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Abismo de Pasion Cancion de Entrada

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Abismo de Pasion Cancion de Entrada

La arena retumbaba con el rugido de la multitud en el corazón de la Ciudad de México. Luces neón parpadeaban sobre el ring, y el aire cargado de sudor y emoción hacía que la piel se erizara. Ana se acomodó en su asiento cerca del pasillo, sintiendo el pulso acelerado de la noche. Llevaba un vestido negro ajustado que abrazaba sus curvas como una promesa, y el calor del lugar ya le hacía brillar la piel con un leve sudor que olía a vainilla de su perfume.

¿Qué carajos estoy haciendo aquí sola? pensó, mientras mordía su labio inferior. Había venido por la adrenalina de la lucha libre, esa pasión cruda que siempre la ponía al borde. Pero esta noche, algo en el ambiente la hacía sentir expuesta, lista para saltar al vacío.

De repente, los altavoces tronaron. "¡Damas y caballeros, prepárense para el abismo!" gritó el locutor. Y entonces empezó: Abismo de Pasion Cancion de Entrada, esa rola ranchera con toques electrónicos que ponía la carne de gallina. El bajo vibraba en su pecho, como un latido ajeno que se colaba entre sus muslos. El luchador enmascarado salió al ring con pasos felinos, pero los ojos de Ana se desviaron a la figura junto a ella en la grada.

Él era alto, moreno, con una camiseta negra que marcaba pectorales firmes y unos jeans que colgaban perfectos de sus caderas. Javier, como diría después, la miró de reojo y sonrió con esa picardía mexicana que dice te voy a comer con los ojos.

"¿Vienes seguido a estos desmadres, preciosa?"
le dijo, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago. Su aliento huele a tequila reposado y menta, delicioso.

"Primera vez que vengo por la emoción pura, güey. ¿Y tú?"
respondió ella, juguetona, inclinándose para que él oliera su cuello.

La lucha inició, golpes secos resonando como truenos, pero entre ellos la tensión crecía. Sus rodillas se rozaban accidentalmente, enviando chispas. Cada vez que la canción de entrada se repetía en los highlights, Javier tarareaba bajito, su mano rozando la de ella. Abismo de pasión, murmuraba, y Ana juraba que lo decía para ella.

Al final del combate, el estadio explotaba en vítores. Javier se paró y le tendió la mano.

"¿Bailamos un rato afuera? No muerdo... mucho."
Sus ojos oscuros prometían el precipicio. Ana no lo pensó dos veces. Salieron a la calle vibrante de la colonia Roma, donde el aire fresco contrastaba con el calor de sus cuerpos. Neones de taquerías y bares pintaban la noche de rojo y azul, y el olor a carne asada se mezclaba con el jazmín de los balcones.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente, se dijo Ana mientras caminaban hacia un antro cercano. La música salía a chorros, y pronto estaban pegados en la pista, cuerpos sudados moviéndose al ritmo de cumbia rebajada. Sus manos en la cintura de ella, fuertes pero tiernas, apretaban justo lo suficiente para hacerla jadear. El sudor de su cuello sabía salado cuando ella lo lamió disimuladamente, y él gruñó bajito:

"Eres fuego, nena."

La tensión escalaba como una rampa imparable. Javier la arrinconó contra una pared del baño del antro, no violento, sino con esa urgencia mutua que nace del deseo crudo. Siento su verga dura contra mi panza, gruesa y lista, pensó ella, mientras sus lenguas se enredaban en un beso húmedo, saboreando tequila y lujuria. Manos exploraban: él subiendo el vestido por sus muslos suaves, ella arañando su espalda bajo la camiseta, oliendo su piel masculina, ese aroma terroso que la volvía loca.

"¿Quieres que pare?"
murmuró él contra su oreja, su aliento caliente erizando cada vello.

"Ni madres, sigue, cabrón. Llévame al abismo."
respondió Ana, empoderada, guiando su mano entre sus piernas. Estaba empapada, el calor líquido traicionando su hambre. Dedos hábiles la acariciaron sobre las bragas de encaje, círculos lentos que la hicieron arquearse, gimiendo contra su boca. El sonido de la canción de entrada se filtraba desde los altavoces lejanos, abismo de pasión, como un himno a su entrega.

Salieron tambaleantes del antro, riendo como pendejos enamorados del momento. Javier la llevó a su depa en una colonia chic de la Condesa, un loft con ventanales que dejaban entrar la luna. Apenas cerraron la puerta, la ropa voló. Él la desnudó despacio, besando cada centímetro: el hueco de su clavícula que sabía a sal, los pezones duros como piedras preciosas que chupó hasta hacerla gritar. Su lengua es un pinche genio, suave y luego feroz.

Ana lo empujó al sofá, queriendo el control. Se arrodilló, oliendo su excitación almizclada, y lo tomó en la boca, saboreando la piel sedosa sobre la dureza de acero. Javier jadeaba,

"¡Qué rica chupas, mi reina!"
, sus caderas moviéndose con ella en un ritmo perfecto. Ella lo miró desde abajo, ojos fieros, empoderada en su sumisión juguetona.

La intensidad creció. Él la levantó como si no pesara, piernas de ella alrededor de su cintura, y la penetró de pie contra la pared. Lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulgada estirándola deliciosamente. Es enorme, me llena hasta el fondo, y duele tan chido. Gemidos se mezclaban con el tráfico lejano, sus cuerpos chocando con palmadas húmedas. Sudor corría por sus espaldas, mezclándose en el valle de sus sexos unidos.

Cambiaron al piso, alfombra suave bajo ellos. Ana encima, cabalgándolo como una diosa azteca, pechos rebotando, uñas en su pecho. Él la agarraba las nalgas, guiándola más profundo, susurrando

"Eres mi abismo de pasión, canción que no para."
Ella aceleró, el clímax construyéndose como una ola en el Pacífico. Pulso latiendo en sus oídos, olor a sexo impregnando el aire, gusto de su piel en la lengua cuando lo besó de nuevo.

El orgasmo la golpeó primero, un estallido que la hizo convulsionar, gritando su nombre mientras lo apretaba con fuerza interna. Javier la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa y sonriente.

En el afterglow, yacían enredados bajo una sábana ligera, el viento nocturno trayendo ecos de la ciudad. Esto no fue solo sexo, fue un salto al vacío chingón, reflexionó Ana, trazando círculos en su pecho. Javier la besó la frente.

"¿Otra canción de entrada para el round dos?"
bromeó.

Ella rio, sintiendo el corazón pleno. La noche había sido su ring, y ellos, los campeones invictos del deseo.

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