Pasión de Gavilanes Capítulo 103 Fuego Prohibido
La noche caía sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas. Ana se recargó en el sillón de cuero viejo, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila en la mano. El olor a tierra mojada por la lluvia reciente se colaba por las ventanas abiertas, mezclándose con el aroma dulce de las gardenias del jardín. Frente a ella, la tele proyectaba Pasión de Gavilanes capítulo 103, esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentaban al destino con toda su rabia y su pasión desbordada.
Marco entró a la sala, su camisa blanca desabotonada hasta la mitad, dejando ver el vello oscuro de su pecho bronceado por el sol de los campos. Era alto, con esa mirada de gavilán que Ana tanto adoraba, como los hermanos de la novela. Órale, nena, ¿ya empezó el capítulo?
dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel. Se dejó caer a su lado, su muslo rozando el de ella accidentalmente, o tal vez no tanto. Ana sintió un cosquilleo inmediato, el calor subiendo por sus piernas.
Pinche Marco, siempre sabe cómo hacerme hervir con solo mirarme. Esta novela nos pone locos a los dos, como si fuéramos parte de ese mundo de venganzas y amores salvajes.
En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos bajo la lluvia, cuerpos chocando con urgencia. Ana sorbió su tequila, el líquido quemándole la garganta, y miró de reojo a Marco. Él ya tenía la mano en su rodilla, trazando círculos lentos con el pulgar. ¿Te imaginas si fuéramos ellos? Esa Pasión de Gavilanes capítulo 103 está que arde, ¿verdad?
murmuró ella, su voz un poco temblorosa. Marco sonrió, esa sonrisa pícara de wey que la volvía loca. Yo no necesito novela pa' prenderte fuego, mi reina.
El primer acto de su propia historia comenzaba ahí, con el zumbido del ventilador en el techo y el eco distante de los grillos. Ana dejó el vaso en la mesita, girándose hacia él. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio, como probando el terreno. El sabor a tequila en su boca, mezclado con el leve dulzor de su chicle de tamarindo. Las manos de Marco subieron por sus muslos, arrugando la falda ligera de algodón. Ella jadeó contra su boca, el sonido ahogado por el clímax dramático de la tele.
Pero no era momento de parar. Ana se levantó, jalando a Marco con ella hacia la recámara, dejando la novela de fondo como banda sonora de su deseo. La habitación olía a sábanas frescas de lavanda y al sudor anticipado de sus cuerpos. Se quitaron la ropa con prisa juguetona: él le sacó la blusa por la cabeza, revelando sus senos llenos, los pezones ya duros como piedritas bajo su mirada hambrienta. Estás chida, Ana, como diosa mexica
gruñó él, bajando la cabeza para lamerle el cuello, el sabor salado de su piel haciendo que su verga se endureciera al instante dentro de los jeans.
¡Qué rico se siente su lengua! Como si me estuviera marcando, como los gavilanes reclamando su territorio. No aguanto más esta tensión.
En el segundo acto, la intensidad subía como la marea en el Pacífico. Ana lo empujó a la cama king size, montándose a horcajadas sobre él. Sus caderas se mecían lentas, frotando su panocha húmeda contra la protuberancia de su pantalón. El roce era eléctrico, enviando chispas por su espina dorsal. Marco gemía bajito, ¡Ay, wey, me vas a matar así!
, sus manos grandes amasando sus nalgas redondas, separándolas para sentir el calor que emanaba de ella. Desabrochó su brasier con un chasquido experto, y chupó un pezón con avidez, el sonido húmedo de succión llenando la habitación junto al latido acelerado de sus corazones.
Ella se incorporó, quitándole los jeans con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso de un tamborazo zacatecano. Ana la tomó en su mano, sintiendo la seda caliente de la piel estirada, el olor almizclado de su excitación subiendo como afrodisíaco. Mira lo que me haces, pendejo
susurró juguetona, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando la gota perlada de precum, salada y ligeramente dulce. Marco arqueó la espalda, un rugido gutural escapando de su garganta: ¡Chíngame la boca, mi amor!
La televisión aún murmuraba en la sala, fragmentos de Pasión de Gavilanes capítulo 103 colándose por la puerta entreabierta: diálogos apasionados, música tensa. Eso los encendía más, como si la novela alimentara su propio incendio. Ana se hincó entre sus piernas, tragándosela hasta la garganta, el grosor llenándola, sus mejillas hundiéndose con cada succiony. Él enredó los dedos en su cabello negro largo, guiándola sin forzar, solo disfrutando el ritmo que ella marcaba. El sonido era obsceno: slurps húmedos, jadeos roncos, la cama crujiendo bajo su peso.
Pero quería más, necesitaba sentirlo dentro. Ana trepó de nuevo, posicionándose sobre él. Sus ojos se clavaron en los de Marco, un consentimiento mudo y ardiente. Te quiero adentro, ya
exigió, y descendió despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndolo como guante de terciopelo mojado. Ambos gritaron al unísono, el placer explosivo. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor mezclado con feromonas, el tacto resbaloso de sus jugos facilitando cada embestida.
¡Madre mía, qué lleno me hace sentir! Como si fuéramos uno solo, en esta danza salvaje inspirada en esos gavilanes locos.
El clímax del acto los llevó al borde: Marco volteándola boca abajo, penetrándola desde atrás con fuerza controlada, sus caderas chocando contra su culazo con palmadas sonoras. ¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!
pedía ella, arqueando la espalda, las uñas clavándose en las sábanas. Él obedecía, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos, la otra tirando de su cabello para besarle el hombro. El ritmo era frenético, piel contra piel sudorosa, el slap-slap ecoando como aplausos en un palenque. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre, sus paredes contrayéndose alrededor de él.
En el tercer acto, la liberación llegó como tormenta de verano. ¡Me vengo, Marco! ¡Ay, Dios!
chilló ella, el cuerpo convulsionando, chorros de placer empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, gruñendo ¡Toma mi leche, nena!
, llenándola con pulsos calientes, su semilla derramándose profunda. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un enredo pegajoso de miembros y fluidos. El aire olía a clímax satisfecho, a pieles calmadas.
Minutos después, con la tele ya apagada —el Pasión de Gavilanes capítulo 103 había terminado—, Marco la besó en la frente, su mano acariciando perezosa su vientre. Eres mi pasión eterna, Ana. Ni novela ni gavilanes se comparan.
Ella sonrió, girándose para acurrucarse en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón volviendo a la normalidad.
Esta noche fue perfecta, como un capítulo escrito solo pa' nosotros. Mañana veremos el 104, pero nada superará este fuego que ardemos juntos.
La luna se colaba por la ventana, bañándolos en plata, mientras el sueño los envolvía en un afterglow dulce y sereno.