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Pasion Novela en la Costa Dorada

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Pasion Novela en la Costa Dorada

El sol se ponía en Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Caribe. Ana caminaba por la playa, el arena tibia besando sus pies descalzos, mientras el salitre impregnaba el aire con ese olor fresco y salado que tanto amaba. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudada por el calor del día. Hacía meses que no se sentía tan viva, desde que dejó atrás el estrés de la ciudad de México. Qué chido estar aquí sola, pensó, pero en el fondo anhelaba algo más, una chispa que encendiera su pasion novela interna.

De repente, lo vio. Un tipo alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que el atardecer. Estaba sentado en una palapa cercana, con una cerveza en la mano, riendo con unos amigos. Sus ojos se cruzaron, y Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como si el mundo se hubiera detenido. Él se levantó, caminó hacia ella con esa seguridad de los hombres que saben lo que quieren. Órale, qué guapo el wey, se dijo ella, acelerando el pulso.

—Buenas tardes, preciosa. ¿Vienes mucho por aquí? —le dijo con voz grave, acento puro jalisciense, oliendo a loción fresca y mar.

—Neta, primera vez en meses. Soy Ana, de la CDMX —respondió ella, extendiendo la mano, pero él la tomó y la besó suave, enviando una corriente eléctrica por su brazo.

—Diego. ¿Me dejas invitarte una chela? Esta playa pide compañía.

Ana aceptó, y pronto estaban sentados en la arena, las olas rompiendo suaves a sus pies. Hablaron de todo: de la vida caótica en la capital, de cómo el mar cura el alma, de libros que los apasionaban. Esto parece sacado de una pasion novela, pensó Ana, mientras el viento jugaba con su cabello y el sabor salado de la cerveza se mezclaba con la brisa.

La noche cayó como un manto estrellado, y la fiesta en la playa empezó. Mariachis tocaban rancheras a lo lejos, el aroma de tacos al pastor flotaba en el aire, y cuerpos bailaban al ritmo de cumbia. Diego la tomó de la mano.

—¿Bailamos, mi reina?

Ella asintió, y pronto sus cuerpos se pegaron en la pista improvisada. Sentía el calor de su pecho contra el suyo, el roce de sus caderas, el sudor mezclado que olía a deseo puro. Cada giro era una promesa, cada mirada un fuego encendido. Ana jadeaba leve, el corazón latiéndole en la garganta. Este pendejo me va a volver loca, se confesó en silencio, mientras sus manos exploraban la curva de su espalda.

¿Y si esta noche es la mía? ¿La pasion novela que siempre soñé—se preguntó Ana, con el pulso acelerado.

La tensión creció como una ola imparable. Caminaron alejándose de la multitud, hacia una cala escondida donde la luna plateaba el agua. Se sentaron en una manta que Diego sacó de quién sabe dónde, y el silencio solo se rompía por el chapoteo de las olas y sus respiraciones entrecortadas.

—Ana, desde que te vi, no puedo dejar de pensar en ti —murmuró él, acercando su rostro al suyo. Sus labios se rozaron, suaves al principio, probando el sabor salado de la piel, el dulzor de la cerveza en la lengua. El beso se profundizó, hambriento, con lenguas danzando como en un ritual antiguo. Ana sintió sus manos en su cintura, subiendo lento por su espalda, desatando el nudo del vestido.

La tela cayó, revelando su piel bronceada, pechos firmes que se erguían al aire fresco de la noche. Diego la miró con hambre, pero con respeto, esperando su señal. Ella tiró de su camisa, arrancando botones con impaciencia, exponiendo un torso musculoso, marcado por el sol y el trabajo en el mar —era pescador, le había contado antes.

—Te deseo tanto, Diego. Hazme tuya —susurró ella, voz ronca de puro anhelo.

Sus cuerpos se unieron en la arena tibia, aún caliente del día. Él besó su cuello, bajando por el valle de sus senos, lamiendo pezones que se endurecían como piedras preciosas bajo su lengua cálida y húmeda. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido perdido en el rugido del mar. Olía a él: sudor masculino, sal, y algo primitivo que la volvía loca. Sus manos bajaron a su short, liberando su verga dura, palpitante, que ella acarició con dedos temblorosos, sintiendo la piel suave sobre la rigidez de acero.

—Qué rica estás, Ana. Tu piel sabe a miel —gruñó Diego, mientras sus dedos exploraban entre sus muslos, encontrándola mojada, resbaladiza de excitación. Ella jadeó cuando él rozó su clítoris, círculos lentos que la hacían retorcerse. El tacto era eléctrico, cada roce enviando ondas de placer por su espina.

La escalada fue gradual, tortuosa. Ana lo montó, guiándolo dentro de ella con un suspiro largo. Lo sintió llenarla, grueso y profundo, estirándola deliciosamente. Se movieron al ritmo de las olas: lento al principio, saboreando cada embestida, el slap de piel contra piel, el olor almizclado del sexo mezclándose con el mar. Ella clavó uñas en su pecho, cabalgándolo con furia creciente, pechos rebotando, cabello volando salvaje.

Neta, esto es mejor que cualquier pasion novela, pensó Ana, mientras el orgasmo se acercaba como un tsunami. Diego la volteó, poniéndola de rodillas, entrando por atrás con thrusts potentes que la hacían gritar. El sonido de su placer era crudo, animal: gemidos, resoplidos, el chapoteo húmedo de sus cuerpos unidos. Sudor goteaba, salado en sus labios cuando se besaban sobre el hombro.

—¡Ven conmigo, mi amor! —rugió él, y ella explotó primero, contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, visión nublada por estrellas más brillantes que las del cielo. Diego la siguió, derramándose dentro con un bramido gutural, calor líquido inundándola.

Colapsaron en la arena, exhaustos, entrelazados. El afterglow era perfecto: piel pegajosa de sudor y fluidos, respiraciones calmándose, el mar arrullándolos. Diego la besó en la frente, suave.

—Fue increíble, Ana. Como si hubiéramos escrito nuestra propia pasion novela.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo, oliendo el aroma mezclado de sus cuerpos. Qué chingón todo esto, reflexionó. No era solo sexo; era conexión, fuego que prometía más noches como esta. Bajo las estrellas mexicanas, en la costa dorada, Ana supo que su vida acababa de ganar un capítulo inolvidable.

Se quedaron así hasta el amanecer, susurros y caricias sellando un pacto silencioso. La pasión no había terminado; solo comenzaba.

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