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La Continuacion de la Pasion de Cristo

6461 palabras

La Continuacion de la Pasion de Cristo

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel de Allende, tiñendo de dorado los mantos morados de los penitentes. Yo, María, caminaba descalza detrás de la procesión, con el aroma a incienso y sudor impregnado en la piel. Cada paso dolía en las plantas de los pies, pero era un dolor que me elevaba, como si estuviera reviviendo esa continuación de la pasión de Cristo que tanto me obsesionaba desde niña. En la iglesia, las velas parpadeaban y el canto gregoriano retumbaba en mi pecho, haciendo que mi corazón latiera desbocado. No era solo fe; era algo más profundo, un fuego que me quemaba por dentro, entre las piernas, un anhelo que la Semana Santa avivaba cada año.

Allí lo vi por primera vez. Jesús —sí, se llamaba así, qué ironía tan chingona del destino— cargaba una cruz de madera tallada, su camisa blanca pegada al torso por el sudor, delineando cada músculo de su pecho ancho. Sus ojos oscuros se cruzaron con los míos mientras pasábamos por la plaza principal, y sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el viento fresco de la tarde. ¿Por qué me mira así, wey? Como si supiera lo que me pasa por la cabeza, pensé, apretando los muslos para contener el calor que subía desde mi centro.

La procesión terminó en la catedral, y el gentío se dispersó. Me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo negro, cuando él se acercó. Olía a hombre de campo, a tierra húmeda y jabón rústico, con un toque de colonia barata que me mareaba.

¿Y tú qué, morra? ¿También sientes que esta pasión no termina con la cruz?

Su voz era grave, ronca, como un trueno lejano. Sonreí, coqueta, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa de algodón.

—Neta, carnal. Cada año es lo mismo. Esta continuación de la pasión de Cristo me deja hecha un desastre por dentro.

Reímos bajito, cómplices en medio de los murmullos piadosos. Caminamos juntos hacia las afueras, donde las casas coloniales daban paso a jardines frondosos. Hablamos de todo: de cómo la fe se mezcla con el deseo en México, de procesiones que esconden miradas prohibidas. Su mano rozó la mía accidentalmente —o no— y una corriente eléctrica me recorrió el brazo hasta el vientre.

Llegamos a su casa, una casona antigua con patio interior lleno de buganvillas rojas, como sangre fresca. No era lujosa, pero limpia, con olor a limón y madera pulida. Me ofreció un tequila reposado en vasos de cristal tallado. Bebimos lento, sentados en un banco de piedra, el sol poniéndose tiñó el cielo de púrpura.

—Sabes, María, la pasión de Cristo no fue solo sufrimiento. Hubo entrega total, ¿no crees? —dijo, su mirada fija en mis labios.

Asentí, el alcohol calentándome la sangre. Mi mano subió a su muslo, firme bajo los jeans gastados. Él no se apartó; al contrario, cubrió mi mano con la suya, grande y callosa.

El beso llegó natural, como el siguiente sorbo de tequila. Sus labios eran suaves pero urgentes, sabían a sal y licor. Gemí bajito cuando su lengua exploró mi boca, y lo jalé hacia mí. Caímos en la hamaca del patio, riendo entre besos, mis manos enredándose en su pelo negro y ondulado.

Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé mientras él besaba mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El aire olía a jazmín y a nuestro sudor mezclándose. Sus dedos desabrocharon mi blusa con maestría, exponiendo mis senos al fresco de la noche que caía. Chupó un pezón, duro como piedra, y arqueé la espalda, gimiendo su nombre.

—Órale, Jesús, no pares... me tienes bien mojada ya.

Él sonrió, pendejo y chulo a la vez, bajando la mano por mi vientre plano hasta el borde de la falda. Levanté las caderas para que me la quitara, quedando en tanga negra que ya estaba empapada. Sus dedos rozaron mi concha por encima de la tela, y grité de placer, el pulso latiéndome en las sienes.

Lo empujé suave, queriendo tomar el control. Desabroché su cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de deseo. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su dureza de hierro vivo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él jadeaba y me acariciaba el pelo.

—Qué chida chupas, morra... neta, eres una diosa.

La tensión crecía como una tormenta en la sierra. Me subí a horcajadas sobre él en la hamaca, que se mecía rítmicamente. Frotes lentos al principio, mi humedad lubricando su verga, hasta que no aguanté más. Me hundí en él de golpe, llenándome hasta el fondo. Grité, el estiramiento delicioso, sus manos en mi culo apretando fuerte.

Cabalgamos así, piel contra piel resbaladiza de sudor. El sonido de carne chocando, mis gemidos y sus gruñidos llenaban el patio. Olía a sexo crudo, a tierra mojada por una lluvia invisible. Cambiamos: él encima, embistiéndome profundo, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el clítoris hinchado frotándose contra su pubis.

Mi mente era un torbellino: Esto es la verdadera continuación de la pasión, entrega total, éxtasis divino. Él aceleró, sus bolas golpeando mi perineo, y exploté primero, el orgasmo partiéndome en dos, contrayéndome alrededor de él en espasmos interminables. Grité su nombre como una oración profana.

—¡Chíngame más, Jesús! ¡No pares!

Se corrió segundos después, caliente y abundante dentro de mí, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos unidos, respiraciones entrecortadas, el corazón martilleando al unísono.

Después, en la hamaca, envueltos en una cobija tejida, fumamos un cigarro compartido. El cielo estrellado nos cubría como un manto sagrado. Él me acariciaba el pelo, y yo trazaba círculos en su pecho.

—Esto fue... intenso, ¿verdad? Como si la pasión de Cristo siguiera viva en nosotros.

Reí suave, besando su hombro.

—Simón, carnal. Pero sin espinas ni cruz. Solo placer puro.

Nos quedamos así hasta que la luna alta iluminó el patio. No hubo culpas, solo una paz profunda, como después de la resurrección. Esa noche, entendí que la continuación de la pasión de Cristo no era solo dolor, sino también gozo carnal, compartido con quien te enciende el alma y el cuerpo. Y supe que volvería el próximo Viernes Santo, por más procesiones y por él.

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