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Duelo de Pasiones Teresa Medeiros

7552 palabras

Duelo de Pasiones Teresa Medeiros

Ana se recargaba en la barandilla del balcón, con el vaso de tequila reposado en la mano, sintiendo el aire fresco de la noche de Guadalajara rozarle la piel expuesta de los hombros. La fiesta en la mansión de Zapopan bullía adentro, con risas y música de banda sonidera retumbando, pero ella prefería este momento de calma. En su bolso, olvidado en una mesa, estaba Duelo de Pasiones de Teresa Medeiros, el libro que había devorado esa tarde. Sus páginas llenas de amores prohibidos y choques de voluntades la habían dejado con un cosquilleo entre las piernas que no se iba.

¿Por qué carajos siempre me pongo así con estas historias? pensó, mientras el aroma a jazmín del jardín invadía sus sentidos. De repente, una presencia familiar la hizo voltear. Javier, con su camisa negra ajustada que marcaba los músculos del pecho, la observaba desde la puerta del balcón. Sus ojos oscuros, como pozos de chocolate amargo, la atraparon al instante.

Neta, Ana, ¿todavía huyes de las fiestas como en la prepa? —dijo él con esa voz grave que le erizaba la piel, acercándose con pasos seguros.

Ella sonrió, sintiendo el pulso acelerarse. Habían sido amantes hace años, un duelo de pasiones constante, como en el libro de Teresa Medeiros que llevaba en el bolso. Él, el macho alfa terco; ella, la independiente que no se rendía fácil. Pero el deseo nunca se había apagado.

—No huyo, güey. Solo respiro. ¿Y tú? ¿Vienes a conquistar el balcón? —replicó, ladeando la cabeza, oliendo ya su colonia cítrica que la mareaba.

Se quedaron platicando, el tequila aflojando las lenguas. Recordaron noches locas en cantinas de la colonia Americana, besos robados bajo la lluvia. Cada roce accidental —su mano en su brazo, el calor de su aliento en su oreja— avivaba la chispa. Ana sentía su centro humedecerse, el calor subiendo por sus muslos.

Este pendejo siempre sabe cómo hacerme arder. Como si fuéramos personajes de Duelo de Pasiones de Teresa Medeiros, peleando por quién manda en la cama.

La fiesta se desvaneció cuando Javier la tomó de la mano.

—Ven, quiero mostrarte algo —murmuró, guiándola por un pasillo discreto hacia una recámara vacía. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a ellos dos.

Adentro, la luz tenue de una lámpara de cristal bañaba la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Javier la arrinconó contra la pared, sus manos grandes en su cintura, el olor a su sudor mezclado con colonia invadiendo su nariz. Ana jadeó cuando sus labios rozaron su cuello, la barba incipiente raspando deliciosamente.

—Te extrañé, nena. Tus curvas me vuelven loco —susurró, mientras sus dedos trazaban la curva de sus caderas, subiendo la falda hasta sentir la suavidad de sus muslos.

Ella lo empujó juguetona, pero no con fuerza, solo para alargar el juego. Este es nuestro duelo, pensó, recordando las pasiones cruzadas del libro. Sus bocas se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Ana metió las manos por su camisa, palpando el pecho velludo, los pezones endureciéndose bajo sus uñas.

Javier gruñó, levantándola con facilidad para sentarla en el borde de la cama. Se arrodilló, besando sus rodillas, subiendo lento por los muslos internos. El sonido de la cremallera bajando la hizo temblar. Él inhaló profundo, oliendo su excitación almizclada.

—Estás empapada, carnal. ¿Por mí? —preguntó con voz ronca, lamiendo el encaje de sus panties.

—Sí, pendejo. Hazme tuya —gimió ella, arqueando la espalda.

Sus dedos apartaron la tela, y su lengua encontró su clítoris hinchado. Ana gritó bajito, el placer eléctrico recorriéndole la espina. Lamía con maestría, chupando, succionando, mientras dos dedos entraban y salían, curvándose justo en su punto G. El sonido húmedo de su boca la volvía loca, mezclado con sus jadeos ahogados. Olía a sexo puro, a deseo acumulado.

No aguanto más. Este hombre me come viva, como si quisiera devorarme entera.

La tensión crecía, sus caderas moviéndose al ritmo de su lengua. Javier aceleró, sintiendo sus paredes contraerse. Ana explotó en un orgasmo que la dejó temblando, las piernas flojas, el sabor salado de su propia esencia en sus labios cuando él la besó después.

Pero el duelo no acababa. Ana lo volteó, quitándole la camisa con urgencia. Sus tetas rebotaron libres cuando se sacó el top, y Javier las devoró, mamando los pezones duros como piedras. Ella bajó su zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor, la dureza de acero envuelta en terciopelo.

Qué chingona está tu pija —dijo ella, masturbándolo lento, viendo gotas de precum brillar a la luz.

Él la tumbó boca arriba, colocándose entre sus piernas. Se miraron a los ojos, un pacto silencioso de consentimiento puro.

—Entra despacio, amor. Quiero sentirte toda —pidió Ana, guiándolo.

La punta abrió sus labios húmedos, estirándola deliciosamente. Javier empujó centímetro a centímetro, gimiendo al sentir su calor apretado. Cuando estuvo todo adentro, se quedaron quietos, jadeando, piel contra piel sudorosa. El olor a sus cuerpos unidos, el crujido de la cama, el latido de sus corazones sincronizados.

Empezaron a moverse, lento al principio, saboreando cada embestida. Ana clavó las uñas en su espalda, arañando, mientras él la penetraba profundo, rozando su cervix con cada golpe. El slap slap de carne contra carne llenaba la habitación, sus gemidos subiendo de volumen.

—Más fuerte, cabrón. Fóllame como en mis sueños —exigió ella, envolviendo las piernas en su cintura.

Javier obedeció, acelerando, sudando profusamente. El olor a macho en celo la enloquecía. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, sus tetas botando, el clítoris frotándose contra su pubis. Él pellizcaba sus nalgas, azotando suave.

Esto es el cielo. Su verga me llena perfecta, como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

El clímax se acercaba. Ana sintió la ola crecer, sus paredes apretándolo más. Javier gruñó:

—Me vengo, reina. ¿Dentro?

—Sí, lléname —jadeó ella.

Explotaron juntos, él eyaculando chorros calientes que la bañaban por dentro, ella convulsionando en éxtasis, mordiendo su hombro para no gritar. El mundo se disolvió en placer puro, pulsos latiendo al unísono.

Se derrumbaron abrazados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Javier la besó la frente, acariciando su cabello revuelto.

—Eso fue épico, Ana. Como un duelo de pasiones de Teresa Medeiros, pero en la vida real —dijo riendo bajito.

Ella sonrió, oliendo su cuello, sintiendo la paz postorgásmica.

—Sí, pero nosotros ganamos los dos. No hay perdedores aquí.

Se quedaron así un rato, platicando susurros de futuros encuentros. La fiesta seguía afuera, pero ellos habían encontrado su propio paraíso. Ana pensó que quizás el libro era profético: las pasiones verdaderas siempre encuentran el camino.

Al final, se vistieron con besos perezosos, prometiendo no dejar pasar tanto tiempo. Salieron de la mano, listos para lo que viniera, con el recuerdo de sus cuerpos unidos grabado en la piel.

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