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Abismo de Pasión Paolo (1)

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Abismo de Pasión Paolo

Ana sintió el pulso de la noche mexicana latiendo en sus venas mientras caminaba por las calles empedradas de la Roma Norte. El aire olía a jazmín y a tacos de asador que se freían en un puesto cercano, pero su mente estaba en otra parte. Hacía meses que no se permitía un capricho, un antojo de esos que te hacen olvidar el estrés del jale diario. Y ahí estaba él, Paolo, el italiano que había conocido en una expo de arte en el Soumaya. Alto, moreno, con ojos negros como el café de olla y una sonrisa que prometía pecados deliciosos.

¿Vienes a verme caer en tu abismo de pasión, Paolo?
—le había dicho ella esa noche, medio en broma, citando el título de un libro erótico que devoraba en secreto. Él se rio, con esa risa grave que vibraba en el pecho como un tambor taquería.

Ahora, en el bar clandestino que él le había recomendado, el ambiente era puro fuego. Luces tenues, salsa cubana sonando bajito, y el olor a mezcal ahumado flotando como un susurro. Paolo la esperaba en una mesa de esquina, con una camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro de su pecho. Ana se acercó, sintiendo cómo sus tacones resonaban contra el piso de madera, y el roce de su vestido negro contra sus muslos la hacía consciente de cada curva.

Neta, güey, luces como un dios griego —dijo ella, sentándose a su lado, tan cerca que sus rodillas se tocaron. El contacto fue eléctrico, como si un rayo hubiera caído en su piel.

—Y tú, mi reina, eres el abismo donde quiero perderme —respondió él, con ese acento italiano que rodaba las erres como caricias. Pidieron raicilla y limones, y mientras charlaban de arte y de la vida bohemia en la CDMX, las manos se rozaron sobre la mesa. Ana sintió el calor de sus dedos, ásperos por el trabajo en su taller de esculturas, y un cosquilleo subió por su brazo hasta su nuca.

La tensión crecía como la espuma de una chela recién abierta. Paolo la miró fijo, y ella vio en sus ojos el reflejo de su propio deseo: crudo, hambriento.

¿Y si esta noche me dejo llevar? ¿Y si Paolo es el wey que me hace olvidar todo?
pensó, mientras su corazón galopaba como caballo en las carreras de Texcoco.

Salieron del bar tomados de la mano, el viento fresco de la medianoche trayendo olores a panadería y a tierra mojada. Caminaron hasta su departamento en una colonia chic, con balcón al parque México. Paolo abrió la puerta, y el aroma a madera de cedro y a su colonia especiada la envolvió. Adentro, velas ya encendidas —el cabrón lo había planeado—, y una playlist de boleros sensuales de fondo.

—Ven, déjame mostrarte mi mundo —murmuró él, jalándola hacia el sofá de piel suave. Se sentaron, y sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Ana probó el mezcal en su boca, salado y dulce, mientras sus lenguas danzaban como en un tango prohibido. Las manos de Paolo subieron por su espalda, desabrochando el vestido con maestría, y ella jadeó al sentir el aire fresco en su piel desnuda.

El beso se profundizó, y Ana sintió cómo su cuerpo respondía: pezones endureciéndose bajo el encaje del bra, un calor húmedo entre las piernas que la hacía apretar los muslos. Paolo la recostó con gentileza, sus ojos devorándola. —Eres preciosa, Ana. Dime si quieres parar —susurró, siempre atento, siempre respetuoso.

Ni madres, sigue. Quiero todo de ti —respondió ella, tirando de su camisa. Sus cuerpos se presionaron, piel contra piel, el vello de su pecho rozando sus senos como una caricia áspera y deliciosa. Olía a hombre, a sudor limpio y a deseo puro. Ana metió la mano en sus pantalones, sintiendo su verga dura, palpitante, y él gimió bajito, un sonido que la empapó más.

En el medio del torbellino, la mente de Ana daba vueltas.

Este Paolo no es cualquier pendejo. Me hace sentir viva, poderosa, como si yo mandara en este abismo de pasión que creó para mí
. Él besó su cuello, lamiendo la sal de su piel, bajando hasta sus tetas. Chupó un pezón con hambre, mordisqueando suave, y ella arqueó la espalda, gimiendo alto. —¡Qué rico, cabrón! —gritó, clavando las uñas en su espalda.

Paolo la volteó, poniéndola a cuatro patas en el sofá, y ella sintió su aliento caliente en las nalgas. —Tu culo es perfecto —dijo, besándolo, lamiendo hasta llegar a su concha mojada. Su lengua era fuego, explorando pliegues, chupando el clítoris con maestría. Ana temblaba, oliendo su propia excitación mezclada con el almizcle de él, sonidos húmedos llenando la habitación junto a la música. Empujó contra su boca, cabalgándola como una diosa.

Pero quería más. Se giró, empujándolo al sofá, y se montó en él. Su verga entró despacio, llenándola centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. —Sí, así, Paolo —jadeó ella, moviéndose arriba y abajo, sintiendo cada vena, cada pulso. Él agarró sus caderas, guiándola, pero ella marcaba el ritmo, rápida, profunda. Sudor corría por sus cuerpos, brillando bajo la luz de las velas, el slap-slap de piel contra piel como un tamborazo zacatecano.

La intensidad subió. Paolo se incorporó, abrazándola, besándola mientras follaban sentados. Sus pechos rebotaban contra su pecho, pezones rozando vello, y ella mordió su hombro para no gritar tan fuerte.

Esto es el abismo de pasión Paolo, donde me hundo voluntaria, empoderada, lista para volar
. Él aceleró, embistiéndola desde abajo, y Ana sintió el orgasmo construyéndose como una tormenta en el desierto sonorense.

Vente conmigo, mi amor —gruñó él, y ella explotó primero, un grito ronco saliendo de su garganta mientras su concha se contraía alrededor de él, jugos chorreando. Paolo la siguió segundos después, llenándola con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el suyo.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, envueltos en el olor a sexo y a velas apagándose. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón ralentizarse, sintiendo el semen tibio escurrir entre sus muslos. Él la acarició el cabello, besando su frente.

¿Fue demasiado? —preguntó Paolo, con ternura.

Al contrario, wey. Fue perfecto. Tu abismo de pasión me atrapó para siempre —rió ella, besándolo suave.

Se quedaron así, hablando bajito de sueños y de volver a verse, el amanecer tiñendo el cielo de rosa sobre la ciudad. Ana se sintió completa, empoderada, sabiendo que había elegido este placer, este hombre, esta noche inolvidable. El abismo no era oscuridad, sino un mar de sensaciones que la hacía más fuerte.

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