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Pasión por las Almas Versículos

6627 palabras

Pasión por las Almas Versículos

En el corazón de Coyoacán, donde las calles empedradas susurran historias de amores pasados, me topé con él. Era una tarde de esas que el sol pinta de dorado, y yo, Ana, había salido a caminar para despejar la mente. El aire olía a churros frescos y jazmines en flor, mezclado con el humo ligero de los puestos de elotes. Entré en un cafecito chiquito, de esos con mesas de madera gastada y paredes llenas de libros viejos. Ahí estaba Diego, sentado en una esquina, con un cuaderno abierto y los ojos perdidos en las páginas.

Lo miré de reojo mientras pedía mi café de olla, negro y humeante, con ese aroma terroso que me eriza la piel. Él era alto, moreno, con una barba recortada que le daba un aire de poeta bohemio, de esos que andan por la Roma o la Condesa recitando versos en las noches. Nuestras miradas se cruzaron, y órale, sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente aún no entendía.

¿Me permites? —dijo con voz grave, suave como el terciopelo, señalando la silla frente a él.

Asentí, y me senté. Olía a colonia fresca, a sándalo y algo más, un perfume de hombre que despierta instintos. Sacó un papel arrugado y empezó a leer. Sus palabras eran como fuego lento:

En la pasión por las almas versículos se enciende el deseo, donde el espíritu se desnuda y el cuerpo arde en versos prohibidos.

Me quedé helada. Pasión por las almas versículos. ¿De dónde sacaba eso? No eran versos de la Biblia, pero sonaban sagrados, pecaminosos. Mi piel se erizó, y entre las piernas sentí un calor húmedo que me hizo cruzar las piernas. Hablamos horas, neta, como si nos conociéramos de toda la vida. Él era maestro de literatura en la UNAM, y yo, diseñadora gráfica freelance, con un gusto por los libros eróticos escondidos en mi chequera. La tensión crecía con cada risa, con cada roce accidental de sus dedos al pasarme el azúcar.

Al atardecer, me invitó a su depa en la colonia, un loft chido con vista al jardín Borda. Caminamos tomados de la mano, el viento juguetón revolviéndome el pelo. Mi corazón latía fuerte, tan-tan-tan, como tambores de una fiesta en Xochimilco.

Adentro, el lugar olía a incienso de copal y café molido. Paredes llenas de posters de Frida y Diego Rivera, libros apilados por todos lados. Me sirvió un mezcal reposado, cristalino y ahumado, que quemó dulce en mi garganta. Nos sentamos en el sillón de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío.

Cuéntame de ti, Ana. ¿Qué te apasiona?
—preguntó, sus ojos café clavados en los míos, como si me leyera el alma.

Le hablé de mis sueños, de cómo a veces me siento vacía en esta ciudad tan grande y caótica. Él escuchaba, asintiendo, y de pronto sacó su cuaderno otra vez.

La pasión por las almas versículos nos une, en el roce de palabras que despiertan la carne dormida.

Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara. Me acerqué, mi aliento mezclándose con el suyo, mentolado y cálido. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador. Su lengua sabía a mezcal y deseo, suave al principio, luego voraz. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos firmes bajo la camisa de lino. Él gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho.

La noche avanzaba, y la tensión era un nudo apretado en mi vientre. Me quitó la blusa con delicadeza, besando mi cuello, mi clavícula. Su boca era fuego, húmeda, dejando rastros de saliva que se enfriaban al aire. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con su sudor ligero, ese olor almizclado que enloquece. Mis pezones se endurecieron bajo sus dedos, ásperos y gentiles, pellizcándolos justo lo necesario para que un jadeo escapara de mis labios.

Eres preciosa, wey... tan suave
—murmuró, su voz entrecortada.

Lo empujé al sillón, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la seda de la piel estirada. Él gruñó, arqueando la espalda. La chupé despacio, saboreando la sal de su pre-semen, el sabor salado y dulce que me hacía mojarme más. Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, solo acompañando el ritmo.

Pero no quería acabar así. Lo subí a la cama, una king size con sábanas de algodón egipcio, frescas contra mi piel ardiente. Me quité la falda, quedando en tanga de encaje negro. Él me miró como si fuera una diosa, sus ojos devorándome. Me tendí, abriendo las piernas, invitándolo. Sus dedos exploraron mi coño, húmedo, resbaloso, rozando el clítoris hinchado. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes.

Neta, Diego... te necesito adentro
—supliqué, mi voz ronca de puro antojo.

Se colocó encima, su peso delicioso, protector. La punta de su verga rozó mi entrada, lubricada por mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome. Sentí cada vena, cada pulso. El placer era un rayo, subiendo por mi espina. Empezamos a movernos, lento al principio, sincronizados como en una danza prehispánica. Sus caderas chocaban contra las mías, plaf-plaf, sudor perlando su frente, goteando en mi pecho.

La habitación se llenó de nuestros jadeos, del olor a sexo crudo, almizcle y vainilla. Aceleramos, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Él mordisqueó mi oreja, susurrando versos:

En la pasión por las almas versículos, el clímax es la unión eterna.

Me vine primero, un orgasmo que me sacudió entera, contracciones fuertes alrededor de su polla, gritando su nombre. Él siguió, profundo, hasta que explotó dentro, chorros calientes inundándome, su semen espeso y abundante. Colapsamos, jadeantes, piel contra piel, pegajosos de sudor y fluidos.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados. El aire olía a nosotros, a satisfacción. Su mano acariciaba mi pelo, mi espalda, trazando círculos perezosos.

Esto fue chingón, Ana. Como si nuestras almas se hubieran leído en versículos
—dijo, riendo bajito.

Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, un cierre emocional que no esperaba. La pasión por las almas versículos no era solo palabras; era esto, conexión real, cuerpos y espíritus entrelazados. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese momento, éramos solo nosotros, en un mundo propio de placer y ternura.

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