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Abismo de Pasion Capitulo 92 El Despertar del Deseo

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Abismo de Pasion Capitulo 92 El Despertar del Deseo

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en sus olas. Yo, Sofía, caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano rozar mis pies como una caricia prohibida. Habían pasado meses desde la última vez que vi a Alejandro, mi amor de juventud, el hombre que me hacía temblar con solo una mirada. Regresé a esta villa familiar para escapar del bullicio de la ciudad, pero neta, lo que no esperaba era toparme con él aquí, esperándome como si el destino nos hubiera jugado una mala pasada... o la mejor de todas.

Lo vi desde lejos, recostado en una hamaca bajo las palmeras, con el torso desnudo brillando por el sudor y el aceite de coco. Su piel morena, marcada por horas en el gym, olía a sal marina y a ese perfume amaderado que siempre me volvía loca. Órale, pensé, mi corazón latiendo como tambor de mariachi. "¿Qué wey haces aquí?", le grité juguetona, acercándome con las caderas balanceándose al ritmo de las olas.

Él se incorporó lento, sus ojos cafés devorándome de arriba abajo. Llevaba un short ajustado que no dejaba nada a la imaginación, y su sonrisa pícara me derritió. "Sofía, mi reina. Vine por ti. Supe que regresabas y no pude quedarme quieto. ¿Me extrañaste?" Su voz grave, con ese acento tapatío ronco, me erizó la piel. Me acerqué más, sintiendo el calor de su cuerpo irradiar hacia mí como un horno encendido.

Esto es el abismo de pasión capítulo 92, me dije en silencio, como si nuestra historia fuera una novela interminable donde cada encuentro nos hunde más profundo.

Nos abrazamos, y su pecho duro contra mis tetas suaves fue como chispas saltando. Olía a hombre puro, a sudor fresco mezclado con el aroma salado del mar. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, deteniéndose en mis nalgas, apretándolas con esa posesión juguetona que me hacía gemir bajito. "Te ves chida, Sofi. Más rica que nunca", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello. Sentí mi chucha humedecerse al instante, un cosquilleo traicionero que subía por mis muslos.

Nos sentamos en la hamaca, balanceándonos suave mientras el sol se ponía, pintando el cielo de naranjas y rosas. Hablamos de todo y nada: de la vida en Guadalajara, de cómo él había dejado su changarro para viajar, de los pendejos que nos habían separado antes. Pero la tensión crecía, como una tormenta en el horizonte. Sus dedos jugaban con el tirante de mi bikini, rozando mi hombro desnudo. Yo mordía mi labio, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris, deseando que me tocara ya.

"¿Sabes qué, Ale? No aguanto más. Te quiero ahorita", le susurré, trepándome a horcajadas sobre él. Nuestras bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una salsa ardiente. Sabía a tequila y a sal, su barba raspándome delicioso la piel. Sus manos se colaron bajo mi bikini, amasando mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. ¡Qué rico! Grité en mi mente, arqueando la espalda mientras él lamía mi cuello, bajando hasta el valle entre mis senos.

El sonido de las olas rompiendo era el fondo perfecto, mezclado con nuestros jadeos roncos. Lo empujé suave para bajarlo de la hamaca y lo arrastré hacia la villa, mis pies pisando arena mojada. Adentro, el aire acondicionado nos dio la bienvenida con un fresco delicioso, contrastando el calor de nuestros cuerpos. La habitación olía a sábanas limpias y a jazmín del jardín. Lo tumbé en la cama king size, quitándome el bikini con un movimiento lento, provocador. Mis tetas rebotaron libres, mis pezones rosados pidiendo su boca.

Alejandro se desvistió rápido, su verga saltando erecta, gruesa y venosa, apuntándome como un cañón. Neta, qué pedazo de pito, pensé, lamiéndome los labios. Me arrodillé entre sus piernas, oliendo su aroma almizclado de excitación, ese olor a macho que me enloquece. La tomé en mi mano, sintiendo su calor palpitante, la piel suave sobre la dureza de acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía "¡Ay, wey, qué mamada tan chingona!". Chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta, mis saliva resbalando por sus bolas pesadas.

Pero él no era de los que se deja dominar. Me levantó como pluma, volteándome de espaldas contra el colchón. Sus manos separaron mis muslos, exponiendo mi panocha depilada, ya chorreando jugos. "Mírate, Sofi, tan mojada por mí", dijo con voz ronca, hundiendo dos dedos en mi calor húmedo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Sus dedos me follaban lento al principio, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras su pulgar masajeaba mi clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, mezclada con su sudor.

La tensión subía como fiebre. Lo necesito dentro, ya, suplicaba mi mente. "Cógeme, Ale, métemela toda", le rogué, clavando mis uñas en su espalda musculosa. Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada, lubricándola con mis jugos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando contra mis paredes, llenándome hasta el fondo. "¡Qué apretadita estás, mi amor!", jadeó él, empezando a bombear con ritmo creciente.

Nos movíamos como uno, piel contra piel resbalosa de sudor. El slap-slap de sus bolas contra mi culo era música obscena, acompañada de mis gritos "¡Más duro, pendejo, así!" y sus gruñidos animales. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas botando con cada rebote, sus manos guiando mis caderas. Luego de lado, él detrás, mordiendo mi hombro mientras me penetraba profundo, una mano en mi clítoris frotando furioso.

El clímax se acercaba como ola gigante. Mi cuerpo temblaba, el placer acumulándose en mi vientre como lava. "Me vengo, Ale, ¡me vengo!", chillé, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga en espasmos violentos. Él aceleró, follándome sin piedad hasta que rugió, llenándome de su leche caliente, chorro tras chorro, mezclándose con mis jugos.

Colapsamos jadeantes, envueltos en sábanas revueltas que olían a sexo puro. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente sudorosa, sintiendo la paz después de la tormenta. "Esto fue el mejor abismo de pasión capítulo 92 de nuestra historia", murmuré riendo bajito. Él levantó la vista, ojos brillando. "Y hay más capítulos, mi Sofi. Esto apenas empieza".

Nos quedamos así, escuchando el mar lejano, cuerpos entrelazados en afterglow perfecto. El deseo satisfecho, pero ya germinando la promesa de más. En ese momento, supe que nuestro abismo no tenía fondo, solo placer infinito.

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