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Pasion Azteca Desatada

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Pasion Azteca Desatada

El sol de mediodía caía como un manto de fuego sobre Teotihuacán, haciendo que el aire vibrara con ese calor pegajoso que se te pega a la piel como un amante insistente. Yo, Ximena, había venido sola desde la Ciudad de México, buscando algo más que fotos para Instagram. Neta, necesitaba reconectar con mis raíces aztecas, sentir esa pasión azteca que mi abuelita siempre me contaba en sus cuentos antes de dormir. Caminaba por la Calzada de los Muertos, el polvo fino levantándose con cada paso, oliendo a tierra antigua y misterio.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con el cabello negro largo atado en una coleta desordenada y unos ojos que brillaban como obsidiana pulida. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus músculos labrados por el trabajo en las ruinas, y un collar de jade que colgaba sobre su pecho. Órale, qué chido, pensé, mientras mi pulso se aceleraba sin razón. Se acercó con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente lo que pasaba por mi cabeza.

¿Primera vez aquí, morra? Te ves como si buscaras algo más que el paisaje.
Su voz era grave, con ese acento mexiqueño puro, de Valle de México, que me erizaba la piel.

Le contesté con una risa nerviosa, sintiendo el sudor resbalar por mi espalda bajo la blusa ligera. Hablamos de los dioses, de Quetzalcóatl y su serpiente emplumada, de cómo los aztecas vivían con una pasión que hoy en día solo vemos en novelas. Se llamaba Alejandro, guía local, y me invitó a un tour privado al atardecer, cuando los turistas se iban y las pirámides se volvían nuestras. No sé por qué dije que sí, pero algo en su mirada me decía que esta pasión azteca estaba a punto de despertar en mí.

El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de rojos y naranjas como sangre de jaguar. Caminamos juntos hacia la Pirámide de la Luna, el viento fresco trayendo olores de copal quemado de algún ritual lejano. Sus dedos rozaron los míos al ayudarme a subir un escalón irregular, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta el pecho. Qué padre se siente esto, pensé, mi respiración ya un poco jadeante. Hablaba de los sacrificios no como muerte, sino como ofrenda de vida, de éxtasis total. Yo lo escuchaba, pero mi mente divagaba en cómo se sentirían sus manos en mi cintura, fuertes y seguras.

Nos sentamos en la cima, solos bajo las primeras estrellas. El silencio era roto solo por el susurro del viento y el latido de mi corazón, que sonaba como tambores antiguos en mis oídos. Saqué una botella de pulque que había comprado en el camino, ese néctar blanco y espumoso con sabor dulzón a maguey fermentado. Bebimos, el líquido tibio bajando por mi garganta, calentándome por dentro. Nuestras rodillas se tocaron, y no nos apartamos.

La pasión azteca no era solo guerra, Ximena. Era esto: fuego en la sangre, cuerpos que se funden como en los templos.

Sus palabras me encendieron. Lo miré a los ojos, y sin pensarlo, acerqué mi rostro al suyo. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, saboreando el pulque en la boca del otro, dulce y terroso. Su lengua exploró la mía con hambre contenida, y gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela de mi bra. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras yo enredaba mis dedos en su cabello, tirando suave para profundizar el beso. Olía a sudor limpio, a tierra y a hombre, un aroma que me mareaba de deseo.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Me quitó la blusa con urgencia, pero sin prisa, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios calientes en mi cuello, chupando suave hasta dejar una marca rosada que dolía rico. ¡Ay, wey, no pares! quería gritar, pero solo jadeaba. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela, gruesa y palpitante. La saqué libre, acariciándola con lentitud, sintiendo las venas saltar bajo mis dedos, el calor que irradiaba como lava.

Nos recostamos en una manta que él había traído, el suelo de piedra aún cálido del sol. El aire nocturno nos envolvía fresco, contrastando con el fuego de nuestros cuerpos. Me abrió las piernas con gentileza, sus dedos rozando mi clítoris hinchado a través de las panties húmedas. Neta, estoy chorreando, pensé, arqueando la espalda cuando introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos que me hacían ver estrellas más brillantes que las del cielo. Gemí su nombre, el sonido ecoando en las pirámides como un canto ritual.

Él se arrodilló entre mis muslos, su aliento caliente en mi sexo antes de lamerlo despacio, saboreándome como si fuera el elixir de los dioses. Su lengua danzaba, rápida y precisa, chupando mi jugo dulce y salado, mientras yo apretaba sus hombros, uñas clavándose en su piel morena. El olor de mi excitación se mezclaba con el de la noche, musgoso y primal. Sentía mi orgasmo building, una ola que subía desde el estómago, tensando cada músculo. No resistas, me dije, y exploté en su boca, temblando, gritando bajito para no despertar a los espíritus.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. Su verga presionó contra mi entrada, resbaladiza y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo con un gruñido gutural que vibró en mi pecho. ¡Qué rico, cabrón! El roce era perfecto, grueso y largo, golpeando ese punto dentro de mí que me volvía loca. Nos movíamos al ritmo de tambores imaginarios, rápido, fuerte, piel contra piel chapoteando con sudor y jugos. Sus manos en mis caderas, guiándome, empoderándome para cabalgarlo cuando me puse encima.

Lo monté como una diosa azteca, mis tetas rebotando con cada bajada, sus ojos devorándome. El clímax nos alcanzó juntos, él derramándose dentro de mí en chorros calientes que me llenaron, mientras yo contraía alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota. Grité su nombre al cielo, el eco respondiendo con un viento que nos refrescó los cuerpos exhaustos.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose poco a poco. El olor a sexo y tierra impregnaba el aire, nuestros corazones latiendo en sincronía. Alejandro me acarició el cabello, besando mi frente.

Esa fue nuestra pasión azteca, Ximena. Pura, viva, eterna.

Sonreí, sintiendo una paz profunda, como si los ancestros nos bendijeran. Bajamos de la pirámide de la mano, el amanecer tiñendo el horizonte de oro. Sabía que esto no era el fin, solo el comienzo de algo ardiente y ancestral en mi sangre. La pasión azteca había despertado, y ya nada sería igual.

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