Pasión en el Lugar Donde Oró Jesús Antes de Su Pasión
La noche en el Jardín de Getsemaní era como un secreto susurrado por el viento entre los olivos centenarios. Ese lugar donde oró Jesús antes de su pasión, recreado en las afueras de la hacienda familiar en las colinas de Morelos, olía a tierra húmeda y jazmines silvestres. Yo, Ana, había llegado primero, con el corazón latiéndome como tambor en fiestas patronales. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por el rocío de la noche, y mis sandalias crujían sobre la grava fina. Javier me había citado aquí, en este rincón sagrado que su abuelo había mandado plantar para meditar, pero que ahora se convertía en nuestro templo profano.
El aire estaba cargado de ese aroma terroso que me erizaba la piel, y el sonido lejano de grillos cantaba una sinfonía que aceleraba mi pulso. Me recargué en un tronco retorcido, recordando cómo nos conocimos en la boda de su prima en Cuernavaca: él, con esa sonrisa pícara y ojos color café que prometían travesuras, y yo, la maestra de primaria que siempre había sido la chica buena. Pero desde esa noche, cuando bailamos un son y su mano rozó mi cintura, supe que éramos fuego esperando chispa.
¿Y si alguien nos ve? —pensé, mordiéndome el labio—. Pero qué chingados, esta noche quiero perderme en él.
De pronto, crujió una rama. Javier emergió de las sombras, alto y moreno, con camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que me volvía loca. "Nena", murmuró con esa voz ronca que suena como tequila añejo, "te ves como diosa en este paraíso". Se acercó lento, como si saboreara cada paso, y su olor a jabón fresco mezclado con sudor masculino me invadió las fosas nasales. Sus manos grandes tomaron mis caderas, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sentí su verga ya semierecta presionando mi vientre, y un calor líquido se extendió entre mis piernas.
"Este es el lugar donde oró Jesús antes de su pasión", susurró contra mi oreja, su aliento caliente rozando mi lóbulo. "Y aquí voy a adorarte como a nadie". Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo. Sus dedos se colaron bajo mi vestido, subiendo por mis muslos suaves, y yo gemí bajito cuando rozó el encaje de mis calzones húmedos.
Nos separamos solo para respirar, pero la tensión era un nudo apretado en mi estómago. "Javier, carnal, no aguanto más", le dije, mi voz temblorosa. Él sonrió, ese pendejo encantador, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Caminó hasta un claro alfombrado de hierba suave bajo un olivo enorme, donde extendió una manta que había traído. El suelo estaba fresco, contrastando con el fuego que ardía en mi piel. Me recostó con gentileza, pero sus ojos brillaban con hambre.
Acto primero de nuestra noche: exploración. Javier se arrodilló entre mis piernas, besando mi cuello, bajando por el escote hasta mis pechos. Desató el vestido con dientes, dejando al aire mis tetas firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. Los lamió con lengua experta, succionando uno mientras pellizcaba el otro, y yo arqueé la espalda, oliendo mi propio aroma de excitación mezclado con el de las hojas machacadas bajo nosotros. "Qué rico hueles, pinche rica", gruñó, y sus manos masajearon mis muslos, abriéndolos más.
Mi mente era un torbellino:
Esto es pecado, pero qué pecado tan delicioso. Quiero que me folle hasta el amanecer.Le quité la camisa, arañando su espalda ancha, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas. Bajé a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre hierro, y él jadeó cuando la apreté. "Métetela en la boca, amor", pidió, y yo obedecí, saboreando su piel salada, el precum dulce en mi lengua. Chupé despacio, mirándolo a los ojos, mientras él enredaba dedos en mi pelo.
La tensión subía como agua en olla exprés. Javier me volteó boca abajo, besando mi espinazo hasta la nalga redonda. "Eres mi reina", dijo, y separó mis nalgas para lamer mi concha empapada. Su lengua se hundió en mis pliegues, lamiendo clítoris hinchado, chupando jugos que sabía a miel y sal. Grité su nombre, el sonido ahogado por la noche, mientras ondas de placer me recorrían como corriente eléctrica. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda.
Pero no quería acabar aún. Lo empujé sobre la manta, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón!", exclamé, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. Cabalgaba lento al principio, sintiendo el roce delicioso, sus manos amasando mis tetas. El sudor nos unía, piel resbalosa, y el olfato captaba nuestro olor almizclado, intenso como feromonas en celo. Los olivos susurraban con el viento, testigos mudos de nuestra danza.
En el medio de la noche, la intensidad creció. Javier me puso a cuatro patas, embistiéndome fuerte, sus bolas golpeando mi clítoris con cada metida. "Más duro, pendejo, dame todo", le rogaba, y él obedecía, gruñendo como animal. Sentía su verga hincharse más, mi concha apretándolo como guante. El climax se acercaba, un volcán rugiendo en mi vientre. "Me vengo, Javier, no pares", chillé, y exploté en oleadas, jugos chorreando por mis muslos, cuerpo temblando como hoja en tormenta.
Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. "Ana, mi vida", jadeó, colapsando sobre mí. Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El afterglow era puro éxtasis: pieles pegajosas enfriándose al aire, besos suaves, risas cansadas.
Después, recostados bajo las estrellas, fumamos un cigarro compartido —ese vicio mexicano post-sexo—. "Este lugar donde oró Jesús antes de su pasión ahora es nuestro", dijo él, acariciando mi pelo. Yo asentí, sintiendo paz profunda, como si hubiéramos exorcizado demonios con placer. No había culpa, solo amor crudo y honesto.
¿Volveremos? Claro que sí. Este jardín sagrado es ahora de nuestra pasión eterna.
Nos vestimos lento, robándonos besos, prometiendo más noches así. Caminamos de la mano por la grava, el rocío besando nuestros pies, el alba tiñendo el cielo de rosa. En ese momento, supe que Javier era mi cruz y mi salvación, y yo la suya.