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Pasión de Cristo Oración Íntima

6175 palabras

Pasión de Cristo Oración Íntima

Entré a la capilla de la Virgen de Guadalupe en el corazón de la colonia Roma, el aire cargado de incienso dulce y el eco lejano de las campanas anunciando el Viernes Santo. Era tarde, el sol ya se había escondido tras los edificios altos de la Ciudad de México, dejando un cielo morado que se colaba por las vitrales rotas. Me arrodillé frente al altar, el suelo de cantera fría mordiendo mis rodillas a través de la falda ligera. Pasión de Cristo oración, susurré, comenzando el rezo que mi abuela me enseñó de chiquita. Cada estación del vía crucis era como un latido en mi pecho, la imagen de Jesús cargando la cruz me erizaba la piel.

Yo, Ana, de veintiocho años, con mi trabajo de diseñadora que me tenía estresada toda la semana, buscaba paz en esa pasión de Cristo oración. Pero algo andaba mal esa noche. Mientras rezaba, el sudor me perlaba la nuca, no solo por el bochorno de abril, sino por un calor que subía desde mi vientre. Imaginaba las espinas clavándose en su frente, la sangre resbalando, y en mi mente retorcida, eso se mezclaba con toques prohibidos, con manos fuertes sujetándome.

¿Qué te pasa, Ana? Esto es sagrado, no seas pendeja
, me regañé en silencio, pero mi cuerpo no obedecía. Mis pezones se endurecieron contra la blusa de algodón, y entre mis piernas sentía una humedad traicionera.

De pronto, un ruido suave: pasos en la nave lateral. Levanté la vista y ahí estaba él, alto, moreno, con una camisa blanca arremangada que dejaba ver brazos musculosos de quien trabaja con las manos. Se arrodilló a unos metros, sus ojos cafés fijos en el crucifijo. Órale, qué chulo, pensé, mordiéndome el labio. Terminó su oración y se acercó, su colonia fresca invadiendo mi espacio como una promesa.

Buenas noches, carnala. ¿También vienes a la pasión de Cristo oración? —dijo con voz grave, un acento chilango puro que me erizó los vellos.

—Sí, wey, es mi tradición. Me ayuda a conectar, ¿sabes? —respondí, mi voz saliendo más ronca de lo que quería. Se llamaba Marco, treinta y tantos, mecánico de motos en Polanco. Hablamos del rezo, de cómo la pasión de Jesús nos recuerda el sufrimiento y el amor supremo. Pero entre líneas, había chispas. Sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote sutil, y yo sentía su calor corporal como un imán.

Salimos juntos a la placita afuera, el aire nocturno fresco con olor a elotes asados de un puesto cercano. Nos sentamos en una banca bajo las luces tenues, y la plática fluyó como tequila suave: de la fe, de la vida loca en la CDMX, de deseos reprimidos. Neta, este cuate me prende, pensé mientras su rodilla rozaba la mía accidentalmente, enviando descargas eléctricas por mi muslo.

—La pasión de Cristo oración siempre me pone a pensar en el sacrificio por amor. ¿Tú qué sientes? —preguntó, su mano ahora descansando cerca de la mía.

—Siento... un fuego adentro. Como si el dolor se convirtiera en placer —confesé, mi pulso acelerado. Nuestras miradas se engancharon, y sin palabras, supe que él sentía lo mismo. Me invitó a su depa cerca, en una casa bonita de dos pisos con jardín. Consiento, esto es entre adultos, me dije, el corazón latiéndome como tambor.

En su sala, con velas encendidas oliendo a vainilla mexicana, la tensión explotó. Me acorraló contra la pared suave, sus labios rozando mi oreja.

¿Quieres que te muestre mi pasión? —murmuró, y yo asentí, jadeando. Sus manos grandes subieron por mis caderas, levantando la falda, tocando mi piel ardiente. Olía a su sudor limpio mezclado con mi aroma de mujer lista. Lo besé con hambre, saboreando su lengua salada, mientras él gemía bajito, ¡ay, pinche delicia!.

Me llevó al cuarto, la cama king size con sábanas frescas invitándonos. Se quitó la camisa, revelando un pecho velludo y tatuajes de la Virgen que me volvieron loca. Yo me desvestí despacio, dejándolo ver mis curvas, mis senos plenos endurecidos.

Esto es mi oración íntima, mi pasión desatada
, pensé, mientras él me tumbaba y besaba mi cuello, lamiendo el sudor que corría.

La escalada fue gradual, tortuosa como el vía crucis. Sus dedos exploraron mi concha húmeda, resbalosos, frotando el clítoris con maestría. ¡Carajo, qué rico! grité, arqueándome, el sonido de mis jugos chorreando llenando el cuarto. Él chupó mis tetas, mordisqueando pezones, el dolor placentero recordándome las espinas de la oración. Le bajé el pantalón, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante. La tomé en mi boca, saboreando el precum salado, mamándola profunda mientras él agarraba mi pelo con ternura.

Te quiero adentro, Marco, fóllame como en mi oración —supliqué, y él obedeció. Me penetró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Nuestros cuerpos chocaban rítmicamente, piel contra piel sudorosa, slap-slap ecoando. Él aceleró, embistiéndome fuerte, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas como la sangre de Cristo.

El clímax se construyó como una tormenta: mis paredes contrayéndose alrededor de su pija, gemidos convirtiéndose en gritos. ¡Sí, pendejo, más duro! lo arengué, y él gruñó, ¡me vengo, Ana, Virgen santa!. Eyaculamos juntos, mi orgasmo explotando en olas, jugos mezclándose, el cuarto temblando con nuestros jadeos.

Después, enredados en las sábanas revueltas, su cabeza en mi pecho, el silencio roto solo por respiraciones calmadas. Olía a nosotros, a satisfacción profunda. Hablamos susurros sobre la pasión de Cristo oración, cómo el rezo nos unió en esta entrega total. No era solo sexo; era conexión, empoderamiento mutuo, dos almas adultas celebrando la vida.

Me fui al amanecer, besándolo en la puerta, el sol tiñendo la ciudad de oro. Caminé a mi casa con piernas flojas, un sonrisa pícara. La próxima pasión de Cristo oración, será nuestra tradición, pensé, el cuerpo aún vibrando con el eco de su toque.

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