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El Color de la Pasión Capítulos Completos (1)

6558 palabras

El Color de la Pasión Capítulos Completos

Ana abrió la puerta de su departamento en la Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México flotando como un eco lejano. El sol del atardecer teñía las paredes de un naranja ardiente, y el aroma dulce de las bugambilias del balcón se colaba por las ventanas abiertas. Llevaba todo el día pensando en Raúl, su carnal de dos años, ese moreno alto con ojos que prometían travesuras. Él ya estaba ahí, recargado en la cocina abierta, sirviendo dos copas de mezcal ahumado, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales.

¡Qué chido verte, mi amor! exclamó él, acercándose para plantarle un beso en los labios que sabía a limón y deseo contenido. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como si su cuerpo ya supiera lo que vendría. Habían planeado una noche relax, pero ella traía una sorpresa en su laptop: El Color de la Pasión capítulos completos, una telenovela prohibida que había bajado de un sitio oscuro, llena de amores intensos y pasiones desbordadas, como esas que te prenden el fuego sin remedio.

Se acomodaron en el sofá de piel suave, las luces bajas, el mezcal calentando sus gargantas. Ana pulsó play, y la pantalla se llenó de colores vibrantes: rojos intensos, naranjas como llamas, el color de la pasión que pintaba cada escena. La protagonista, una mujer ardiente como ella, gemía en brazos de su amante bajo la luna mexicana. Raúl se acercó más, su muslo rozando el de Ana, y ella notó cómo su respiración se aceleraba con las caricias en pantalla.

¡Neta, esta novela está cañona! Me está poniendo como moto, wey
pensó Ana, mientras su mano descansaba casualmente en la pierna de él, sintiendo el calor que subía por su piel morena.

El primer capítulo avanzaba con tensión: miradas cargadas, toques accidentales que no lo eran. Ana imitó la escena sin pensarlo, girando el rostro hacia Raúl. Sus labios se encontraron en un beso lento, explorador, con el sabor del mezcal mezclándose en sus lenguas. Él la atrajo por la cintura, sus dedos fuertes hundiéndose en la curva de sus caderas, y ella soltó un suspiro que vibró contra su boca. El sonido de la telenovela –gemidos ahogados, música de violines apasionados– se fundía con el latido de sus corazones.

Pasaron al segundo capítulo, pero ya nadie prestaba atención real a la pantalla. Raúl deslizó su mano bajo la blusa de Ana, rozando la seda de su brasier, y ella arqueó la espalda, invitándolo. Estás bien rica hoy, murmuró él contra su cuello, inhalando el perfume de vainilla de su piel. Ana giró sobre él, sentándose a horcajadas, sintiendo la dureza creciente bajo sus jeans. Sus caderas se movieron instintivamente, un roce delicioso que envió chispas por su espina dorsal. El aire se cargó de su aroma compartido, ese olor almizclado de excitación que hacía el ambiente espeso, pegajoso.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Ana se quitó la blusa con un movimiento fluido, revelando sus senos plenos bajo la luz tenue. Raúl los admiró, sus ojos oscuros brillando con hambre. Ven, déjame probarte, dijo, bajando la cabeza para lamer un pezón endurecido. La lengua de él era caliente, áspera, y Ana jadeó, clavando las uñas en su espalda. Cada lamida era un relámpago: el sonido húmedo de su boca, el tirón en su vientre bajo, el sabor salado de su sudor cuando ella lo besó de nuevo.

¡Ay, cabrón, no pares! Este es nuestro color de la pasión, puro fuego
se dijo Ana en su mente, mientras desabrochaba los jeans de Raúl. Su miembro saltó libre, grueso y palpitante, y ella lo envolvió con la mano, sintiendo las venas hinchadas bajo sus dedos. Él gruñó, un sonido gutural que la mojó más, el calor entre sus piernas convirtiéndose en un río.

El tercer capítulo de la telenovela rugía en fondo –gritos de placer, cuerpos entrelazados en sábanas revueltas–, pero ellos ya escribían su propia historia. Raúl la levantó como si no pesara, llevándola al cuarto. La cama king size los recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, oliendo a lavanda fresca. La tumbó con gentileza, pero sus ojos prometían rudeza consensuada. Ana abrió las piernas, guiándolo con la mirada. Te quiero adentro, ya, mi rey, susurró ella, y él obedeció, frotando la punta contra su entrada húmeda.

Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola con un placer que dolía rico. Ana sintió cada pulgada: la presión exquisita, el roce de su vello púbico contra su clítoris hinchado. ¡Más fuerte, pendejo! exigió juguetona, y él aceleró, embistiéndola con ritmo salvaje. Los sonidos llenaban la habitación: carne contra carne, chapoteos húmedos, sus gemidos mezclados en un coro erótico. El olor a sexo puro impregnaba el aire, sudor perlando sus cuerpos, haciendo que sus pieles resbalaran una sobre la otra.

Ana clavó las talones en su espalda, arqueándose para recibirlo más profundo. Sus pechos rebotaban con cada thrust, y Raúl los atrapó con las manos, pellizcando pezones hasta que ella gritó de éxtasis. Internamente, su mente era un torbellino:

Esto es el color de la pasión capítulos completos, sin cortes, solo nosotros en llamas
. Él bajó una mano, frotando su botón con círculos precisos, y el orgasmo la golpeó como un volcán. Ondas de placer la sacudieron, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos, jugos calientes empapando las sábanas.

Raúl no se detuvo, prolongando su clímax con embestidas expertas. ¡Me vengo, mi amor! rugió, y ella lo apretó más, sintiendo su eyaculación caliente llenándola, pulso tras pulso. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos enredados. El silencio post-sexo era bendito, roto solo por sus respiraciones calmándose y el eco lejano de la telenovela terminando.

Ana se acurrucó en su pecho, escuchando el tambor de su corazón volviendo a normal. El aroma de sus fluidos mezclados flotaba dulce, y ella trazó círculos perezosos en su piel. ¿Ves? Nuestros capítulos son los mejores, murmuró, besando su mandíbula. Raúl rio bajito, apretándola contra sí.

En ese afterglow, con la noche mexicana envolviéndolos en su manto estrellado, Ana reflexionó. La pasión no era solo colores en una pantalla; era el rojo vivo de sus venas, el fuego en sus toques, la entrega total. Habían completado su propio arco, listos para más capítulos, siempre con ese color ardiente guiándolos.

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