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Diario de una pasion para descargar

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Diario de una pasion para descargar

Querido diario, hoy te uso como mi diario de una pasion para descargar todo este fuego que me quema por dentro. Neta, no aguanto más. Se llama Marco, un wey que conocí anoche en ese bar chido de Polanco, el que tiene luces tenues y música que te hace mover las caderas sin querer. Yo iba con mis amigas, vestida con ese vestido negro ajustado que me hace ver las curvas como diosa, y de repente lo vi. Alto, moreno, con ojos que te tragan entera y una sonrisa pícara que dice "ven pa'cá, morra".

Órale, desde el primer vistazo sentí ese cosquilleo en el estómago, como mariposas locas volando. Me acerqué a pedir un trago y empezamos a platicar. Hablaba de su chamba en una agencia de diseño, de viajes a la playa en Cancún, y yo le conté de mis clases de yoga y cómo me encanta perderme en libros eróticos. El aire entre nosotros se cargaba, como antes de una tormenta. Su voz grave me erizaba la piel, y cuando rozó mi mano al pasarme la cerveza, ¡ay, wey! Un chispazo directo al centro.

¿Por qué me pones así, Marco? Tu mirada me desnuda sin tocarme. Quiero sentirte ya.

Salimos del bar caminando por las calles iluminadas, riéndonos de pendejadas. Él me tomó de la mano, y su palma cálida contra la mía era como una promesa. "Vamos a mi depa, está cerca", le dije, sin pensarlo dos veces. Consentimiento total, neta, yo lo quería tanto como él a mí. Subimos al elevador, y apenas se cerraron las puertas, me acorraló contra la pared. Sus labios encontraron los míos, urgentes, saboreando a tequila y deseo. Olía a colonia masculina, esa que te hace débil las rodillas, mezclada con su sudor fresco.

Entramos a mi departamento en la Condesa, con sus ventanales que dejan ver las luces de la ciudad. Lo jalé al sofá, y nos besamos como posesos. Sus manos grandes exploraban mi espalda, bajando despacio hasta mi culo, apretándolo con fuerza juguetona. "Qué rica estás, Ana", murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave. Gemí bajito, sintiendo mi piel arder bajo sus dedos. Le quité la camisa, revelando un pecho firme, con vellos que invitaban a recorrer con la lengua. Lo saboreé, salado y cálido, mientras él desabrochaba mi vestido, dejándolo caer como una cascada negra.

Quedé en brasier y tanga, expuesta pero empoderada, viéndolo devorarme con los ojos. "Eres una chulada", dijo, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Me llevó a la cama, donde las sábanas frescas contrastaban con el calor de nuestros cuerpos. Me recostó despacio, besando cada centímetro: cuello, hombros, pechos. Sus labios en mis pezones, chupando y lamiendo, me hicieron arquear la espalda. El sonido de su boca húmeda, mis jadeos, el roce de la tela al quitarnos lo último... todo era sinfonía de pasión.

Esto es lo que necesitaba, descargar esta pasión que me ahoga. Su toque me hace volar.

En el medio de la noche, la tensión crecía como ola gigante. Yo lo volteé, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha ya empapada. La froté contra él, lubricándonos mutuamente, oliendo mi propia excitación dulce y almizclada. "Cógeme ya, Marco, no aguanto", le rogué, y él sonrió ese sonrisa de lobo. Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer mezclado me hizo gritar "¡Sí, cabrón, así!".

Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, sintiendo cada embestida profunda. Su piel sudada contra la mía, resbalosa, el slap slap de carne contra carne, sus gruñidos roncos en mi oído. "Estás tan chingona, tan apretadita". Yo clavaba uñas en su espalda, marcándolo mío. Aceleramos, el colchón crujiendo, mi clítoris rozando su pubis con cada vaivén. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí. Internalmente luchaba: no quiero que acabe nunca, pero lo necesito todo ya.

