guiaban el ritmo, fuerte, posesivo. Olía a sexo puro, a fluidos mezclados, a nuestra propia pasión desbocada. "Más rápido, pendejo, dame duro", te rogué, mis uñas clavándose en tus hombros. Sentía cada vena de tu verga frotando mis paredes internas, el glande golpeando ese punto que me volvía loca. Mi clítoris rozaba tu pubis con cada bajada, chispas de placer subiendo por mi espina.
La intensidad crecía, como la de la película que ya ignorábamos. Tú volteaste las posiciones, poniéndome a cuatro patas en el sillón, el cuero pegajoso contra mis rodillas. Entraste de nuevo, profundo, tus bolas golpeando mi culo con cada embestida. El sonido era animal, primitivo, mezclado con mis gemidos y tus gruñidos. "Te voy a llenar, mi reina", jadeaste, una mano bajando a frotar mi clítoris en círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose alrededor de ti, chorros de placer escapando, mojando tus muslos.
Tú seguiste, prolongando mi éxtasis, hasta que sentiste el tuyo venir. "Me vengo, ¡carajo!", rugiste, y te vaciaste dentro, chorros calientes pintando mis paredes, el exceso goteando por mis piernas. Colapsamos juntos, jadeantes, el corazón latiéndonos como tambores en una fiesta de pueblo.
El final llegó suave, como el afterglow de una tormenta. La tele seguía con la resurrección, luces blancas inundando la pantalla. Nosotros envueltos en una cobija, tu brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en tu pecho escuchando el pulso calmarse. El olor a sexo persistía, mezclado ahora con el fresco de la medianoche entrando por la ventana. "Qué chingonería de noche, gracias a La Pasión de Cristo TV abierta", bromeaste, besándome la frente.
Yo sonreí, satisfecha, el cuerpo pesado de placer.
En este Viernes Santo, no hubo sacrificio, solo entrega total, carnal y alma. Afuera, las campanas de la iglesia tañían, pero aquí adentro, habíamos encontrado nuestra propia redención en la carne del otro. Mañana sería otro día, pero esta pasión quedaría grabada, lista para encenderse de nuevo.