Pasión Cristo 2
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que me hacía sentir viva, como si la ciudad misma me estuviera susurrando promesas. Hacía meses que no veía a Cristo, mi Cristo, el wey que me había volteado la vida patas arriba en nuestra primera pasión Cristo. Él andaba de viaje por el Golfo, cerrando negocios en Veracruz, pero hoy por fin volvía. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y entre las piernas ya sentía ese cosquilleo traicionero que me recordaba lo que nos habíamos hecho la última vez.
Me puse un vestido rojo chulo, ceñido al cuerpo, que marcaba mis curvas como si fueran un mapa del tesoro. Olía a jazmín de mi perfume, mezclado con el sudor ligero de la anticipación. Preparé tacos de arrachera con guac fresco, salsa verde picosa que quemaba la lengua, y una chela bien fría. Órale, Pasión, no te pongas nerviosa, me dije mientras ponía la mesa en la terraza con vista al skyline de la CDMX. Los cláxones lejanos y el bullicio de la Reforma abajo eran la banda sonora perfecta para esta noche que pintaba épica.
El timbre sonó y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Llevaba una camisa blanca arremangada, mostrando unos brazos fuertes de tanto cargar equipo en las plataformas petroleras. Olía a mar y a hombre, a sal y testosterona. "
¡Mamacita, cuánto te extrañé!", gruñó mientras me cargaba en brazos, sus labios chocando contra los míos en un beso que sabía a ron y a deseo acumulado. Sus manos grandes me apretaban la cintura, bajando despacito hasta mi nalga, amasándola como si fuera masa para tamales.
Nos sentamos a comer, pero la comida era puro pretexto. Sus ojos cafés me devoraban, recorriendo el escote donde mis chichis se asomaban juguetones. "Neta, Pasión, cada día que pasaba sin ti era un pedo", confesó mientras masticaba un taco, su voz ronca como el rugido de un motor. Yo reía, coqueta, rozando mi pie descalzo contra su pierna bajo la mesa. El aire se cargaba de electricidad, el olor de la carne asada mezclándose con el almizcle de nuestra excitación creciente. Sentía mi panocha humedeciéndose, palpitando con cada mirada que cruzábamos.
Después de la cena, pusimos cumbia rebajada en el estéreo, esa que te hace mover las caderas sin querer. Cristo me jaló a bailar en la sala, su cuerpo pegado al mío, duro por todos lados. Sus manos en mi espalda baja, bajando más, metiéndose bajo el vestido. "
Estás más rica que nunca, mi reina", murmuró en mi oído, su aliento caliente erizándome la piel. Yo me arqueaba contra él, sintiendo su verga tiesa presionando mi vientre, gruesa y lista. El roce de su barba incipiente en mi cuello me hacía gemir bajito, un sonido que se perdía en el bajo de la música.
La tensión subía como fiebre. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas sobre sus piernas. Mis tetas rebotaban libres bajo la tela delgada mientras lo besaba con hambre, chupando su lengua como si fuera un dulce de tamarindo. Él manoseaba mis muslos, subiendo hasta mi tanga empapada. "Estás chorreando, Pasión, neta que me vuelves loco", dijo con esa voz de pendejo cachondo que tanto me gustaba. Deslicé mi mano dentro de sus jeans, agarrando su pinga palpitante, venosa y caliente al tacto. La apreté, masturbándolo despacio, sintiendo cómo se hinchaba más en mi puño.
Esto es lo que necesitaba, su calor, su fuerza, nuestra pasión Cristo 2 desatada sin frenos, pensé mientras él me quitaba el vestido de un jalón, exponiendo mi cuerpo desnudo a la luz de las velas. Sus ojos brillaban de lujuria, y yo me sentía poderosa, deseada como diosa azteca.
Me recostó en el sofá, besando mi cuello, bajando por mi pecho. Tomó un pezón en su boca, succionándolo fuerte, mordisqueando hasta que grité de placer. El dolor placentero se disparaba directo a mi clítoris, que latía como corazón desbocado. Sus dedos encontraron mi concha, resbaladizos por mis jugos, frotando el botón hinchado en círculos perfectos. "
¡Ay, Cristo, no pares, cabrón!", jadeé, arqueando la espalda. El sonido de mis gemidos llenaba la habitación, mezclado con el chapoteo húmedo de sus dedos entrando y saliendo, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.
Quería devolvérsela. Lo desvestí rápido, admirando su torso marcado, el vello negro bajando hasta esa verga impresionante, goteando precum que lamí como miel. Me arrodillé entre sus piernas, oliendo su aroma masculino, terroso y salado. La metí en mi boca, chupando la cabeza bulbosa, lamiendo el tronco con la lengua plana. Él gruñía, enredando sus dedos en mi pelo, follando mi boca con embestidas controladas. "¡Qué mamada tan chingona, Pasión! Eres la mejor", rugía, su pulso acelerado bajo mi palma.
La intensidad crecía, nuestros cuerpos sudados pegándose, el aire espeso de olor a sexo y perfume. Lo empujé al piso alfombrado, montándolo como amazona. Su verga se hundió en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. "
¡Sí, así, mi amor, rómpeme!", chillé mientras cabalgaba, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas resonantes. Él me agarraba las caderas, guiándome, sus abdominales contrayéndose con cada thrust upward. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes internas, el roce eléctrico enviando ondas de placer por mi espina.
Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus ojos clavados en los míos, conexión total. Empujaba lento al principio, torturándome, luego acelerando, el sudor goteando de su frente a mi piel. Olía a nosotros, a pasión cruda, a pasión Cristo 2 en su máxima expresión. Mi orgasmo se acercaba como tormenta, mis uñas clavándose en su espalda, piernas envolviéndolo. "¡Me vengo, Cristo, no pares!", aullé, el mundo explotando en espasmos que me sacudían entera, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.
Él se corrió segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente inundándome, pulso tras pulso. Colapsamos juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa. El silencio post-sexo era roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de la ciudad.
Nos acurrucamos en la cama después de una ducha rápida, su brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón calmarse. "
Esto es lo nuestro, Pasión, tú y yo contra el mundo", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, trazando círculos en su piel con el dedo, saboreando el afterglow que nos envolvía como sábana tibia.
Neta, esta pasión Cristo 2 fue aún mejor que la primera. Y sé que vendrán más noches así, llenas de fuego y ternura mexicana. La vida en la gran ciudad nunca había sido tan chingona.