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El Color de la Pasion Novela Erótica

6147 palabras

El Color de la Pasion Novela Erótica

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el aire cargado del aroma a jazmín que entraba por la ventana abierta. Afuera, el bullicio de la calle Chapultepec llegaba amortiguado: risas de chavos en bicicletas, el claxon juguetón de un taxi y el eco lejano de un mariachi callejero. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los morros del gym y un trabajo de diseñadora gráfica que le pagaba lo justo para vivir chido. Pero esa noche, el tedio la tenía hasta la madre.

En la mesita de centro, un librito polvoriento que había comprado en el tianguis de San Ángel la llamaba como un imán. El Color de la Pasión Novela, rezaba la portada descolorida, con una mujer de ojos ardientes y labios rojos como chile piquín. "Qué pendejada", pensó, pero lo abrió de todos modos. Las páginas crujieron bajo sus dedos, y pronto se perdió en las palabras: amantes prohibidos, toques robados, cuerpos que se enredaban en sábanas empapadas de sudor.

El calor empezó a subirle por el pecho. Imaginó las escenas en su propia piel, el roce de unas manos fuertes en sus tetas, un aliento caliente en el cuello. Se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Neta, hacía meses que no echaba un buen polvo. Su último novio, un wey insípido de la oficina, la había dejado seca como charal en comal.

¿Y si alguien así entra por esa puerta ahora? Un morro que me haga gritar hasta que se oiga en la colonia entera.

Como si el universo la oyera, tocaron la puerta. Ana se levantó de un brinco, el corazón latiéndole a mil. Era Marco, el vecino del 302, el músico culón que tocaba guitarra en los bares de la Roma. Alto, con tatuajes que asomaban por su playera negra ajustada, ojos café oscuro y una sonrisa que prometía pecados.

Órale, Ana, ¿todo bien? Oí un ruido y pensé que te estabas cayendo el mundo encima, dijo él, con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Pues sí, wey, me caí de la cama de aburrimiento. Pasa, ¿no? Tengo chelas frías, contestó ella, abriendo más la puerta, notando cómo sus pezones se marcaban bajo la blusa ligera.

Marco entró, oliendo a colonia fresca y cigarro rubio, un combo que la ponía caliente al instante. Se sentaron en el sofá, chelas en mano, y Ana no pudo evitar enseñarle el libro.

Mira esto, El Color de la Pasión Novela. Es una novela bien caliente, de esas que te prenden el ánimo.

Él lo tomó, hojeándolo con interés. Sus dedos rozaron los de ella, un toque eléctrico que la hizo apretar las muslas.

¿Y qué, ya te pusiste a leer y te dio calorcito? bromeó, guiñándole el ojo.

La tensión creció como tormenta en el Popo. Charlaron de música, de la vida en la ciudad, pero los ojos se devoraban. Ana sentía el pulso en su concha, húmeda ya, imaginando esa verga gruesa que seguro escondía bajo los jeans.

La plática fluyó con tequilas que reemplazaron las chelas, el licor quemando la garganta y soltando las lenguas. Marco se acercó más, su muslo rozando el de ella, el calor de su cuerpo invadiendo el espacio. Ana inhaló su olor, mezcla de sudor limpio y deseo crudo.

Neta, desde que te vi mudándote con esas cajas, pensé: esa morra está cañona. ¿Por qué no me invitaste antes? murmuró él, su mano posándose en la rodilla de Ana.

El toque fue fuego puro. Ella giró el rostro, sus labios a centímetros. Chíngate el miedo, pendeja, cógetelo ya, se dijo.

Se besaron con hambre, lenguas enredándose como serpientes, sabor a tequila y menta. Las manos de Marco subieron por sus muslos, arrugando la falda, mientras ella le clavaba las uñas en la espalda. Se levantaron tropezando hacia la recámara, dejando un rastro de ropa: su blusa volando, los jeans de él cayendo con un plaf.

Ana lo empujó a la cama, montándose encima. Su verga ya dura como fierro, palpitando contra su panocha mojada. Lo miró, desnuda, tetas firmes balanceándose, piel morena brillando bajo la luz tenue de la lámpara.

Me traes loca, Marco. Quiero sentirte adentro, hasta el fondo, jadeó ella.

Él gruñó, manos amasando su culo, dedos explorando la humedad que chorreaba. La penetró lento al principio, centímetro a centímetro, el estirón delicioso haciendo que Ana arqueara la espalda. ¡Qué chingón! Llena, caliente, suya.

El ritmo aumentó, camaseta golpeando contra la pared, gemidos mezclándose con el zumbido del ventilador. Sudor perlando sus cuerpos, olor a sexo impregnando el aire. Ana cabalgaba fuerte, clítoris frotándose en su pubis, olas de placer subiendo desde el estómago.

Marco la volteó, poniéndola a cuatro, embistiéndola profundo. Sus bolas chocando contra ella, manos en sus caderas. ¡Más, cabrón, rómpeme! gritó Ana, el orgasmo construyéndose como volcán.

El color de la pasión novela cobraba vida en mi carne, rojo intenso, ardiente, imposible de apagar.

El clímax la golpeó como rayo, cuerpo convulsionando, concha apretando su verga en espasmos. Marco la siguió, gruñendo su nombre, llenándola de calor líquido. Colapsaron juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas, el mundo reducido a ese colchón revuelto.

Después, en la quietud, con su cabeza en el pecho de él, escuchando el tambor de su corazón. Marco acariciaba su cabello, besos suaves en la frente.

Eso fue de la verga, Ana. Neta, como en esa novela tuya, susurró.

Ella sonrió, saciada, el cuerpo aún zumbando. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, todo había cambiado. El libro yacía olvidado en el sofá, pero su esencia ardía en ellos.

Se durmieron enredados, prometiendo más noches así. Ana soñó con colores: rojo pasión, naranja fuego, el espectro entero de lo que acababa de vivir. Mañana, la vida seguiría, pero ahora sabía que el verdadero color de la pasión novela se escribía en la piel, con toques, gemidos y entrega total.

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