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Leandro Desata la Pasión de Gavilanes

7494 palabras

Leandro Desata la Pasión de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Pasión de Gavilanes, en las afueras de Culiacán, donde el aire olía a tierra húmeda y a jazmines silvestres. Tú, Jimena, acabas de llegar como la nueva cocinera, contratada por recomendación de una prima. Tus botas crujen contra el empedrado del patio principal mientras arrastras tu maleta vieja. El calor te pega en la piel como una caricia insistente, haciendo que el sudor te resbale por el escote de tu blusa de algodón blanco.

De pronto, lo ves. Leandro sale del corral, montado en un caballo azabache, su camisa ajustada pegada al torso por el sudor, delineando cada músculo de sus hombros anchos y pectorales firmes. Es el patrón, el dueño de todo esto, un wey de unos treinta y tantos, con piel morena curtida por el sol, ojos negros que brillan como obsidiana y una sonrisa pícara que te hace un nudo en el estómago.

Órale, qué chulo está este pendejo
, piensas, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Él desmonta con gracia felina, el cuero de sus botas chasqueando, y se acerca. Huele a hombre puro: sudor fresco, tabaco y un toque de colonia barata que te marea. “Bienvenida, Jimenita. Soy Leandro. Pasión de Gavilanes es tu nuevo hogar”, dice con voz grave, ronca como el relincho de un semental. Su mano grande y callosa roza la tuya al saludar, y sientes el calor de su palma como una promesa. Tus pezones se endurecen bajo la blusa, y bajas la mirada para que no note el rubor en tus mejillas.

Los días siguientes son una tortura deliciosa. Cocinas en la enorme cocina de leña, el aroma del mole y las tortillas calientes llenando el aire, pero tus ojos siempre buscan a Leandro. Él pasa por el comedor al atardecer, con el sombrero ladeado, bromeando con los peones: “¡Ey, cabrones, la nueva cocina como diosa!”. Tú respondes con una risa coqueta, neta, sientes que el aire se carga de electricidad cada vez que sus miradas se cruzan. Por las noches, en tu cuartito al fondo del patio, te tocas pensando en él, imaginando esas manos ásperas en tus tetas, su boca devorándote.

Una tarde de tormenta, el cielo se abre y la lluvia azota la hacienda como un látigo. Estás en el granero revisando las provisiones cuando oyes pasos. Leandro entra empapado, su camisa transparente pegada al cuerpo, los pantalones marcando el bulto generoso de su verga. “Jimenita, ¿qué chingados haces aquí sola? Ven, te ayudo”. Su voz es un murmullo sobre el rugido del agua. Te acerca a él para cubrirte con su poncho, y de repente, sus labios rozan tu oreja. “Hueles a cielo, morra”.

El corazón te late como tamborazo sinaloense.

¿Y si lo beso? Neta, no aguanto más esta calentura
. Tus manos suben a su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la piel mojada. Él gime bajito, “Mamacita, me traes loco desde el primer día”. Sus labios capturan los tuyos en un beso feroz, hambriento, su lengua invadiendo tu boca con sabor a tequila y lluvia. Te empuja contra un montón de heno fresco, el olor terroso mezclándose con su aroma masculino.

Sus manos recorren tu cuerpo con urgencia contenida, desabotonando tu blusa con dedos temblorosos. “Qué chingonas tetas tienes”, murmura, bajando la cabeza para lamer un pezón rosado, endurecido por el fresco y el deseo. Tú arqueas la espalda, un gemido escapa de tu garganta mientras su boca succiona, dientes rozando lo justo para hacerte jadear. El roce de su barba incipiente en tu piel suave es eléctrico, enviando chispas directo a tu clítoris hinchado.

