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Entre Libros de Pasion

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Entre Libros de Pasion

Entré a esa librería chiquita en el corazón de Coyoacán, con el sol de la tarde colándose por las ventanas empolvadas. El aire olía a papel viejo y a café recién molido, un aroma que me erizaba la piel cada vez que lo respiraba. Libros de pasion, eso buscaba. Esos novelones que te prenden el cuerpo sin que lo pidas, con historias de amantes que se comen vivos página tras página. Neta, andaba con un antojo que no se me quitaba, como si mi concha estuviera pidiendo a gritos que la llenaran de palabras calientes.

Yo, Ana, veintiocho tacos bien puestos, con curvas que no disimulo y un vestido floreado que se me pegaba a las nalgas por el calor húmedo del DF. Recorrí los estantes, rozando los lomos con las yemas de los dedos, sintiendo esa electricidad que sube por el brazo cuando tocas algo prohibido. Ahí estaban: una pila de libros de pasion, con portadas rojas y doradas que prometían noches sin dormir. Agarré uno, El Fuego de la Medianoche, y me senté en un sillón de piel gastada, abriéndolo despacito.

¿Te gustan los libros de pasion? —me dijo una voz grave, como terciopelo raspado, desde atrás.

Volteé y ahí estaba él: Diego, güey alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa pícara que me mojó de golpe. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes, de los que levantan pesas en el gym del barrio.

Órale, carnal, este wey parece sacado de uno de estos libros. ¿Y si me lo como aquí mismo?
pensé, mientras mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo.

—Sí, neta que sí —le contesté, cerrando el libro sobre mi regazo—. Me prenden cañón. ¿Y tú?

Se acercó, su colonia fresca invadiendo mi espacio, un olor a madera y cítricos que me hizo morder el labio. Se sentó en el brazo del sillón, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra mi hombro.

—Soy el dueño, Ana. O al menos, así te llamas, ¿verdad? Vi tu membresía en la bolsa.

Platicamos un rato de autores, de esas escenas que te dejan jadeando, de cómo los libros de pasion despiertan lo que traes guardado. Su voz era como caricia en la nuca, baja y ronca, y cada vez que reía, su pecho subía y bajaba, hipnotizándome. Mi piel picaba, quería que me tocara, que me dijera guarradas al oído como en esas novelas.

La librería estaba casi vacía, solo el zumbido del ventilador viejo y el tráfico lejano de la calle. Diego tomó el libro de mis manos, sus dedos rozando los míos, un chispazo que me recorrió hasta el clítoris.

—Déjame leerte un pedacito —susurró, abriéndolo en una página marcada.

Empezó a leer, su voz envolviéndome: "Sus labios se fundieron en un beso salvaje, mientras sus manos exploraban la humedad entre sus piernas..." Yo cerré los ojos, imaginándome a mí ahí, sintiendo su aliento en mi oreja, su mano libre bajando por mi cuello, rozando la curva de mis tetas.

Pinche wey, me va a matar de la pura lectura. Mi calzón ya está empapado, neta.

Acto uno cerrado, el deseo latiendo como pulso en la garganta. Me paré, fingiendo casualidad, y pegué mi cuerpo al suyo.

—Diego, ¿tienes algún lugar más... privado para leer estos libros de pasion?

Sus ojos se oscurecieron, esa mirada de macho que sabe lo que quiere. Me tomó de la mano, su palma callosa contra mi piel suave, y me llevó al fondo, a un cuartito detrás de los estantes. Olía a tinta y a él, un perfume que me mareaba.

Ahí, entre cajas de libros y una mesa vieja, me acorraló contra la pared. Su boca cayó sobre la mía, un beso hambriento, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a menta y a café, dulce y amargo a la vez. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos fuertes apretando mi carne.

Eres una chingona, Ana. Desde que entraste, te quería así —gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Yo gemí, arqueándome contra él.

¡Qué rico! Su verga ya está dura contra mi panza, gruesa como en mis sueños.
Le arranqué la camisa, clavando uñas en su pecho velludo, oliendo su sudor fresco, ese aroma macho que me volvía loca. Bajé la mano, palpando su paquete a través del pantalón, sintiendo el latido furioso.

Me volteó, pegándome de espaldas, su erección presionando mis nalgas. Desabrochó mi brassiere con dientes, liberando mis chichis pesados, pezones duros como piedras. Los pellizcó, tirando suave, y yo ahogué un grito, el placer subiendo como ola.

Quítate el calzón, preciosa —ordenó, voz ronca.

Me lo bajé, el aire fresco lamiendo mi coño mojado, hinchado de ganas. Él se arrodilló, nariz hundida en mi entrepierna, inhalando profundo.

Hueles a miel, wey. A pura pasion.

Su lengua salió, plana y caliente, lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios vaginales como si fueran fruta madura. Grité, piernas temblando, agarrando su pelo negro revuelto. Lam, lam, chupa... Cada roce era fuego, jugos chorreando por sus barbillas. Introdujo dos dedos, gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas.

¡No pares, cabrón! ¡Así, órale! —jadeé, caderas moviéndose solas.

Me volteó de nuevo, boca contra boca, compartiendo mi sabor salado. Yo le bajé el zipper, liberando su verga: venosa, cabezota morada, goteando precum. La masturbe, sintiendo la piel sedosa sobre acero, oliendo su esencia almizclada.

Me levantó sobre la mesa, libros cayendo al piso con ruido sordo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso.

Dios mío, me llena entera, como si estuviera hecha para su pito.
Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pelvis, piel contra piel chapoteando.

El cuarto se llenó de nuestros jadeos, del plaf plaf rítmico, del crujir de la mesa. Sudor nos pegaba, tetas rebotando, sus bolas golpeando mi culo. Aceleró, salvaje, gruñendo guarradas:

¡Te voy a romper el culo de tanto coger, pinche rica!

Yo clavaba uñas en su espalda, orgasmos construyéndose como tormenta. El primero me dobló, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes saliendo. Él no paró, prolongándolo, hasta que explotó dentro, semen espeso llenándome, gimiendo mi nombre.

Nos quedamos así, pegados, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando en afterglow. Su cabeza en mi pecho, besando suave mis pezones sensibles. Olía a sexo, a nosotros, a libros de pasion hechos realidad.

Después, nos vestimos riendo bajito, como chamacos pillados. Me regaló el libro, con una nota dentro: "Para más noches así. Diego."

Salí a la calle, piernas flojas, sonrisa boba.

Neta, los libros de pasion son chidos, pero nada como el original. Volveré, wey, por más.
El sol se ponía, tiñendo todo de rojo, como promesa de pasiones futuras.

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