Le di la vuelta, poniéndome a cuatro patas, y él me tomó por las caderas, embistiendo fuerte. El espejo al frente nos mostraba: mi pelo revuelto, tetas rebotando, su cara de éxtasis. Olía a sexo puro, a nosotros fundidos. "Más duro, wey, hazme tuya", exigí, y él obedeció, una mano en mi pelo tirando suave, la otra en mi botón, frotando círculos perfectos. La presión subía, mis muslos temblando, el orgasmo acechando como tormenta.

De repente, exploté. Olas de placer me barrieron, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco. "¡Ana, me vengo!", rugió, y sentí su leche caliente llenándome, pulsos calientes que prolongaron mi clímax. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El silencio roto solo por respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de la ciudad.

Qué chido fue descargar esta pasión en su cuerpo. Me siento viva, completa.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados. Él me acariciaba el pelo, besando mi frente. "Eres increíble, morra. ¿Repetimos pronto?". Yo reí suave, saboreando el regusto salado en sus labios al besarlo. "Neta, cuando quieras". Reflexioné en silencio: esta noche no fue solo cogida, fue conexión, deseo mutuo que nos empoderó a los dos. Mañana quizás lo vea de nuevo, o quizás guarde este recuerdo como tesoro.

Pero por ahora, querido diario, gracias por ser mi diario de una pasion para descargar. Mañana escribo más, si hay más que contar. Buenas noches, con sonrisa de oreja a oreja y cuerpo satisfecho.

Al día siguiente, el sol entraba por la ventana, calentando las sábanas revueltas. Marco ya se había ido, dejando nota: "Gracias por la noche más chingona. Llámame". Sonreí, estirándome como gata, sintiendo el leve dolor placentero entre las piernas. Me levanté, desnuda, caminando al baño. El espejo reflejaba mi piel sonrojada, chupetones leves en el cuello que gritaban "fui follada bien". Me duché, agua caliente cascando sobre mi cuerpo, jabón perfumado lavando el sudor pero no el recuerdo.

En la cocina, preparé café fuerte, negro como mi deseo resucitado. Pensé en él: sus manos firmes, su verga gruesa llenándome, el sabor de su piel. ¿Será adicción? Neta, quiero más. Llamé a mis amigas, platicando entre risas "conocí a un wey que me voló la cabeza". Ellas chillaron emocionadas, pidiéndole detalles. "Después les cuento, pero fue fuego puro".

La tarde la pasé en el parque, sentada en la hierba oliendo a tierra húmeda y flores. Escribí en ti, diario, procesando emociones. No era solo físico; sus ojos me vieron de verdad, me hicieron sentir deseada, poderosa. En México, con tanto estrés de la chamba y la vida, esto era oxígeno. Tensiones del día se disipaban recordando su aliento caliente en mi oreja, sus dedos expertas.

Si regresa, lo recibo con todo. Esta pasión no se descarga fácil.

Al atardecer, mi celular vibró. "Hey, Ana. ¿Cena esta noche? Quiero más de ti". Corazón latió fuerte. "Sí, carnal. Pa' las 8". Me arreglé con esmero: lencería roja que apenas cubre, falda corta, labios rojos invitadores. Fui a su depa, moderno en Roma Norte, con terraza y vista al skyline. Cenamos tacos al pastor de la esquina, jugosos y picantes, como nosotros. Risas, miradas cargadas, pies rozándose bajo la mesa.

Terminamos en su cama, esta vez más lento, explorando. Lo besé todo el cuerpo, lamiendo su verga dura, saboreando pre-semen salado. Él me comió la panocha, lengua mágica en mi clítoris, dedos curvados tocando ese punto que me deshace. Gemí alto, "¡No pares, pendejo delicioso!". Orgasmos múltiples, sudor, gritos, hasta agotamiento dulce.

Durmió conmigo, brazo alrededor de mi cintura. Desperté con su erección contra mi culo, giré y lo monté al amanecer, cabalgando lento, sintiendo cada vena, su semen caliente al final. Desayuno en la cama, café y besos. "Eres mi vicio", dijo. "Y tú el mío", respondí.

Ahora, de vuelta en mi rutina, llevo esta pasión descargada en el alma. Diario, gracias por guardarla. Quién sabe qué sigue, pero estoy lista para más.

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