Pasión de Cristo HD
El calor de Semana Santa en Guadalajara me tenía sudando como pendeja en misa. Yo, Ana, con mis 28 pirulos bien puestos, andaba por el centro histórico, oliendo a incienso y elotes asados que se mezclaban en el aire espeso. La neta, odiaba esas procesiones eternas, pero este año algo cambió. Lo vi a él: Cristo, o como se hacía llamar el wey alto, moreno, con ojos que te clavaban como espinas. Era el actor principal de la Pasión de Cristo local, esa obra callejera que todos veían en vivo, pero que él grababa en HD para subirla a las redes. Pasión de Cristo HD, se titulaba su canal, y yo, curiosa como soy, ya lo había stalkeado toda la noche anterior.
—Órale, mami, ¿vienes a ver el ensayo? —me gritó desde el escenario improvisado en la plaza, su voz ronca cortando el bullicio de los vendedores y las campanas de la catedral.
Mi corazón dio un brinco. Llevaba un vestido floreado pegado al cuerpo por el sudor, mis chichis subiendo y bajando con cada respiro. Me acerqué, sintiendo el pavimento caliente bajo mis sandalias, el olor a su colonia mezclándose con el mío, dulce y pecaminoso.
¿Qué chingados estoy haciendo? Este cuate es puro fuego prohibido, pero neta que lo quiero probar.
—Sí, wey, muéstrame cómo sufres por nosotras —le contesté coqueta, mordiéndome el labio.
El ensayo empezó. Él en su túnica raída, cargando una cruz de madera que hacía que sus músculos se marcaran como en un video porno. Yo me colé como extra, fingiendo ser una seguidora arrepentida. Sus ojos me buscaban entre la multitud de curiosos, y cada vez que pasaba cerca, su mano rozaba la mía, enviando chispas por mi piel. El sol pegaba duro, el sudor corría por su pecho expuesto, goteando hasta su ombligo. Yo lo olía: salado, masculino, con un toque de tierra mojada de la fuente cercana.
Al final del día, cuando el sol se ponía naranja sobre los techos coloniales, me invitó a su casa para "revisar el footage en HD". No era pendeja, sabía que era pretexto. Su depa era chido, en una colonia bohemia, con posters de películas y una tele enorme. Sacó la laptop y puso Pasión de Cristo HD, el video del ensayo. Ahí estábamos los dos en pantalla grande, yo mirándolo sufrir, él clavándome la mirada.
—Mira cómo te veo, Ana. Eres mi tentación en esta obra —murmuró, su aliento caliente en mi oreja mientras se sentaba pegadito en el sofá.
El cuarto olía a velas de cera de iglesia que había encendido, pero el ambiente se cargaba de algo más denso, como el aroma de mi entrepierna humedeciéndose. Su mano cayó casual en mi muslo, subiendo despacio, el roce áspero de sus callos contra mi piel suave. Yo tragué saliva, sintiendo mi pulso acelerarse como tambores de procesión.
Acto dos: la escalada. Apagué la laptop de un manotazo. —Basta de videos, Cristo. Quiero la versión en vivo, en carne y hueso.
Se rio bajito, un sonido gutural que me erizó la nuca. Me jaló a su regazo, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y deseo reprimido. Su lengua invadió mi boca, explorando como si fuera el último sorbo de agua en el desierto. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave, mientras él me amasaba las nalgas, apretándome contra su verga ya dura como la cruz que cargaba.
Neta, este wey me va a chingar el alma. Siento su calor traspasando la tela, latiendo contra mi clítoris hinchado.
Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco del ventilador. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. —Eres mi Magdalena, Ana. La que me lava los pies... y más.
Lo empujé al piso, sobre una alfombra mullida que olía a limpio y a sexo viejo. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su jeans con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta como perla sagrada. La lamí despacio, saboreando su sal, el músculo palpitando en mi lengua. Él gimió, un sonido animal que retumbó en mis huesos. —¡Carajo, mami, chúpamela como santa!
Lo hice, succionando hondo, mi saliva chorreando por su tronco mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Él se retorcía, sus caderas empujando, follándome la boca con ritmo creciente. El sonido era obsceno: slurps húmedos, jadeos entrecortados, mi garganta ahogándose en su grosor. Olía a macho puro, sudor y esencia íntima que me mareaba de lujuria.
Pero no lo dejé acabar. Me subí encima, frotando mi chocha empapada contra su pija. —Ahora tú me sufres a mí —le dije, guiándolo adentro. Entró de un jalón, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Grité, el placer punzante como espinas placenteras. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, mis jugos chorreando por sus bolas. Sus manos en mis caderas, guiándome, clavándome los dedos.
El ritmo subió. Sudor goteaba de mi frente a su pecho, mezclándose. El slap-slap de piel contra piel ahogaba la música de mariachi lejana. Él se incorporó, chupando mis pezones duros como piedras, mordisqueando hasta que dolía rico. —¡Más fuerte, Cristo! ¡Fóllame como si fuera el Gólgota! —supliqué, mis uñas arañando su espalda.
Me volteó boca abajo, embistiéndome desde atrás. Su verga me taladraba, golpeando mi punto G con precisión diabólica. Sentía sus huevos azotándome el clítoris, el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte. Él gruñía en mi oído: —Eres mía, Ana. Mi pasión en HD, nítida, eterna.
¡Ya viene! Mi cuerpo tiembla, el calor sube por mi espinazo, explotando en fuegos artificiales.
Exploté primero, mi chocha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Él siguió, unos empujones más brutales, y se corrió dentro, su leche caliente inundándome, pulsando en chorros interminables. Colapsamos, jadeando, piel pegada a piel, el olor a sexo impregnando todo.
Acto final: el afterglow. Yacíamos enredados, el ventilador secando nuestro sudor. Él me besó la frente, suave ahora, como un redentor. —Esto fue mejor que cualquier Pasión de Cristo HD, ¿verdad?
Reí bajito, trazando su pecho con el dedo. —Neta, wey. Tú eres mi salvación carnal. Mañana, ¿otro ensayo?
El sol entraba por la ventana, tiñendo todo de oro. Mi cuerpo zumbaba satisfecho, el eco de su verga aún fantasmagórico en mí. No era solo un polvo; era conexión, pasión cruda como las calles de Guadalajara en fiesta. Y mientras él dormía, supe que esto apenas empezaba, una secuela en alta definición para mi alma pecadora.