Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad El Hombre Mi Pasión Inútil El Hombre Mi Pasión Inútil

El Hombre Mi Pasión Inútil

6162 palabras

El Hombre Mi Pasión Inútil

En la Condesa, con el bullicio de la noche mexicana envolviéndome como un abrazo caliente, entré al bar La Musa. El aire estaba cargado de humo de cigarros electrónicos, risas roncas y el ritmo picante de un sonidero que hacía vibrar las paredes. Pedí un tequila reposado, puro, con limón y sal, y me senté en la barra, sintiendo el vestido negro ceñido rozar mis muslos. El hombre es una pasión inútil, me repetí en la cabeza, como un mantra que me había tatuado en el alma después de tantos desmadres. Pero ahí estaba yo, soltera a mis treinta y tantos, con el cuerpo pidiendo guerra.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de pendejo chulo, pero con ojos que prometían travesuras. Se llamaba Alejandro, me dijo al acercarse con una cerveza en la mano. Órale, güerita, ¿vienes mucho por acá? Su voz era grave, como el trueno lejano en una tormenta de verano. Le sonreí, coqueta, dejando que mi rodilla rozara la suya accidentalmente. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Roma, de la crema y nieves que extrañábamos de la infancia, de cómo el amor en esta ciudad es como un taco de suadero, grasoso y fugaz.

La tensión creció con cada sorbo. Su mano se posó en mi espalda baja, un toque ligero que envió chispas por mi espina. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me ponía la piel de gallina. Bailamos pegaditos, mi culo contra su entrepierna dura, sintiendo cómo se ponía tieso. Neta, el hombre es una pasión inútil, pensé, pero mi concha ya palpitaba, húmeda y ansiosa. ¿Vamos a otro lado? murmuró en mi oído, su aliento caliente con sabor a cerveza.

Acto segundo: la escalada

Mi departamento estaba a dos cuadras, un loft chido en una casa rosa con balcón a la calle empedrada. Apenas cerré la puerta, sus labios chocaron contra los míos. Beso salvaje, lenguas enredadas, sabor a tequila y deseo puro. Lo empujé contra la pared, arañando su camisa mientras él me levantaba la falda, sus dedos gruesos explorando mis bragas empapadas. Estás mojada como el chingo, mamacita, gruñó, y yo reí, mordiéndole el cuello. Pasión inútil, pero qué chingón se siente.

Nos desvestimos a medias en el pasillo, tropezando con los zapatos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un pinche cañón. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente, suave como terciopelo sobre hierro. Él gimió, un sonido gutural que me erizó los vellos. Lo llevé al sillón de piel, ese que cruje con cada movimiento, y me arrodillé entre sus piernas. El olor almizclado de su excitación me invadió, mezcla de sudor y hombría. Lamí la punta, salada y pegajosa con precum, mientras él enredaba los dedos en mi pelo.

Chúpamela rica, Sofia, hazme volar
, jadeó. Yo obedecí, tragándomela hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. El sonido húmedo de mi boca, los slap-slap de saliva, llenaba el cuarto junto con nuestra respiración agitada. Mis tetas rozaban sus muslos, pezones duros como piedras. Pero no lo dejé acabar; quería más. Me levanté, me quité las bragas de un jalón y me senté a horcajadas sobre él. Su verga entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! grité, el estirón delicioso, como si me partiera en dos de placer.

Cabalgamos así, lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. El sudor nos unía, resbaloso, goteando entre mis chichis. Él me amasaba el culo, cachetadas suaves que resonaban como palmadas en una fiesta. ¡Chíngame más duro, pendejo! le exigí, y aceleré, mis caderas girando en círculos, el clítoris frotándose contra su pubis peludo. El cuarto olía a sexo crudo, a jugos mezclados y piel recalentada. Afuera, un perro ladraba lejano, y el viento traía aroma de jacarandas.

Cambié de posición; él me puso en cuatro sobre la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se arrugaban bajo nosotros. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El hombre es una pasión inútil, pero esta verga no, pensé entre gemidos. Sus manos en mis caderas, tirando de mí, el ritmo como un tamborazo zacatecano. Me volteó, misionero, piernas en sus hombros, penetrándome hasta el alma. Besos en el cuello, mordidas suaves, lengüeta en mis orejas. Mi orgasmo se acercaba, una ola gigante building up.

Acto tercero: la liberación

Lo monté de nuevo, esta vez facing away, mi espalda contra su pecho. Sus dedos en mi clítoris, frotando en círculos rápidos, mientras yo rebotaba. El placer era eléctrico, rayos por todo el cuerpo. ¡Me vengo, Alejandro, no pares! chillé, y exploté. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, chorros de jugo empapando sus bolas. Él rugió, embistiendo una, dos, tres veces más, y se corrió dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Sentí cada chorro, pulsando, el calor inundándome.

Colapsamos, jadeantes, enredados en las sábanas húmedas. Su semen goteaba de mí, pegajoso en mis muslos. El cuarto giraba con el afterglow, corazones latiendo al unísono. Él me acarició el pelo, besó mi frente. Eres una chingona, Sofia, murmuró. Yo sonreí, exhausta, el cuerpo plácidamente adolorido.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, jabón de lavanda espumando entre nosotros. Sus manos suaves en mi piel, masajeando, no con lujuria sino con ternura. Quizá el hombre no sea tan inútil, reflexioné, mientras el vapor empañaba el espejo. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos tacos de birria por app, y comimos en el balcón bajo las estrellas de la ciudad que nunca duerme.

Al amanecer, con el sol tiñendo de oro las azoteas, se fue con un beso largo. Vuelve pronto, pasión mía, le dije. Él guiñó, prometiendo. Me quedé sola, saboreando el eco de la noche. El hombre es una pasión inútil, susurré al vacío, pero con una sonrisa pícara. Porque a veces, lo inútil es lo que más vale la pena chingar.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.