Pasión Prohibida Capítulo 44 Parte 3
La noche en Guadalajara olía a jazmín y a lluvia reciente, ese aroma que se pega a la piel como una promesa húmeda. Yo, Lucía, caminaba por las calles empedradas del centro, con el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo. Neta, wey, cada paso era un riesgo, pero el deseo me jalaba como imán. Alejandro me esperaba en ese hotelito discreto, el que usábamos para nuestras escapadas. Nuestras familias se odiaban desde siempre, por un pleito de tierras en Jalisco que nadie recordaba bien, pero que nos tenía prohibidos el uno al otro. Aun así, aquí estaba yo, con mi vestido negro ajustado que rozaba mis muslos como caricia prohibida.
Subí las escaleras, el eco de mis tacones retumbando en el pasillo vacío. Olía a sábanas limpias y a su colonia, esa que me volvía loca, con notas de madera y picante. Toqué la puerta suave, y él abrió de inmediato. Ahí estaba Alejandro, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía.
«Ven, mi reina, ya te extrañé demasiado», murmuró, jalándome adentro. Sus manos grandes me rodearon la cintura, y sentí su calor a través de la tela fina. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el tequila que él había tomado antes, dulce y ardiente.
Nos separamos un segundo, jadeantes. Pasión prohibida capítulo 44 parte 3, pensé, como si esto fuera el siguiente rollo de nuestra historia secreta, llena de encuentros robados y promesas susurradas. Él me miró con esos ojos cafés que brillaban como estrellas en la penumbra de la habitación. «Lucía, neta que no aguanto más sin ti», dijo, su voz ronca, mientras sus dedos trazaban mi espalda. Yo reí bajito, juguetona. «No seas pendejo, carnal, sabes que yo tampoco».
Acto primero de nuestra noche: el juego de las miradas y toques leves. Nos sentamos en la cama king size, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas. Hablamos de todo y nada, de cómo mi familia me presionaba con el compromiso que no quería, de su negocio que lo tenía atado a Guadalajara. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como tormenta. Su mano en mi rodilla subía despacio, enviando chispas por mi piel. Yo sentía mi pulso acelerado, el calor entre mis piernas que me hacía apretar los muslos. Olía a su sudor ligero, mezclado con mi perfume de vainilla, creando un elixir que nos envolvía.
Le conté de mis sueños, de cómo imaginaba una vida lejos de las reglas familiares. Él escuchaba, asintiendo, pero sus ojos devoraban mi escote.
«Eres lo más chido que me ha pasado, Lucía. Esta pasión prohibida vale cualquier bronca». Su confesión me encendió. Me incliné y lo besé de nuevo, esta vez lento, saboreando su lengua que danzaba con la mía. Sus manos subieron a mis pechos, amasándolos suave, haciendo que mis pezones se endurecieran como piedras bajo el encaje. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca.
La escalada empezó ahí. Lo empujé contra las almohadas, montándome a horcajadas. Sentí su dureza presionando contra mí, dura y caliente a través de los pantalones. Órale, qué rico. Mis caderas se movieron instintivas, frotándome contra él, mientras le quitaba la camisa. Su pecho ancho, con vello oscuro, olía a hombre puro. Lamí su piel salada, bajando por el abdomen marcado, oyendo sus respiraciones entrecortadas. «Mamacita, me vas a volver loco», gruñó, sus dedos enredados en mi cabello.
En el medio de nuestra danza, los pensamientos me invadían. ¿Y si nos descubren? ¿Y si mi carnala se entera? Pero el deseo ahogaba el miedo. Era empoderador, esto nuestro: dos adultos eligiendo el placer sobre las cadenas invisibles. Le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma. Él jadeó, arqueando la espalda. La besé en la punta, probando el sabor salado de su pre-semen, mientras lo miraba fijo, provocadora.
Él no se quedó atrás. Me volteó con facilidad, poniéndome de rodillas en la cama. «Ahora te toca a ti, preciosa». Bajó mi vestido, exponiendo mis nalgas redondas. Sus manos las masajearon, abriéndolas suave, y su lengua encontró mi centro húmedo. ¡Qué delicia! Lamía despacio, chupando mi clítoris hinchado, haciendo que mis jugos corrieran por sus labios. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras mis uñas se clavaban en las sábanas. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, mezclada con su aliento caliente.
La intensidad subía como el volumen de un mariachi. Me penetró con dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras su boca no paraba. Mis caderas se movían solas, buscando más.
«Alejandro, por favor... te necesito adentro», supliqué, la voz temblorosa. Él se incorporó, posicionándose detrás. Su glande rozó mi entrada, lubricada y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulgada llenándome, hasta que sus bolas tocaron mi piel.
Empezamos a follar con ritmo lento al principio, savoring el roce. Sus manos en mis caderas, guiándome. El slap de piel contra piel, sus gruñidos bajos, mis moans agudos. Sudábamos, el aire cargado de nuestro olor a sexo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando. Él las chupaba, mordisqueando suave, enviando descargas a mi útero. Neta, esto es el paraíso prohibido.
La tensión psicológica se mezclaba con la física. Recordaba las miradas de reproche de mi familia, pero aquí, con él, era libre. «Dime que me quieres, Lucía», jadeó. «Te quiero, pendejito, te quiero con todo», respondí, acelerando. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos. El orgasmo me golpeó como ola en la playa de Puerto Vallarta: contracciones fuertes, mi coño apretándolo, gritando su nombre. Él me siguió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.
En el afterglow, caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. Besos suaves, caricias perezosas. Olía a nosotros, satisfechos y pegajosos.
«Esta pasión prohibida capítulo 44 parte 3 fue la mejor, mi amor», susurró él, riendo. Yo sonreí, trazando su espalda. ¿Cuánto duraría? No sé, pero valía cada riesgo. La ciudad seguía viva afuera, pero en esa habitación, éramos dueños del mundo. Mañana volveríamos a nuestras vidas separadas, pero esta noche, el fuego nos unía para siempre.