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Mi Cita Biblica de la Pasion y Muerte de Jesus

7136 palabras

Mi Cita Biblica de la Pasion y Muerte de Jesus

Era Viernes Santo en la Ciudad de México, el sol pegaba duro en las ventanas de mi depa en la Roma, pero adentro todo era fresco y oscuro como una iglesia. Yo, Lucía, de treinta y tantos, con mi piel morena y curvas que no disimulo ni con hábito de monja, me sentía inquieta. La tele transmitía el Viacrucis en vivo desde el Zócalo, pero mis ojos no estaban en la pantalla. Hojeaba mi Biblia vieja, esa que heredé de mi abuelita, buscando consuelo en las palabras. Y ahí lo encontré: la cita bíblica de la pasión y muerte de Jesús, Juan 19:28-30. "Tengo sed", dice él en la cruz. "Consumado es". Esas palabras me erizaron la piel, no por devoción pura, sino por algo más carnal, una sed que no era de agua.

Mi mente voló. ¿Y si esa pasión no era solo sufrimiento? ¿Y si era fuego en las venas, el último aliento antes del éxtasis? Me recargué en el sillón de terciopelo rojo, el aire olía a incienso que quemé esa mañana mezclado con mi perfume de jazmín. Mis dedos bajaron solos por mi blusa suelta, rozando los pezones que ya se ponían duros como piedras. Qué pendeja, Lucía, en día santo pensando en güeva, me dije, pero el calor entre las piernas no mentía. Justo entonces sonó el timbre. Era Javier, mi chulo secreto, el wey que me hace perder la fe en todo menos en su verga.

—Órale, mami, ¿ya estás en misa o qué? —dijo con esa sonrisa de diablo, entrando con una botella de mezcal artesanal y un ramo de cempasúchil que compró en el mercado. Alto, fornido, con tatuajes de calaveras y vírgenes en los brazos, olía a sudor fresco y colonia barata que me volvía loca.

—Ven, carnal, mira esto —le pasé la Biblia abierta—. La cita bíblica de la pasión y muerte de Jesús. "Tengo sed". ¿No te da por ahí?

Él se rio bajito, se sentó a mi lado, su muslo grueso pegándose al mío. El roce fue eléctrico, como si su piel quemara a través del pantalón de mezclilla.

"Tengo sed", leyó en voz grave, sus ojos clavados en los míos. "Consumado es". ¿Y tú de qué sed hablamos, Lucía? ¿De la mía por ti o de la que te carcome ahorita?

Acto uno del deseo acababa de empezar. Nos quedamos callados, el mezcal corrió por nuestras gargantas, ardiente como promesas. Sus manos grandes subieron por mis piernas, despacio, sintiendo el vello erizado, el calor que subía desde mis muslos. Yo cerré los ojos, oyendo su respiración pesada, oliendo su aliento a mezcal y hombre. No pares, pendejo, hazme olvidar la cruz por un rato.

La tensión creció como tormenta en abril. Javier me cargó como si no pesara nada, sus brazos duros rodeándome la cintura, y me llevó al cuarto. La cama king size con sábanas de algodón egipcio nos esperaba, iluminada por velas de parafina que parpadeaban sombras en las paredes blancas. Me tumbó suave, pero con hambre en los ojos. Sus labios rozaron mi cuello, mordisqueando la piel salada, bajando al escote. Sentí su barba raspando, su lengua caliente lamiendo el sudor que perlaba mis chichis. Gemí bajito, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en su espalda ancha.

—Quítate todo, Lucía —murmuró, su voz ronca como trueno lejano—. Quiero verte como Dios te hizo, pura pasión.

Me desvestí lento, provocándolo. Mi blusa cayó al piso con un susurro, el brasier negro de encaje siguió, liberando mis tetas pesadas que rebotaron libres. Él se lamió los labios, ojos fijos en mis pezones oscuros, duros por el aire fresco y su mirada. Bajé el short de yoga, revelando mi panocha depilada, ya húmeda, brillando bajo la luz de las velas. Olía a mí, a deseo puro, almizcle dulce que lo enloqueció. Javier se quitó la playera, mostrando su pecho velludo, abdomen marcado de tanto gym, y los tatuajes que contaban historias de barrio pero con clase.

Acto dos, la escalada. Se hincó entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, mordiendo suave la carne tierna. Su aliento caliente rozaba mi clítoris hinchado, haciendo que mis caderas se alzaran solas. ¡Chíngame ya, wey! Pero no, despacio, que arda más. Introdujo un dedo grueso en mi concha chorreante, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno, jugos chapoteando, mi voz gimiendo "¡Ay, Javier, qué rico!". Lamía mi clítoris como si fuera miel de maguey, chupando fuerte, sus manos apretando mis nalgas redondas, separándolas para lamer más profundo.

Yo no me quedé atrás. Lo jalé del pelo, lo subí para besarlo, probando mi propio sabor salado en su boca. Nuestras lenguas bailaron salvajes, dientes chocando, saliva mezclándose. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga tiesa como palo de escoba, palpitando bajo la tela. La saqué, enorme, venosa, la cabeza morada brillando de precum. Qué mamada de pito, Dios mío, pensé, mientras la envolvía con mi mano suave, masturbándolo lento, sintiendo las venas saltar.

—Métemela, carnal —supliqué, voz temblorosa—. Como si fuera la última pasión de tu vida.

Él sonrió pícaro, recordando la cita bíblica. Me volteó boca abajo, nalgas en alto, y escupió en mi raja para lubricar. Entró despacio, centímetro por centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer inicial me hizo gritar, mordiendo la almohada que olía a lavanda. Luego puro gozo: embestidas profundas, sus bolas peludas golpeando mi clítoris, sudor chorreando de su pecho a mi espalda. El cuarto se llenó de jadeos, carne chocando, "¡Sí, pendeja, apriétame!", "¡Más duro, chulo!". Grité la cita sin querer: "¡Tengo sed!", y él rio, clavándose más fuerte.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas botando al ritmo, uñas arañando su pecho. Él chupaba mis pezones, mordiendo hasta doler rico, manos en mis caderas guiándome. Olía a sexo puro, sudor, mezcal, cempasúchil marchito en el buró. Mis paredes lo ordeñaban, él gruñía bajito, "¡Me vengo, Lucía!". Pero aguantó, volteándome de lado para entrar de nuevo, una pierna en alto, tocando mi G-spot sin piedad.

Acto tres, la consumación. Sentí el orgasmo venir como ola del Pacífico, contrayéndome toda, gritando "¡Consumado es!" mientras chorros de placer me mojaban las sábanas. Él explotó adentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, pegajosos, respiraciones entrecortadas sincronizadas. Su peso me aplastaba suave, protector. Besos perezosos en la nuca, dedos entrelazados.

Después, en el afterglow, con su verga aún semi-dura dentro, hablamos susurros. El Viacrucis seguía en la tele, lejano.

La pasión no es solo cruz, mi amor —dijo él, besando mi hombro—. Es esto, vida y muerte en un abrazo.
Yo sonreí, lágrimas de puro gozo en los ojos. La cita bíblica de la pasión y muerte de Jesús había cobrado carne en nosotros, transformada en éxtasis pagano pero puro. Me dormí en sus brazos, oliendo a nosotros, sabiendo que esta Semana Santa sería inolvidable, no por penitencia, sino por placer divino.

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