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Pasión Obsesiva Ver Online

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Pasión Obsesiva Ver Online

Ana se recostó en su cama king size en su depa de la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro fresco contra su piel sudada por el calor de la noche mexicana. Era una de esas tardes eternas en la Ciudad de México, donde el tráfico de afuera parecía un rugido lejano y el olor a tacos de la esquina se colaba por la ventana entreabierta. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa noche no tenía planes más que hojear su laptop en busca de algo que le acelerara el pulso. Neta, necesito algo que me prenda, pensó mientras tecleaba en la barra de búsqueda: pasion obsesiva ver online.

El primer resultado la golpeó como un rayo. Un video con ese mismo título exacto, thumbnail de un tipo moreno, musculoso, con ojos que perforaban la pantalla y una sonrisa pícara que prometía pecados. Ana clicó sin pensarlo dos veces. La pantalla se llenó de él, desnudo de la cintura para arriba, piel bronceada brillando bajo luces tenues, el sonido de su voz grave en off narrando una historia de deseo incontrolable.

«Siente cómo mi obsesión te envuelve, cómo cada caricia es un fuego que no se apaga»
, decía mientras sus manos recorrían su propio pecho, bajando lento, provocador. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por sus muslos. Olía a su propio perfume de vainilla mezclado con el aroma sutil de su excitación. Mordió su labio, las piernas abriéndose instintivamente mientras el video avanzaba a tomas más íntimas, su verga endureciéndose en cámara lenta, el sonido de su respiración jadeante llenando la habitación.

Apagó el video a la mitad, no por vergüenza, sino porque quería más. Buscó el perfil del tipo, Marco, un chavo de Guadalajara radicado en DF, modelo de contenido adulto. Su cuenta tenía chats abiertos para fans. ¿Y si le escribo? ¿Qué pierdo? pulsó el mensaje: «Pasión obsesiva ver online me dejó con ganas de más carnal». La respuesta llegó en minutos: «Órale, mami, ¿qué parte te prendió tanto?». Así empezó todo, un ida y vuelta de mensajes calientes, fotos sugerentes que olían a promesas. Él describía cómo la tocaría, ella confesaba fantasías que nunca había dicho en voz alta. Cada notificación hacía que su corazón latiera como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Los días siguientes fueron un torbellino. Ana no podía concentrarse en su curro de diseñadora gráfica; cada pausa era para checar el chat. Marco era un pendejo encantador, con ese acento norteño que la volvía loca, hablando de «tu panocha chorreando por mí» y ella respondiendo con audios gimiendo bajito. La tensión crecía como el smog en la ciudad, espesa, asfixiante. Esto es una obsesión, pero qué chingón se siente, se decía mientras se tocaba por las noches, imaginando su boca en su cuello, el sabor salado de su piel. Una noche, él propuso: «Vente a verme, hagamos real esa pasión obsesiva». Ana dudó, pero el deseo ganó. Quedaron en un bar chido en Polanco, luces neón y música lounge flotando en el aire cargado de perfumes caros.

Cuando llegó, Marco estaba ahí, más guapo en persona: alto, hombros anchos, jeans ajustados marcando todo. Sus ojos la devoraron al instante, y ella sintió el pulso en su clítoris como un latido propio. Se sentaron cerca, rodillas rozándose bajo la mesa de madera pulida. Olía a su colonia amaderada, mezclada con el whiskey que pidieron. Hablaron de todo: de la vida en la CDMX, de cómo él empezó grabando por diversión, de sus obsesiones mutuas.

«Desde que vi tu primer mensaje, no dejo de pensar en cómo te chingo hasta que grites»
, le susurró al oído, su aliento caliente erizando su piel. Ana rio nerviosa, pero su mano bajo la mesa ya acariciaba su muslo. «Eres un cabrón, pero vente pa'cá», respondió ella, jalándolo a un beso que sabía a licor y urgencia, lenguas enredándose con hambre de lobos.

Salieron del bar hechos un mar de manos impacientes, caminando rápido a su hotel cercano, el Reforma alzándose imponente bajo las estrellas contaminadas. En el elevador, él la acorraló contra la pared fría de metal, besándola con fiereza, manos amasando sus nalgas por encima del vestido negro ceñido. Ana jadeaba, sintiendo su verga dura presionando su vientre, el sonido de sus respiraciones entrecortadas ecoando en el espacio chico. Esto es lo que vi online, pero mil veces mejor, neta. La puerta se abrió y corrieron al cuarto, luces de la ciudad filtrándose por las cortinas, iluminando la cama enorme.

Marco la desvistió despacio, reverente, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en sus pechos, chupando pezones duros como piedras, enviaban descargas eléctricas directo a su centro. Olía a sudor fresco, a deseo puro. Ana le arrancó la camisa, clavando uñas en su espalda tatuada, lamiendo el salado de su pecho mientras bajaba la cremallera. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando en su mano. «Qué rica verga, carnal», murmuró ella, arrodillándose para saborearla, lengua rodeando el glande, gusto almizclado inundando su boca. Él gruñó, manos enredadas en su pelo, caderas moviéndose suave. «Así mami, trágatela toda».

La levantó como si no pesara, tirándola a la cama con sábanas crujientes de algodón egipcio. Se colocó entre sus piernas abiertas, inhalando profundo el aroma de su panocha mojada, labios hinchados brillando. Lamidas lentas al principio, lengua plana lamiendo de abajo arriba, chupando clítoris con succiones que la hacían arquear la espalda. Ana gemía alto, «¡Ay Marco, no pares, pendejo!», uñas arañando sus hombros. El sonido húmedo de su boca devorándola, el slap slap de dedos entrando y saliendo, la volvían loca. Su orgasmo llegó como avalancha, cuerpo temblando, jugos empapando su barbilla mientras gritaba su nombre.

Pero no pararon. Él se colocó encima, verga rozando su entrada resbalosa. «¿Me quieres adentro, obsesiva mía?», preguntó con voz ronca. «¡Sí, chíngame ya!», suplicó ella. Entró de un empujón largo, llenándola hasta el fondo, estirándola perfecto. El ritmo empezó lento, piel contra piel chocando con palmadas suaves, olor a sexo impregnando el aire. Ana envolvía sus caderas con piernas, sintiendo cada vena pulsar dentro, pezones rozando su pecho velludo. Aceleraron, él embistiendo duro, ella clavando talones en su culo firme. Su peso, su calor, esto es puro vicio. Sudor goteaba de su frente a su boca, salado y adictivo.

Cambiaron posiciones como en el video que la obsesionó: ella encima, cabalgando salvaje, panocha tragándoselo entero, manos en su pecho para impulsarse. Él amasaba sus tetas rebotando, pellizcando pezones. «¡Qué chingona montas, Ana!», jadeaba. Ella giró, dándole la espalda, sintiendo sus bolas palmear su clítoris con cada bajada. El clímax los alcanzó juntos, él hinchándose dentro, chorros calientes inundándola mientras ella convulsionaba, grito ahogado en almohada. Colapsaron, cuerpos enredados, respiraciones sincronizadas calmándose poco a poco.

Después, en la penumbra, Marco la abrazó por atrás, mano posesiva en su cadera. Olía a ellos, a semen y vainilla. «Esto fue mejor que cualquier pasión obsesiva ver online, ¿verdad?», murmuró en su oído. Ana sonrió, girándose para besarlo suave. Sí, y quiero más. Se quedaron así, piel pegada, ciudad zumbando afuera, sabiendo que esa obsesión apenas empezaba, pero ahora era real, tangible, eterna.

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