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La Pasion de la Historia Carlos Monsivais

6965 palabras

La Pasion de la Historia Carlos Monsivais

Estás en la librería antiquaria del Centro Histórico, rodeado de ese olor a papel viejo y tinta que te transporta directo a los callejones empedrados de la Ciudad de México. Tus dedos rozan las cubiertas ajadas, buscando algo que prenda esa chispa que tanto extrañas en tu rutina de chamaco citadino. De repente, tus ojos se clavan en La pasión de la historia de Carlos Monsiváis. El título te eriza la piel, como si prometiera desenterrar no solo crónicas pasadas, sino un fuego que late en tus venas.

La hojeas, las páginas crujen suaves bajo tus yemas, y sientes el peso de esas palabras que hablan de México con una intensidad que te hace sudar un poco el cogote. La pasión de la historia Carlos Monsiváis, murmuras para ti, imaginando cómo esas letras podrían avivarse en carne viva. Una voz suave interrumpe tu trance:

¿Te gusta Monsiváis? Esa pasión de la historia es de lo mejor que ha escrito el carnal.

Levantas la vista y ahí está ella, Laura, con el cabello negro cayéndole en ondas sobre los hombros, ojos cafés que brillan como el chocolate caliente de una fonda en Xochimilco. Lleva un huipil moderno, ajustado lo justo para insinuar curvas que te hacen tragar saliva. Su perfume, jazmín mezclado con algo terrenal, te invade las fosas nasales.

Neta, güey, esta morra es un chingón, piensas mientras le devuelves la sonrisa. Charlan de Monsiváis, de cómo la pasión de la historia captura el alma mexicana, esa mezcla de tragedia y éxtasis que te pone la piel de gallina. Sus risas resuenan bajas, íntimas, y sientes el roce accidental de su mano al pasar una página. El calor sube por tu pecho, el pulso se acelera como tambores de un carnaval en Veracruz.

—Órale, ¿por qué no seguimos platicando en el café de la esquina? —te propone, su voz ronca rozándote el oído—. Ahí hay unos chilaquiles que te van a volar la cabeza.

No lo dudas. Salen juntos, el sol de mediodía calienta las banquetas, el bullicio de vendedores ambulantes y cláxones te envuelve. En el café, el aroma a café de olla y cilantro fresco os envuelve mientras comparten mesa. Hablan de la Revolución, de las pasiones que forjaron a México, y cada mirada que cruza entre ustedes es como una chispa en pólvora seca. Su rodilla roza la tuya bajo la mesa, intencional, y sientes el calor de su piel a través de la tela. ¿Será que esta plática de historia nos va a llevar a algo más carnal?

El deseo crece lento, como el hervor de un mole en olla de barro. Laura se inclina, su aliento cálido en tu oreja:

La pasión de la historia Carlos Monsiváis siempre me ha puesto... pensativa. Como si reviviera esas emociones en la piel.

Su mano se posa en tu muslo, suave al principio, luego firme. El mundo se reduce a ese toque eléctrico, el latido de tu verga endureciéndose bajo los jeans. Pagas la cuenta con manos temblorosas y la sigues a su departamento en la Roma Norte, un loft luminoso con ventanales que dejan entrar la luz dorada del atardecer. No hay pobreza aquí, solo arte en las paredes y plantas que perfuman el aire de verde fresco.

Adentro, cierran la puerta y el silencio cae pesado, cargado de promesas. Se besan por primera vez, sus labios suaves y calientes, saboreando a café y a miel de sus chilaquiles. Tus manos recorren su espalda, sintiendo la curva de su espinazo bajo el huipil que se desprende fácil. Ella gime bajito, un sonido que vibra en tu pecho como un teponaztli ancestral.

Chingado, qué rica está, piensas mientras le quitas la blusa, revelando pechos firmes, pezones oscuros que se endurecen al aire. Los besas, lamiendo el salado de su piel, el sabor a sudor limpio y deseo puro. Laura te empuja al sofá de piel suave, sus uñas raspando tu camisa mientras la arranca. Su boca baja por tu cuello, mordisqueando, dejando huellas rojas que arden delicioso.

—Quítate todo, carnal —te ordena con voz juguetona, ojos brillantes—. Quiero verte entero, como en esas páginas de Monsiváis, crudo y apasionado.

Te desnudas, tu verga saltando libre, palpitante, venosa bajo su mirada hambrienta. Ella se arrodilla, el suelo de madera crujiendo, y te la chupa despacio, lengua girando en la cabeza, saliva caliente resbalando. El sonido húmedo llena la habitación, mezclado con tus jadeos roncos. Está cañón, no aguanto, ruges en tu mente, agarrando su cabello suave.

La levantas, la acuestas en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Le abres las piernas, admirando su panocha depilada, labios hinchados brillando de humedad. El olor a su excitación, almizclado y dulce como tamarindo, te marea. La lames, lengua hundiéndose en sus pliegues, saboreando el néctar salado que chorrea. Ella arquea la espalda, gritando:

¡Ay, sí, así, pendejo! ¡No pares!

Sus muslos tiemblan alrededor de tu cabeza, el sudor perlando su vientre. La tensión sube, sus caderas moliendo contra tu boca, hasta que explota en un orgasmo que la hace convulsionar, jugos inundando tu barbilla. Tú no aguantas más, te subes encima, tu verga rozando su entrada resbalosa.

—Métemela ya —suplica, uñas clavándose en tus nalgas—. Hazme tuya como la historia nos hace suyos.

Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes te aprietan, calientes y aterciopeladas. El placer es cegador, cada embestida un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando. El colchón rebota, sus tetas saltando con cada golpe profundo. Cambian posiciones, ella encima, cabalgándote salvaje, cabello azotando tu rostro, olor a sexo impregnando todo.

La pasión de la historia late en cada gemido, en el slap-slap de carne, en el crescendo de sus alaridos. Sientes el orgasmo subir desde tus huevos, bolas apretadas, mientras ella aprieta más, ordeñándote.

¡Córrete conmigo, amor! ¡Lléname!

Explotas juntos, tu leche caliente brotando en chorros dentro de ella, su coño contrayéndose en espasmos. El mundo se disuelve en blanco, pulsos retumbando en oídos, cuerpos temblando pegados. Caen exhaustos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas mezclándose.

Después, en el afterglow, yacen abrazados, el sol poniente tiñendo la habitación de naranja. Laura acaricia tu pecho, trazando círculos perezosos.

La pasión de la historia Carlos Monsiváis nos unió, ¿no? —ríe suave—. Pero esto... esto es nuestra propia crónica ardiente.

Tú asientes, besando su frente salada, sintiendo una paz profunda, como si hubieras revivido siglos de deseo mexicano en una sola noche. El libro queda en la mesita, testigo mudo de cómo la historia se hace carne, pasión viva que late aún en vuestros corazones acelerados.

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