Leandro te baja los jeans con rudeza juguetona, sus ojos devorando tus bragas empapadas. “Estás chorreando por mí, ¿verdad, corita?”. Asientes, mordiéndote el labio, y él se arrodilla, inhalando profundo tu aroma almizclado de excitación. Su lengua lame la tela húmeda antes de arrancarla, exponiendo tu panocha depilada, reluciente. “Deliciosa”, gruñe, y su boca se hunde en ti. Sientes cada lamida como fuego líquido: la punta de su lengua trazando círculos en tu clítoris, chupando con avidez, dos dedos gruesos deslizándose dentro, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas.

Tus caderas se mueven solas, follándole la cara, el sonido obsceno de succión mezclado con tus gritos ahogados por el trueno.

¡Ay, wey, me vas a matar de gusto!
Tus uñas se clavan en su cabello negro, tirando mientras el orgasmo te sacude como un rayo, jugos calientes inundando su boca. Él lame todo, bebiendo de ti como sediento.

Pero no para. Se pone de pie, desabrochando su cinturón con prisa. Su verga salta libre, gruesa, venosa, la cabeza morada brillando con precum. “Quiero cogerte ya, Jimena. Dime que sí”. “¡Sí, cabrón, métemela toda!”, suplicas, abriendo las piernas. Te penetra de un solo empujón, llenándote hasta el fondo, el estiramiento delicioso te arranca un alarido. Sus embestidas son potentes, rítmicas, el slap-slap de piel contra piel ahogado por la lluvia.

Cambia de posición, te pone a cuatro patas sobre el heno, agarrando tus caderas con fuerza. “Qué nalgas tan ricas, para darles nalgadas”, dice, azotando suave, el escozor avivando el placer. Entra más profundo, su saco golpeando tu clítoris con cada estocada. Sientes cada vena pulsando dentro, su sudor goteando en tu espalda, mezclándose con el tuyo. “Estás apretadísima, mi reina”, jadea, acelerando, sus manos amasando tus tetas colgantes.

El clímax se acerca galopando. Tú lo sientes tensarse, su verga hinchándose. “Me vengo, Jimenita... ¡juntos!”. Explota dentro de ti, chorros calientes bañando tus paredes, desencadenando tu segundo orgasmo. Gritas su nombre, “¡Leandro!”, mientras ondas de placer te recorren, piernas temblando, visión borrosa. Él se derrumba sobre ti, besando tu cuello, su peso protector y cálido.

La lluvia amaina, dejando un silencio roto solo por vuestras respiraciones entrecortadas. Leandro te gira con ternura, acunándote contra su pecho. Su piel sabe a sal y pasión cuando lo besas. “Eres lo mejor que ha llegado a Pasión de Gavilanes, mi amor”, susurra, acariciando tu cabello revuelto. Tú sonríes, el corazón lleno, sabiendo que esto es solo el principio.

Los días siguientes, la hacienda cobra vida nueva. Cocinan juntos al amanecer, sus manos rozándose sobre la masa, promesas en cada mirada. Por las noches, en su recámara con vista al corral, exploran cuerpos sin prisa: él lamiéndote lento hasta que ruegas, tú montándolo, cabalgando su polla dura mientras él aprieta tus nalgas.

Neta, Leandro es mi pasión, mi todo en Gavilanes
.

Una noche, bajo las estrellas, envueltos en una cobija en el porche, él te confiesa: “Pensé que Pasión de Gavilanes era solo trabajo, pero tú le diste fuego de verdad”. Tú ríes, trazando círculos en su abdomen marcado. “Y tú me hiciste mujer completa, guapo”. Hacen el amor allí mismo, lento, profundo, el viento fresco besando sus pieles unidas, gemidos perdidos en la brisa.

Ahora, cada rincón de la hacienda guarda su secreto: el granero donde todo empezó, la cocina donde se roban besos, el río donde nadan desnudos, sus cuerpos entrelazados en el agua fresca. Leandro, el rey de Pasión de Gavilanes, te ha conquistado, y tú a él. El deseo no se apaga; arde eterno, como el sol sobre Sinaloa.

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