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Bajo El Cielo Púrpura De Roma Pasión (2)

6296 palabras

Bajo El Cielo Púrpura De Roma Pasión

Llegué a Roma con el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta patronal. El avión aterrizó justo cuando el sol se ponía, tiñendo el cielo de un púrpura intenso, como si el mismísimo dios del deseo hubiera pintado el firmamento para recibirme. Saqué mi celular y abrí ese archivo que había descargado antes de salir de la Ciudad de México: bajo el cielo purpura de roma pasion pdf. Lo leí en el taxi camino al hotel, esas páginas cargadas de promesas sensuales me pusieron la piel chinita. Neta, güey, pensé, esto va a ser mi guía para soltarme en esta ciudad eterna.

El hotel era un rincón coqueto en Trastevere, con balcones de hiedra y olor a jazmín flotando en el aire. Me puse un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como diosa azteca en tierra romana, y salí a caminar. El empedrado bajo mis sandalias crujía suave, el bullicio de las calles llenas de risas y copas chocando me envolvía. El cielo seguía púrpura, un velo sedoso que hacía que todo pareciera un sueño erótico. Ahí lo vi: Marco, un italiano alto, moreno, con ojos que brillaban como aceite de oliva bajo la luna naciente. Estaba apoyado en una fuente, fumando un cigarro con esa pose de galán de cine.

Órale, carnala, este pendejo está para comérselo entero, pensé mientras mi pulso se aceleraba.

Me acerqué fingiendo mirar el agua de la fuente. "¿Esta agua es mágica o qué?", le dije en mi español con acento chilango, sonriendo coqueta. Él se rio, apagó el cigarro y respondió en un inglés mezclado con italiano, pero pronto cambiamos al español que él chapurreaba de viajes a España. "No tanto como tú, bellísima", dijo, y su voz grave me erizó los brazos. Se llamaba Marco, artista callejero que pintaba murales por la noche. Caminamos juntos, platicando de todo y nada, el roce accidental de su mano contra la mía enviando chispas por mi espina.

La tensión crecía con cada paso. El aire olía a pizza recién horneada y a su colonia amaderada, que se mezclaba con mi perfume de vainilla. Nos sentamos en una terraza, pedimos vino tinto que sabía a moras maduras y besos prohibidos. Sus ojos devoraban mis labios mientras yo le contaba de México, de las noches locas en el Zócalo. Quiero besarlo ya, neta, me dije, sintiendo el calor subir por mi vientre. Él lo notó, su rodilla rozó la mía bajo la mesa, un toque eléctrico que me mojó las bragas al instante.

Acto seguido, el deseo nos llevó a su ático en un edificio viejo con vista al Tíber. Subimos las escaleras riendo, tropezando como chavos en primera cita. "Eres fuego, mexicana", murmuró mientras abría la puerta. El lugar era un caos creativo: lienzos a medio pintar, velas encendidas que parpadeaban sombras danzantes. El cielo púrpura se colaba por la ventana abierta, tiñendo todo de pasión. Nos besamos por primera vez ahí, sus labios firmes y cálidos saboreando a vino y hambre. Sus manos grandes exploraron mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con esa fuerza que me hace gemir bajito.

Chingado, este güey sabe lo que hace, pensé, mientras mi lengua jugaba con la suya, saboreando su saliva dulce.

Me quitó el vestido despacio, como desenvolviendo un regalo. Sus dedos trazaron mi piel, erizándola toda, el roce áspero de sus yemas contra mis pezones duros. Yo le arranqué la camisa, oliendo su pecho sudoroso y masculino, lamiendo el salitre de su piel. Caímos en la cama deshecha, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Él besó mi cuello, mordisqueando suave, bajando por mi clavícula hasta mis tetas. Chupó un pezón mientras pellizcaba el otro, mandándome ondas de placer directo al clítoris palpitante.

Le bajé el pantalón, liberando su verga dura como piedra, gruesa y venosa, latiendo en mi mano. "Qué chingona", le dije riendo, acariciándola de arriba abajo, sintiendo su calor y el pulso acelerado. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi concha antes de lamerla. Su lengua experta rodeó mi botón, chupando y succionando, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Gemí fuerte, arqueándome, el sonido de mis jugos chapoteando con sus movimientos llenando la habitación. El cielo púrpura afuera parecía palpitar con nosotros, testigo mudo de esta locura.

La intensidad subía como fierrito en subida. Lo empujé boca arriba, montándolo como reina. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Cabalgué despacio al principio, sintiendo cada centímetro frotar mis paredes internas, mis caderas girando en círculos que lo volvían loco. Él agarraba mis nalgas, guiándome más rápido, sus bolas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. "¡Más, cabrona!", jadeó en su español roto, y yo aceleré, mis tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles.

No mames, voy a explotar, este cielo púrpura nos bendice con pura pasión, como en ese PDF que leí.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo y lento, sus ojos clavados en los míos. Cada penetración era un trueno, su pubis frotando mi clítoris, sus manos enredadas en mi pelo. Olía a sexo crudo, a nuestros fluidos mezclados, el aire cargado de gemidos y respiraciones entrecortadas. Sentí el orgasmo venir como ola gigante, mis músculos apretándolo, gritando su nombre mientras ondas de éxtasis me recorrían desde el útero hasta las yemas de los pies. Él se vino segundos después, gruñendo ronco, su leche caliente llenándome, goteando por mis muslos.

Quedamos jadeando, enredados, el cielo púrpura ahora salpicado de estrellas. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto. "Eres increíble, Roma te queda chica", murmuró, besando mi piel aún sensible. Yo sonreí, sintiendo el afterglow como manta tibia. Pensé en ese bajo el cielo purpura de roma pasion pdf que me trajo aquí, pero esto era real, mejor que cualquier letra en pantalla. Bajo ese cielo eterno, la pasión nos había unido, y supe que esta noche marcaría mi alma para siempre.

Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos satisfechos, almas en paz, con el eco de nuestros placeres resonando en el silencio romano.

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