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Descargando la Pasion de Cristo por Mega

6995 palabras

Descargando la Pasion de Cristo por Mega

Estás en la playa de Cancún, el sol del atardecer tiñe el cielo de naranjas y rosas que se reflejan en el mar Caribe. La arena tibia se pega a tus pies descalzos mientras caminas entre la gente de la fiesta privada en ese chido resort. Música de reggaetón retumba desde los bocinas, perreo intenso que hace vibrar el aire salado. Traes puesto un bikini rojo que resalta tus curvas generosas, esas que todos llaman mega, por eso te apodan Mega. Te sientes poderosa, el viento juguetón levanta mechones de tu cabello negro y largo.

Ahí lo ves: Cristo, el wey más guapo de la noche. Alto, moreno, con músculos tallados por horas en el gym y el surf. Sus ojos cafés oscuros te clavan cuando pasas cerca de la fogata. Lleva una camisa blanca abierta que deja ver su pecho bronceado, y un short que marca lo que promete abajo. Te sonríe, esa sonrisa pícara con dientes perfectos, y sientes un cosquilleo en el estómago, como si el tequila de tu cuba libre ya te hubiera subido.

—Órale, Mega, ¿qué onda? —te dice con voz grave, acercándose con una cerveza en la mano. Su aroma a sal marina y loción de coco te envuelve, te hace mojar las bragas sin querer.

Charlan, ríen. Él es de la CDMX, empresario de apps, pero anda estresado por un pinche deal que se atoró. Tú, maestra de baile en un gym de lujo, le cuentas anécdotas de tus clases, cómo mueves el culo y haces que los carnales babeen. La tensión entre ustedes crece con cada mirada, cada roce accidental de brazos. Sientes su calor, el pulso acelerado bajo su piel.

Este pendejo me trae loca, neta. Quiero sentirlo encima, descargar toda esa pasión que lleva guardada. ¿Será que me deja ser su válvula de escape?

De repente, en medio de la plática, su carnal se acerca, un compa borracho que suelta: —Cristo, wey, ya descarga la pasión de Cristo por mega, no seas menso. Mega está cañón, ¡aprovéchala!

Los dos se ríen, pero tú sientes el reto en sus ojos. Él te toma de la mano, su palma áspera y caliente contra la tuya suave. —¿Y si lo hacemos? —te susurra al oído, su aliento cálido rozándote el lóbulo.

Acto seguido, caminan hacia su bungaló privado, a unos metros de la playa. El sonido de las olas rompiendo es como un latido constante, la brisa nocturna enfría tu piel arrepiada de anticipación. Adentro, luces tenues, cama king size con sábanas blancas crujientes, y una botella de mezcal abierta en la mesita.

Se besan de inmediato, hambrientos. Sus labios firmes saben a cerveza y sal, la lengua invade tu boca con urgencia. Tus manos recorren su espalda ancha, sientes los músculos tensos bajo tus uñas. Él gime bajito, un sonido ronco que vibra en tu pecho. Te quita el top del bikini, tus tetas mega saltan libres, pezones duros como piedras. Los chupa, muerde suave, y tú arqueas la espalda, el placer eléctrico bajando directo a tu panocha.

—Estás bien rica, Mega —murmura contra tu piel, lamiendo el sudor salado de tu cuello. Huele a él, a macho sudado, a deseo puro. Tus dedos se enredan en su pelo corto, tiras suave mientras él baja la mano a tu entrepierna. Sientes sus dedos gruesos frotando sobre la tela húmeda, presionando tu clítoris hinchado.

Chingado, qué bien se siente. Este wey sabe tocar, no como otros pendejos que van de volada.

Te tumba en la cama, el colchón suave hundiéndose bajo tu peso. Se quita la camisa, su torso perfecto brilla con sudor bajo la luz de la luna que entra por la ventana abierta. Bajas su short, y ¡órale! su verga sale dura, gruesa, venosa, apuntando al techo como un pinche cañón. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, late en tu mano. La masturbas lento, sintiendo el precúm resbaloso en tu palma.

Él te come con los ojos, jadeando. —Quiero descargarla toda contigo, por mega —dice, voz entrecortada. Tú sonríes, te quitas el bottom, abres las piernas mostrando tu concha depilada, labios hinchados brillando de jugos. Él se arrodilla, inhala profundo tu aroma almizclado de excitación, y lame. Su lengua plana recorre desde el ano hasta el clítoris, chupando fuerte. Gimes alto, las olas afuera parecen sincronizarse con tus gemidos. Saborea tus jugos dulces y salados, mete dos dedos curvados tocando ese punto G que te hace ver estrellas.

La intensidad sube. Lo jalas arriba, guías su verga a tu entrada. Entras despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. Sientes cada vena rozando tus paredes internas, llenándote hasta el fondo. —¡Métemela toda, Cristo! —gritas, uñas clavadas en su culo firme.

Empieza a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a clavar profundo. El slap-slap de piel contra piel mezcla con sus gruñidos y tus ay wey qué rico. Sudor gotea de su frente a tus tetas, lo lames, salado y caliente. Cambian posiciones: tú encima, cabalgando como reina, tus caderas girando, verga golpeando tu cervix. Tus tetas rebotan, él las agarra, pellizca pezones. El olor a sexo llena la habitación, almizcle, sudor, mar.

Internal struggle: por un segundo dudas, ¿es solo una noche? Pero su mirada te dice que es mutuo, puro fuego. —No pares, pendejito, dame más —le ruegas juguetona, y él acelera, manos en tus nalgas abriéndote más.

De lado ahora, cucharita, su brazo rodeándote, mano en tu clítoris frotando círculos rápidos. Sientes el orgasmo construyéndose, como ola gigante. Tus paredes se aprietan alrededor de su pinga, él gime —¡Me vengo, Mega! — y descarga chorros calientes dentro, trigger para tu clímax. Explosión de placer, visión borrosa, cuerpo temblando, grito ahogado contra la almohada. Olas de éxtasis recorren cada nervio, pulso martilleando en oídos.

Se quedan así, unidos, respiraciones agitadas calmándose. Él te besa la nuca, suave, cariñoso. Sales su verga, semen escurriendo por tus muslos, cálido y pegajoso. Se miran, risas cansadas.

—Neta, descargué la pasión de Cristo por mega contigo —te dice, guiñando.

Tú sonríes, piernas entumecidas de placer. Se duchan juntos, agua caliente lavando el sudor, manos jabonosas explorando de nuevo, pero tierno. Secos, envueltos en toallas, salen a la terraza. Luna llena sobre el mar, estrellas titilando. Beben mezcal, platican de todo y nada. Sientes conexión más allá del sexo, un afterglow que calienta el alma.

Esta noche fue épica. Cristo me hizo sentir deseada, poderosa. Quién sabe qué siga, pero por ahora, estoy satisfecha como nunca.

Al amanecer, se despiden con un beso largo, promesa de más. Caminas de vuelta a la playa, arena fresca bajo pies, cuerpo liviano, pasión descargada por mega. El sol sale, tiñendo todo de oro, y tú sabes que esto fue solo el comienzo.

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